La persona y el espejo Luis García Montero
Hasta hace relativamente poco, el mundo se regía por un concepto vertical en el que los seres humanos no se consideraban iguales en derechos. Por eso, se veía lógico que quienes detentaban el poder pusieran en su sitio a los que osaban desafiarlo porque no comulgaban con sus excesos. Estaba bien visto machacar al débil. Se suponía que ahora existen unos derechos fundamentales que recoge la Declaración Universal de Derechos Humanos, que moralmente queda mal violar. Pero en esta nueva era, el feudalismo es lo más de lo más. En la política de la humillación pública que Trump ha convertido en tendencia, el exhibicionismo es uno de los hits.
Ya es marca de la casa que el presidente de Estados Unidos humille a la mayoría de los que pisan la Casa Blanca. Y lo cierto es que logra que todos pensemos que hay que tener muy poca dignidad y amor propio para dejarse denigrar de esa manera en vivo y en directo. Como si alguien lo eligiera por voluntad propia y declarase ‘ahora quiero ser tu perro’, que cantaban los Stooges de Iggy Pop, por puro masoquismo.
Esta semana ha sido María Corina Machado la que sumisamente se ha arrodillado ante su señor, en un intento desesperado por tener algo que decir en Venezuela. La imagen no ha podido ser más patética. La flamante ganadora del premio Nobel de la Paz entregando el galardón a quien ha dicho que la opositora al régimen no da la talla para ponerla al frente del país. Un ejercicio depravado que ha dado la vuelta al mundo y que no solo la humilla a ella sino a todos a los que dice representar.
Esta semana ha sido María Corina Machado la que sumisamente se ha arrodillado ante su señor, en un intento desesperado por tener algo que decir en Venezuela
Qué se puede esperar de quien usa como papel higiénico el derecho internacional y ha secuestrado a un presidente, por muy nefasto que fuese. En nuestro día a día se humilla constantemente a los inmigrantes, a los que se considera una amenaza, en lugar de valorar todo lo que aportan a la sociedad. Pero los venezolanos acaudalados en el exilio no estaban preparados para recibir tremenda bofetada a su honor. El mensaje es claro: Trump considera a los hispanos personas de tercera que no merecen disfrutar de los mismos derechos que los norteamericanos. Y los trata con desprecio y prepotencia, a pesar de ser la minoría más numerosa del país, con más de 36 millones con derecho a voto.
Se ha legitimado la deshumanización, con un presidente cruel que defiende la violencia y culpabiliza a las víctimas, alentando los ataques aleatorios y desproporcionados, las muertes por gatillo fácil. No hay límites. Europa está en el punto de mira. Se mofa de los dirigentes europeos, los ridiculiza, revela sus conversaciones privadas haciéndoles parecer lamebotas que se postran y aceptan servilmente sus desorbitadas demandas. El objetivo es presentarles ante sus votantes como líderes débiles y sometibles, que pierdan la confianza en que el Estado les protegerá, sembrar el miedo sobre la seguridad. Sentirse tan indefensos que acabarán envolviendo Groenlandia en papel de regalo, con tal de que les deje en paz, y echándose en brazos de líderes totalitaristas.
La globalización de la humillación no es un invento de Trump, pero su comportamiento ha calado en la población más allá de la ultraderecha. Antes, guardaban las formas, pero el respeto a los otros ha pasado a la historia y se increpa por la calle a los que hablan un idioma diferente o se niega la atención en comercios a ciudadanos de otra nacionalidad. La idealización de Estados Unidos como una democracia avanzada se ha desmoronado. Incluso como destino turístico, los viajeros buscan alternativas porque nadie va de vacaciones para sentirse despreciado y rechazado, por eso el sector ha sufrido pérdidas importantes en 2025. Nadie quiere ser tu perro.
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