Ucrania aún existe y resiste

Apenas presente como un mero complemento en la agenda de la reunión de los máximos dirigentes del G7 que se celebra estos días en Évian—les—Baines (Francia), Ucrania prácticamente ha desaparecido no solo del foco mediático, sino también del político. Parecería haberse convertido en uno más de los 59 conflictos activos en el mundo que siguen arrasando vidas e infraestructuras, pero sin lograr ya activar la necesaria voluntad política para ponerle fin.

Actualmente ya ha superado la duración de la I Guerra Mundial, sin que sea posible vislumbrar su final en una situación en la que lo único que parece claro es que ninguno de los actores directamente implicados está en condiciones de lograr una victoria definitiva. Y, de hecho, que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, haya sido invitado a la reunión no parece más que un gesto vacío, ya habitual en todos los eventos internacionales de estos últimos años. Un gesto que no supone ningún cambio sustancial a favor de su causa, incluso, como bien sabe Turquía después de tantos años, aunque venga acompañado de la decisión de iniciar negociaciones formales para su futura adhesión a la Unión Europea.

A este punto se ha llegado con Vladimir Putin obsesivamente empeñado en imponer su dictado, pero sin poder ocultar ya las señales del fracaso de una aventura militarista que no ha logrado más que ocupar en torno al 18% del territorio de su enemigo. Y para ello —muy lejos del objetivo que se había fijado al iniciar la “operación especial militar”— ha puesto su economía al servicio de la guerra y ha convertido a Rusia en un paria internacional, sancionada y marginada por quienes hasta hace poco eran sus mejores clientes en materia energética. Asimismo, en términos militares Putin ha destruido la imagen de poderío de una maquinaria militar que ha dejado a la vista su ineficacia en el campo de batalla, lastrada por su endémica corrupción y por un proceso de toma de decisiones que se basa en la reiteración de esfuerzos, convencido de que añadiendo más carne de cañón al matadero terminará por imponerse (sin preocupación alguna por el inmenso coste humano que eso le pueda suponer).

Ucrania no tiene capacidad para dar vuelta a la situación, expulsando de su territorio a las fuerzas invasoras para conseguir restablecer su integridad territorial

Atrapada en una guerra de desgaste sin final a la vista, no parece que Rusia tenga en sus manos alternativas claras para provocar un cambio radical a su favor. No hay nada en el ámbito militar —ni un nuevo sistema de armas ni una estrategia disruptiva ni las aportaciones de ningún aliado— que permita imaginar que sus tropas van a lograr romper el sistema defensivo ucraniano. A estas alturas también ha perdido sentido la creencia de que el tiempo jugaba a favor de Moscú, dada su inicial ventaja demográfica, industrial y económica; de tal modo que solo quedaba esperar a que Zelenski y los suyos asumieran esa cruda realidad para poder cantar victoria. En consecuencia, nada apunta a que Putin vaya a lograr en una mesa de negociaciones la aceptación de unos términos que Kiev sigue interpretando hoy como una capitulación.

Por otra parte, Ucrania está demostrando una capacidad tan extraordinaria que no resulta excesivo calificar a sus fuerzas armadas como el ejército más operativo de Europa. Los que ayer eran considerados soldados poco instruidos, que eran enviados al territorio de algunos aliados europeos a recibir instrucción antes de ser desplegados en el frente, son los mismos que hoy se han convertido en experimentados operadores y creativos planificadores y ejecutores de tácticas que Rusia no sabe cómo neutralizar. Su renovada capacidad industrial —con evidente apoyo presupuestario de los miembros del grupo de Ramstein—, la voluntad de resistencia de su ciudadanía y su destreza para explotar los puntos flacos del ejército ruso explican que ahora mismo sea capaz de batir exitosamente objetivos en la profundidad de Rusia y desbaratar los ataques recibidos a lo largo de los más de mil kilómetros de frente.

A pesar de ello es evidente que, por sí misma, Ucrania no tiene capacidad para dar vuelta a la situación, expulsando de su territorio a las fuerzas invasoras para conseguir restablecer su integridad territorial. En términos realistas, solo con el decidido respaldo de Washington y de Bruselas puede obtener algún tipo de acuerdo. Pero es precisamente en ese punto—dando por descontado que, a pesar de todos sus defectos y carencias, los ucranianos no están dispuestos a rendirse— en el que se multiplican las dudas.

Por una parte, Donald Trump ya ha dado sobradas muestras de su hartazgo con un Zelenski al que ha maltratado sistemáticamente, al tiempo que ha cortado el apoyo económico y militar como parte de un proceso que busca forzarlo a aceptar las condiciones de Putin para llegar a algún tipo de acuerdo. De hecho, en su nueva reunión cara a cara en Évian parecen haberse reproducido las acusaciones mutuas, evidenciando que, en definitiva, Ucrania no puede ya esperar que Washington le entregue el material militar que precisa ni actúe como un intermediario honesto ante Moscú. Pero es que, al mismo tiempo, tampoco parece que ni el resto de los mandatarios del G7 ni los de la UE estén decididos a ir más allá de lo que han hecho hasta ahora; es decir, apoyar a Ucrania para que resista algo más, pero no para que pueda vencer. Una patada a seguir propia del rugby, a la espera de tiempos ¿mejores?

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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

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