Del motor inmóvil del Madrid D.F. al aguirrismo de Otegi Víctor Guillot
Este 7 de julio se cumplen diez años de una agresión sexual que estremeció a España y al mundo, y que marcó para muchas personas un antes y un después en la forma en que la sociedad nombra, entiende y responde a la violencia contra las mujeres. Pocos años antes, también durante los Sanfermines, Nagore Laffage había sido asesinada. Los dos casos, separados en el tiempo pero unidos por el mismo escenario, nos recuerdan que ninguna violencia ocurre en el vacío: cada una forma parte de una trama más amplia de desigualdad, impunidad y silencios que han sostenido la violencia contra las mujeres durante demasiado tiempo.
La llamada "Manada" fue un doloroso espejo que reveló dos cosas a la vez. Por un lado, habilitó una conversación social que las mujeres veníamos sosteniendo hace mucho tiempo: que el consentimiento no puede pensarse sin atender a las condiciones en las que se da, y que la ausencia de violencia física no significa que haya habido voluntad. Por otro, expuso cómo opera la revictimización: cuando se duda del relato de la víctima, o se le exige demostrar que opuso resistencia física, algo que la ley no contempla como requisito del delito. Esa exigencia persiste en algunos procesos judiciales y profundiza el daño en quien ya fue víctima.
De esa doble revelación surgió una frase sencilla y poderosa: “Yo sí te creo”. Fue una respuesta colectiva frente a la soledad con la que las víctimas enfrentan los procesos penales y la expresión de un movimiento que crecía en distintas latitudes, con distintos acentos e historias, pero con una misma certeza: nunca más solas.
Ese fue, quizá, uno de los cambios más visibles de esta década: la masificación del reclamo. La violencia sexual dejó de pensarse como un hecho aislado para empezar a cuestionarse las condiciones sociales y culturales que la hacen posible. Cambió el lenguaje, cambió la conversación pública, cambió la capacidad colectiva de nombrar lo que antes se silenciaba.
Recuerdo con claridad las movilizaciones feministas de ese momento y, de manera muy especial, las del 8 de marzo. Fueron tan amplias y decisivas para abrir ese camino. En las calles se expresó una energía democrática extraordinaria que involucró a mujeres y hombres de distintas generaciones, procedencias y trayectorias que reclamaron una sociedad donde el miedo no sea parte de la vida cotidiana de las mujeres.
El patriarcado reaccionó con fuerza porque comprendió que se trataba de una disputa por el sentido común
Y como todo avance genera resistencia, el patriarcado reaccionó con fuerza porque comprendió que se trataba de una disputa por el sentido común. Cuanto más se cuestionan privilegios naturalizados, cuanto más las mujeres dejan de pedir permiso para ejercer sus derechos, cuanto más la igualdad deja de ser una aspiración retórica para convertirse en una demanda política concreta, más se intensifican los discursos de negación, burla o miedo –en las redes sociales, en los discursos públicos, en la vida cotidiana–. Esa reacción, lejos de ser un signo de debilidad, confirma la potencia del movimiento de mujeres.
Desde ONU Mujeres insistimos en que poner fin a la violencia contra las mujeres y las niñas es una condición básica para el ejercicio de la democracia, el desarrollo sostenible y la paz. Diez años después, hay más conciencia, más información, más redes feministas, más hombres que se preguntan por su responsabilidad, más instituciones interpeladas y más mujeres que saben que su experiencia no es individual, ni vergonzante. Pero también persisten las amenazas: la misoginia crece, los discursos que niegan o ridiculizan estos avances, y una justicia que todavía tiene deudas pendientes con las víctimas. Sería un error pensar que ya lo hemos conseguido. También lo sería ignorar cuánto ha cambiado.
La democracia se mide también por la vida cotidiana de las mujeres. Recordemos a Nagore Laffage, y con ella, a tantas mujeres cuyos nombres conocemos y a tantas otras cuyos nombres nunca llegaron a la esfera pública.
Diez años después, el mensaje “No estás sola” sigue siendo transformador. Pero solo cuando ese mensaje se convierta en justicia efectiva, en políticas sostenidas y en una vida cotidiana sin miedo, estaremos más cerca de una sociedad igualitaria.
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Bibiana Aido es Directora Regional de ONU Mujeres para las Américas y el Caribe.
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