"El régimen islámico se resistirá hasta el final”: Irán, entre la represión, la crisis y la hostilidad de Trump

Manifestantes ondean banderas iraníes prerrevolucionarias durante una manifestación en apoyo al movimiento de protesta en Londres.

Fabien Escalona (Mediapart)

Alimentada por las crecientes dificultades económicas y una pérdida generalizada de legitimidad de los dirigentes de la República Islámica, desde el 28 de diciembre se está produciendo en Irán una importante protesta popular. Surgió tres años y medio después del movimiento "Mujeres, vida, libertad", que se desencadenó tras la muerte de Mahsa Amini, de 22 años, detenida por no respetar el código de vestimenta vigente.

Debido al bloqueo digital impuesto por las autoridades, que han cortado el acceso a Internet en el país, es difícil evaluar la evolución del movimiento, que se había masificado en los últimos días, así como el alcance de la represión. Pero es evidente que esta se ensaña con los insurgentes, con miles de detenciones y decenas o incluso cientos de personas asesinadas por las fuerzas de seguridad, según las fuentes recopiladas por BBC News.

“El pueblo no debe permitir que los alborotadores desestabilicen la sociedad”, afirmó el domingo 11 de enero el presidente Massoud Pezeshkian en una entrevista difundida por la televisión estatal.

Clément Therme, historiador y profesor de la Universidad Paul-Valéry de Montpellier, especialista en Irán y su política exterior, considera que el país ha llegado a un “punto de inflexión”, que vería cómo el aparato represivo se resquebraja ante las protestas. Subraya que, si bien Reza Palhavi solo tiene los medios para “acompañar” las revueltas, y no para provocarlas, puede sacar partido de la nostalgia generalizada hacia el antiguo régimen del sha.

Autor de Idées reçues sur l’Iran. Un pouvoir à bout de souffle? (Ideas recibidas de Irán. ¿Un poder al límite de sus fuerzas?, edit. Le Cavalier bleu, 2025) y de Téherán-Washington 1979-2025. Le Grand Satan à l’épreuve de la révolution islamique (Teherán-Washington. El Gran Satán a prueba de la revolución islámica, edit. Hémisphères, 2025), insiste en que las presiones externas sobre el régimen incrementan sus dificultades para controlar las protestas internas.

Mediapart: Circulan informaciones fragmentadas sobre la situación, pero muchas coinciden en señalar una represión sangrienta. ¿Se mantienen intactas la unidad y los recursos de los aparatos represivos del régimen?

Clément Therme: El corte nacional de Internet en 2019 precedió a una represión que se cobró mil quinientas víctimas. Teniendo en cuenta el modo de actuación habitual del régimen, los testimonios que nos llegan de los médicos y la información de las ONG en contacto con las grandes ciudades y las periferias, está bien presente el escenario de la escalada securitaria e ideológica.

Es un “clásico” en la historia de la República Islámica. La cuestión de las consecuencias está más abierta. ¿El efecto será, como antes, la restauración del régimen, al menos hasta el próximo ciclo de manifestaciones y represión? ¿O nos acercamos a un punto de inflexión, caracterizado por la desintegración del aparato de seguridad?

El frente exterior se ha sumado al frente interior para el régimen

Después de todo, está en riesgo la reputación de quienes reprimen, especialmente en las localidades periféricas, donde todo el mundo se conoce. Y en las grandes ciudades, hay que seguir siendo capaz de gestionar las masas de manifestantes. Sin contar con un círculo vicioso desde el punto de vista del poder: cuanto más fuerte es la represión, más se derrumba el país en el plano económico, lo que reduce en la misma medida los recursos del régimen, incluidos los que se utilizan para pagar a las fuerzas represivas.

Añadamos, en relación con el movimiento “Mujeres, vida, libertad”, que la poderosa red regional de milicias aliadas, mantenida por Irán en Oriente Próximo y Oriente Medio, ya no existe. Entretanto, en el verano de 2025 también se sufrió una derrota militar, con los ataques israelíes y americanos contra las instalaciones nucleares. En otras palabras, el frente exterior se ha sumado al frente interior para el régimen. Además de la represión a puerta cerrada, sus dirigentes tratan de desviar la atención hacia un conflicto geopolítico más amplio con Israel y Estados Unidos.

¿Es singular la sociología de los sectores movilizados de la sociedad en comparación con las anteriores oleadas de protestas? ¿Y potencialmente más peligrosa para el régimen?

Los círculos implicados atestiguan la importancia de los motivos económicos, que a su vez remiten a la relación adversa con Washington. En este sentido, es peligroso para el régimen. Tras el movimiento “Mujer, vida, libertad”, el poder ganó tiempo con una relajación de facto de las normas sobre el uso del pañuelo. Pero la respuesta al movimiento actual es mucho más delicada, ya que afecta a algo mucho más estructural.

Los dirigentes de la República Islámica pueden reprimir temporalmente las manifestaciones, pero no pueden resolver el problema fundamental, que es el declive macroeconómico del país, del que son responsables desde hace décadas por razones ideológicas.

Donald Trump ha amenazado a Irán con represalias si mata a “demasiados” manifestantes. ¿Cuáles son los escenarios de intervención más probables?

Estados Unidos no quiere involucrarse en guerras interminables. Por lo tanto, no hay voluntad de cambio y posterior construcción de un nuevo régimen, como hizo en 2001 en Afganistán y en 2003 en Irak, con resultados desastrosos. Se trata más bien de plantear operaciones de desestabilización, que pueden pasar por la eliminación del líder; en Venezuela, esto se ha traducido en su secuestro. Trump juega con esta incertidumbre como herramienta de desestabilización psicológica.

Los ataques de junio de 2025 dan una idea de una posible intervención. Se dirigieron contra instalaciones de seguridad y órganos de propaganda del régimen, así como contra la cadena de mando de las fuerzas de seguridad, sin implicar una presencia sobre el terreno ni provocar revuelo entre la población en general.

Lo mismo que Trump, Netanyahu no tiene ni el deseo ni los medios para dirigir él mismo un cambio de régimen

El simple hecho de pensar en la posibilidad de tales ataques ya tiene consecuencias: provoca un efecto dominó entre los manifestantes y obliga a la República Islámica a mantener reservas militares que no puede lanzar a las calles contra su pueblo. En este sentido, Trump hace lo contrario que Barack Obama, que se guardó mucho de hacer tales amenazas en 2009 y lo lamentó en sus memorias, explicando que había sido mal aconsejado.

¿Cuál es la posición de Israel, que bombardeó las instalaciones nucleares del régimen iraní antes de que Washington le hiciera el relevo?

No hay que sobreestimar las divergencias entre Netanyahu y Trump. El presidente americano subcontrata en parte la cuestión iraní a Israel, considerado como un miembro de la familia. La capacidad de sus servicios secretos para infiltrarse en la República Islámica es una ventaja en este sentido. Eso marca la diferencia con Venezuela: Estados Unidos no gestiona la cuestión por sí solo, sino en estrecha colaboración con un aliado local, en este caso Tel Aviv.

Lo mismo que Trump, Netanyahu no tiene ni el deseo ni los medios para dirigir él mismo un cambio de régimen. Solo cuenta con veinte mil soldados desplegables. Irán es una guerra lejana. Lo que no le impide sentir la tentación de dar el golpe de gracia que podría comprometer definitivamente la existencia de la República Islámica y, por lo tanto, eliminar la amenaza iraní que ha estado agitando durante tantos años.

¿Cuál es la importancia de Reza Pahlavi, hijo del sha derrocado por la revolución de 1979 y controvertida figura de la oposición, exiliado en Estados Unidos, que alienta las protestas actuales?

Cuando él llamó a la movilización en junio, no sirvió de nada. Por lo tanto, puede acompañar un movimiento en marcha, como lo hace hoy, pero no desencadenarlo. Es una figura conocida, en sintonía con los tiempos porque está vinculada a la derecha y asociada a una historia que, en comparación con el encierro ideológico-religioso del régimen actual, alimenta una nostalgia muy extendida en el país. Sin duda, es el opositor que cuenta con más apoyos en el interior de Irán.

Eso hace clamar a las corrientes de izquierda, cuya furia es comprensible, ya que parecen excluidas de la historia contemporánea del país. Fueron los opositores al régimen del sha y luego los primeros en ser víctimas del régimen islámico, que se volvió contra ellos, y del que huyeron sin tener las ilusiones de los “reformistas” que pretendían reorientar la República Islámica. Después de cuarenta y cinco años de exilio, es difícil de aceptar la idea de que el futuro de Irán sea el príncipe heredero de la monarquía.

Sin embargo, Reza Pahlavi tiene puntos fuertes reales en comparación con otras oposiciones. En primer lugar, su estilo de vida se ajusta a la demanda masiva de secularización que existe en la sociedad iraní y que la República Islámica, con sus múltiples prohibiciones religiosas, no puede satisfacer. Eso no significa que el antiguo régimen de los Pahlavi no contara con el apoyo de muchos clérigos, pero no era ideológico en el plano religioso.

Reza Pahlavi se aprovecha de la nostalgia de una política exterior consensuada

En segundo lugar, el Irán de los Pahlavi era una petro-monarquía bastante próspera, conocida como “el Japón de Oriente Medio”, con un PIB per cápita más alto que el actual. El príncipe heredero se presenta con la ambición de gestionar un sistema capitalista asumido, lo que, en opinión de muchos, es mejor que el enriquecimiento de una clase religiosa que ha presidido el colapso económico de todo el país.

Además, se aprovecha de la nostalgia de una política exterior consensuada, que hacía que los iraníes fueran aceptados con normalidad en la comunidad internacional. Teherán era el Dubái de la época, un auténtico cruce de caminos entre Europa y Asia. Además, como Reza Pahlavi se marchó de Irán a los 17 años, no se le puede acusar de los crímenes de la dictadura de su padre: por lo tanto, tiene la ventaja del nombre sin cargar con todo lo negativo.

Pero transformar la nostalgia en un proyecto político sigue siendo un reto. Otras corrientes de la oposición le son hostiles, así como algunos grupos que conforman la diversidad étnica de Irán, como los kurdos. ¿Será su entorno capaz de cooperar con otras fuerzas? Por otra parte, su proyecto sigue siendo muy ambiguo: ¿quiere ser un elemento de la transición, como afirma, o restaurar una monarquía absoluta que fue derrocada por una revolución popular en 1979?

Sabemos que las autocracias recurren a varios medios para perpetuarse: no solo la represión, sino también la cooptación de las élites, una redistribución mínima, la instrumentalización de las pasiones ideológicas... ¿De qué hilos depende la República Islámica en 2026?

Del de la represión, ya que todos los demás se han roto. Este poder está claramente agotado. Para mí, quedan sobre todo preguntas sobre la transición cuando sea posible.

Entre ellas: ¿se podrá disociar el régimen del Estado? La mayoría de la población espera renovar la dirección política del país sin que se produzca un colapso del Estado, pero eso se verá dificultado por el carácter ideológico del régimen actual, cuyos miembros lucharán hasta el final: no se exiliarán fácilmente a otros lugares, como hizo Mohammad Reza Pahlavi en 1979. La oposición debe estar preparada para un conflicto muy duro.

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Otra pregunta se refiere al espacio político que podría abrirse dentro del país, algo que hoy en día es imposible. Cuanto más nos acerquemos al punto de inflexión, más se podrá estructurar ese espacio. Finalmente, ¿cuál será el acompañamiento externo de un nuevo Irán? El régimen juega con esas incertidumbres agitando el miedo al caos, pero su propio balance hace que el argumento sea cada vez menos convincente.

 

Traducción de Miguel López

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