La 'vía checa' o cuando la extrema derecha hace desaparecer a la izquierda quedándose con sus votos

Andrej Babis con la ciudad de Praga de fondo.

En la ciudad de las cien torres, todas las miradas se las lleva un puente. Sobre las aguas del caudaloso Moldava, se alza una mole de luto y de nombre real que conecta desde hace más de seis siglos las dos orillas del corazón de Europa. Dos tierras que separaban a los ricos de los pobres, a los eslavos de los germanos y que une las calles de Mala Stradda con edificios como el Rudolfinum o el Teatro Nacional. Cualquiera que haya estado en Praga sabe que todo empieza y acaba en ese puente llamado de Carlos, pese a que este monarca, el cuarto de su nombre, jamás llegó a verlo terminado. 

Cuenta la leyenda que otro rey, Wenceslao IV, mandó arrojar desde allí al confesor de su esposa por negarse a revelar el secreto de confesión de la reina. Al morir, cuentan que sobre el cuerpo de este sacerdote, que pasaría a la historia como san Juan Nepomuceno, aparecieron cinco estrellas. Un motivo que está en el Puente de Carlos, donde el santo está inmortalizado en una de sus muchas estatuas. Dicen que, si se toca el relieve que está debajo de ella, el visitante tiene garantizado volver a Praga.

Sin embargo, en estos últimos años, no solo se ha hablado de la República Checa por su belleza. Tras las elecciones legislativas de 2025, el Parlamento checo es uno de los ejemplos más usados para ilustrar el auge de la extrema derecha en todo el continente. Sin embargo, todo es mucho más complejo que eso. La Cámara de diputados del corazón de Europa se reparte entre formaciones ultras y de derecha que tienen al ANO, el partido del primer ministro, el oligarca Andrej Babiš, como la fuerza hegemónica. Un partido que, para comprenderlo bien, hay que viajar varios años al pasado.

Babiš se ha convertido en el eje sobre el que ha girado la política checa en la última década y media. Su figura es una mezcla casi perfecta entre Donald Trump y Silvio Berlusconi. Considerado el segundo hombre más rico del país, el primer ministro se hizo un lugar en el panorama político gracias a controlar el grupo Agrofert, propietario de diversas televisiones y radios y, sobre todo, de los dos principales periódicos de la República Checa. Babiš fundó la Asociación de Ciudadanos Insatisfechos (ANO) en 2011 como una respuesta fuera del sistema a los votantes descontentos con la crisis económica de 2008, pero sin tanta de la carga ideológica extremista que tendría después.

De hecho, en ese inicio, pocos podían prever en qué se terminaría convirtiendo. “El ANO nos dice mucho de la derechización de la política europea y de muchos políticos oportunistas que han aprovechado ese giro para subirse a la ola. Cuando Babiš lanza su partido, lo hace con las lógicas que funcionaban en 2011. No era ni mucho menos de izquierdas, pero era una plataforma antipolítica y con rasgos tecnocráticos, de protesta contra la crisis económica. Sería una mezcla de Berlusconi con una pequeña condimentación del Movimiento 5 Estrellas”, explica Guillermo Fernández Vázquez, profesor de la Universidad Carlos III y autor del libro Qué hacer con la extrema derecha en Europa.

En 2014 consiguió entrar en el gobierno con la cartera de finanzas en un Ejecutivo de coalición junto a los socialdemócratas, pero fue expulsado del mismo tres años más tarde entre acusaciones de fraude fiscal y de conflicto de intereses. Una salida que si bien no hizo caer el gobierno, dejó muy tocado al primer ministro, Bohuslav Sobotka de cara a las elecciones que se celebrarían unos meses después. En ellas, y pese a las acusaciones que pesaban sobre Babiš, su partido logró ganar los comicios con casi el 30% de los votos.

El cambio de piel de Babiš

A partir de este punto, la formación comienza su giro hacia la radicalización. “Babiš ha sabido adaptar al partido de forma muy pragmática a lo largo de los años. Ha canalizado el malestar en torno a cuestiones distributivas e incorporado elementos discursivos y estilos asociados a la ultraderecha, pese a que estos puntos no figuraban en los orígenes del partido”, comenta Carlos Gómez del Tronco, responsable del programa Just Europe en el think tank checo Europeum. Un punto en el que está de acuerdo Fernández Vázquez: “A partir de la entrada en el gobierno empieza a girar a la derecha, sobre todo tras la primera victoria de Trump y la pandemia. Ahí comienza a tener un discurso más antiinmigración, antieuropeo, nacionalista y finalmente más antiagenda ecológica”. 

Para Anna López Ortega, politóloga de la Universidad de Valencia y autora del libro La extrema derecha en Europa, el problema de este giro es algo que llama el ‘efecto impregnación’: “Cuando un partido nace puntualmente en una crisis y va teniendo este tipo de giro ideológico es muy peligroso. Sobre todo porque de primeras el elector lo vota como un voto protesta y de descontento con respecto a esa situación política concreta, pero luego compra todo el pack, es decir, también esa ideología propia de los ultras”.

Más allá de este giro ideológico y su efectividad, en lo que ha sido muy eficaz Babiš ha sido en cambiar completamente el eje de la política checa y que esta gire alrededor de su figura. “La fuerte polarización en torno a su liderazgo ha tenido una consecuencia fundamental: a nivel nacional, los únicos socios potenciales de ANO son hoy partidos más radicales, más por aislamiento del resto del espectro político que por una afinidad ideológica clara”, continúa Gómez del Tronco.

¿Y quiénes son esos socios? El primero es quizás el partido que más se puede asemejar a un partido de derecha radical europeo, el SPD, con un programa antiinmigración centrado en frenar la supuesta “islamización” que vive la República Checa. El segundo es otra formación difícilmente encasillable, el llamado Partido de los Motoristas (AUTO), cuyo peculiar nombre esconde una ideología ultra protagonizada por el negacionismo del cambio climático, el euroescepticismo y la defensa del carbón y los combustibles fósiles. “Es un patrón que se repite. Cuando un partido de extrema derecha entra en el Parlamento y se consolida suele haber una multiplicación de la oferta. Se normalizan y legitiman sus propuestas y eso hace que otros partidos quieran cubrir la demanda de sectores de la población más concretos”, asegura López Ortega.

Esta configuración partidista se explica, según Gómez del Tronco, en que desde la aparición de ANO la política checa dejó de entenderse como una competición entre izquierdas y derechas. “Gran parte de la politología interpreta el conflicto político actual como un enfrentamiento entre fuerzas populistas, a menudo percibidas como generadoras de tensiones con el Estado de derecho, y fuerzas no populistas. Estos partidos ‘populistas’ se caracterizan por un notable pragmatismo y por un nacionalismo que no se apoya en grandes relatos históricos o religiosos, sino en la idea de que determinadas élites (políticas, mediáticas o vinculadas a ONG) han dejado de proteger a la gente común. Una narrativa con una fuerte capacidad de movilización”, señala el experto.

El resto de la Cámara lo ocupan partidos de derechas, liberales y el Partido Pirata, de gran poder en Chequia y que representa sobre todo a la clase urbana liberal y europeísta. Por ejemplo, esta formación tuvo en su poder la alcaldía de Praga durante la anterior legislatura municipal y tienen una fuerza considerable en el país checo. El otro gran partido, además del ANO, es el de derecha Partido Democrático Cívico (ODS), del que procedía el anterior primer ministro, Petr Fiala, con grandes polémicas en el pasado por su discurso contrario a la inmigración. Sin embargo, entre todas estas formaciones con representación no se encuentra ninguna de izquierda tradicional. Todas ellas quedaron en 2025 fuera del arco parlamentario. 

El fracaso de la izquierda

La caída de los partidos de izquierda en la República Checa es una de las más pronunciadas e impactantes de toda Europa. A principios de la década pasada el Partido Socialdemócrata Checo (ČSSD) y el Partido Comunista de Bohemia y Moravia (KSČM) eran dos de las formaciones más importantes del país, representando en algunos momentos en torno al 35% de los votos. En esos años algunas encuestas les colocaban como primera y tercera fuerza respectivamente. Sin embargo, a partir del gobierno de los socialdemócratas con ANO, las expectativas electorales de ambos colapsaron. Fue la sentencia de muerte de la izquierda checa.

“Existe un amplio consenso en que la ausencia de la izquierda tradicional del Parlamento se debe más a un fracaso estratégico de estos partidos que a una derechización profunda del país”, sostiene Gómez del Tronco. Y es que tras ese gobierno, las trayectorias de ANO y de la izquierda han sido antagónicas. Mientras que el partido de Babiš se disparó en los comicios de 2017 desde el 18% que obtuvo en las de 2013 hasta el 30%, los socialdemócratas pasaron de ganar las elecciones con el 20% a quedarse tan solo en el 7%. Los números de los comunistas no eran tampoco demasiado halagüeños. En esos 4 años perdieron la mitad de sus apoyos, pasando del 14 al 7%.

A partir de ese momento, la caída se volvió aún más pronunciada. En los comicios de 2021 ninguno de los dos partidos de izquierdas superó la barrera del 5% para obtener representación, y en 2025 las cosas se pusieron aún peor, pues ni siquiera yendo juntos pudieron llegar a esa cifra y volvieron a quedarse fuera una vez más. “Además del gobierno con Babiš a los socialdemócratas les han hecho daño el giro de la conversación y del debate público hacia temas como la migración que benefician a la extrema derecha. El hecho también de que haya otros partidos más radicales que ANO hace que se refuercen aún más ese tipo de narrativas y que se perciba a Babiš como más moderado cuando realmente no lo es”, afirma Fernández Vázquez.

Babis consuma el tripartito ultra checo con un un acuerdo de coalición con partidos de extrema derecha

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Y ya no solo es un problema de pérdida de votos para la izquierda, sino que esos votos han ido precisamente a parar a Babiš. “Una parte importante del electorado que tradicionalmente votaba a la izquierda se ha desplazado sobre todo hacia ANO y, en menor medida, hacia SPD. Ambos partidos concentran apoyos entre personas en situaciones socioeconómicas más vulnerables o inseguras y con menor nivel de educación formal”, afirma Gómez del Tronco. De hecho, esas posiciones ideológicas cambiantes y eclécticas de ANO les han permitido girar su programa hacia temas que este tipo de electorado considera muy atractivos, como medidas intervencionistas para reducir los precios de la energía, el acortar las listas de espera, apoyar la vivienda social y el aumento de las pensiones. Además combina esas medidas con una política económica más liberal y con una defensa de fuertes restricciones a la inmigración.

Una diferencia que también se ve a nivel territorial. “Chequia presenta desigualdades territoriales relevantes, que se han intensificado en los últimos años. Estas diferencias afectan a la actividad económica, los niveles de pobreza, los resultados educativos y la calidad de los servicios públicos, y se han traducido en un clivaje político entre regiones más urbanas y prósperas y zonas menos desarrolladas, donde ANO y SPD obtienen mejores resultados”, explica el experto del think tank checo. 

Eso sí, como en tantos países de Centroeuropa y Europa del este habría que hacer un matiz con estos partidos de izquierda, pues son muy diferentes a lo que conocemos en España. Mientras que en esta parte del Viejo Continente vinculamos a este tipo de fuerzas con valores progresistas en el campo cultural, en República Checa la izquierda no se ha caracterizado precisamente por defenderlos. De hecho, este voto suele recaer más en fuerzas liberales como STAN o los Piratas, algo que complica aún más que los socialdemócratas y los comunistas puedan renacer por este lado. Con este contexto tan complicado, mucho tendrán que frotar los dos partidos de izquierdas el relieve de san Juan Nepomuceno para volver al parlamento checo.

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