Por qué la extrema derecha está y estará en el centro del tablero político

De izquierda a derecha: Sanae Takaichi (primera ministra japonesa), André Ventura (fundador del partido Chega), Donald Trump (presidente estadounidense), José Antonio Kast (presidente chileno), Andrej Babiš (presidente del Gobierno checo), Giorgia Meloni (primera ministra italiana)

Fabien Escalona y Romaric Godin (Mediapart)

El año 2025 comenzó con la investidura de Donald Trump, de vuelta a la Casa Blanca con todo su séquito reaccionario, identitario y pseudolibertario procedente del movimiento Maga (Make America Great Again), cuya última hazaña ha sido “capturar” al presidente Nicolás Maduro, provocando el estupor mundial.

El año se cerró con el regreso de un pinochetista a la presidencia de Chile, apenas seis años después de un movimiento social sin precedentes, que estuvo a punto de acabar con la Constitución neoliberal heredada de la dictadura.

Mientras tanto, la extrema derecha siguió avanzando en los países capitalistas avanzados. Se ha afianzado en el Parlamento de Japón, ha consolidado su base electoral en Portugal, no ha sido amenazada en sus feudos electorales en Italia, donde gobierna... Y en los Estados del llamado “E3”, las mayores potencias militares y económicas de Europa, a saber, Francia, Alemania y el Reino Unido, lidera estructuralmente las intenciones de voto.

Más allá de estos éxitos electorales confirmados o probables, la tendencia de fondo es inequívoca. Entre los regímenes representativos del oeste del continente europeo, los más antiguos, la extrema derecha lleva cuatro décadas en ascenso y prácticamente no deja ningún país a salvo.

En un reciente artículo académico, los politólogos Vincenzo Emanuele y Bruno Marino demostraron que la polarización ideológica del panorama político ha avanzado notablemente durante la década de 2010 y que esta dinámica se ha visto alimentada de forma asimétrica por una radicalización hacia la derecha. Ahora bien, esta polarización va acompañada de una mayor fragmentación y volatilidad electoral. Según estos investigadores, el resultado es “una tormenta perfecta para el funcionamiento de las democracias de Europa occidental”.

Esto puede resultar inquietante si se tienen en cuenta las movilizaciones y las aspiraciones en favor de una mayor probidad, reconocimiento, justicia y bienestar material. Por otra parte, estudios rigurosos muestran que las actitudes generales de la población no son más hostiles a la redistribución o a las minorías que hace unas décadas; basta con haber vivido en los años 70 u 80, o volver a ver las producciones culturales de esa época, para recordarlo. Entonces, ¿qué está pasando?

La abstención no es el único problema

Se dirá que no son las mismas personas las que se manifiestan en la calle y las que acuden a las urnas, y que éstas son un espejo deformado de la morfología social real del país, lo cual es en parte cierto. En las elecciones regionales de la región de Las Marcas (Italia) en septiembre o en las de Extremadura en diciembre, la caída de los partidos de izquierdas y el éxito de la extrema derecha se explican en primer lugar por la fuerte abstención de quienes votaban izquierda.

Pero la baja participación no lo explica todo, ya que, a pesar de ello, el número absoluto de votos a favor de la extrema derecha suele aumentar. En Extremadura, Vox ganó casi un 80 % más de votantes en dos años. En las elecciones generales portuguesas de mayo de 2025, la abstención aumentó menos de dos puntos, pero Chega ganó casi un 23 % más de votos en un año.

La extrema derecha se ha convertido en una fuerza importante en Europa

En algunos casos, un aumento de la participación puede favorecer claramente a la extrema derecha. Esto se observó especialmente en Chile, donde el voto era obligatorio: las masas que se incorporaron por primera vez al intercambio electoral no salvaron a la izquierda, sino todo lo contrario. En las últimas elecciones federales en Alemania, en febrero de 2025, votaron 3,2 millones de personas más que en las elecciones de 2021, y la extrema derecha ganó 5,5 millones de votos.

Un fenómeno parecido se produjo en Francia en la primera vuelta de las elecciones legislativas anticipadas de junio de 2024. La participación aumentó 19,2 puntos con respecto a las elecciones legislativas de 2022, que se celebraron inmediatamente después de las presidenciales. Mientras que se contabilizaron 9,25 millones de votos adicionales en las urnas, la Agrupación Nacional (RN) ganó cerca de 6 millones de votos. En ninguna primera vuelta de unas elecciones nacionales la extrema derecha había movilizado a una proporción tan elevada de personas inscritas en el censo electoral.

Es cierto entonces que existen disposiciones individuales que la izquierda puede aprovechar en el electorado, pero no hay masas adormecidas que solo esperen ser despertadas para derrotar a una extrema derecha anacrónica. El trabajo político necesario para activar esas disposiciones progresistas, en un campo mediático hostil y en un momento en que los intermediarios locales se han vuelto escasos, es considerable.

Por el contrario, las disposiciones racistas, sexistas y egoístas siguen estando muy extendidas y resultan más fáciles de activar desde los grandes medios de comunicación y los contenidos virales de las redes sociales. Peor aún, la acumulación del odio parece más fácil de lograr que la convergencia de las luchas por la emancipación. Los resentimientos de diversa índole conviven mejor que las luchas contra la distribución desigual de la libertad, que exigen que cada grupo sea consciente de sus propias ventajas en la estructura social.

El avance de la extrema derecha se basa, más allá de las coyunturas pasionales, en una realidad material que ha llegado para quedarse y que la hace tan difícil de contrarrestar. Como veremos, la propuesta de la extrema derecha, tomada en su nivel más general, la de un nacional-capitalismo autoritario, parece ahora más “racional” para un número cada vez mayor de votantes que las propuestas en crisis del liberalismo y de la izquierda socialista y ecologista.

Una promesa neoliberal hecha añicos

El liberalismo, en sus vertientes política y económica, siempre ha adolecido de contradicciones. Sus promotores se han acomodado gustosamente al trato subordinado de categorías enteras (mujeres, clases trabajadoras, pueblos colonizados) privadas de los derechos y libertades conquistados contra el Antiguo Régimen. Y el derribo por parte de los liberales del orden tradicional no ha ido acompañado de la reconstrucción de solidaridades modernas, promovidas por otras sensibilidades.

Sin embargo, hay períodos, señala el filósofo Bruno Karsenti, en los que los liberales se esfuerzan por “conciliar la lógica del mercado y la integración social”. Y luego hay otros en los que ya no lo aceptan o no lo consiguen, precipitando así una “zona de colapso”. Porque eso es precisamente lo que ha ocurrido desde la gran crisis económica de 2008 y todas las convulsiones que le siguieron a las sociedades occidentales.

En ese momento quedó mortalmente herido el tríptico formado por la globalización, la financiarización y la innovación . El debilitamiento general del crecimiento y el persistente aumento de las desigualdades han ido invalidando progresivamente el discurso falsamente igualitario (“igualdad de oportunidades”) y racionalista (“gobierno de expertos”) que legitimaba el neoliberalismo desde los años ochenta y sus intentos de restaurar el nivel de beneficios.

La crisis sanitaria agravó esa ruptura. La decisión de poner la economía “en aislamiento” pudo representar un signo de la omnipotencia de los neoliberales. Pero, en realidad, su bando acabó perdiendo su credibilidad con el retorno de la inflación (el “mal” que se suponía habían derrotado), la revelación de una preocupante dependencia industrial de China y la voluntad de hacer pagar al mundo laboral las enormes facilidades concedidas por los poderes públicos al sector privado.

En Alemania, auge de la extrema derecha

Ahora, el discurso de los neoliberales se ha quedado sin sentido: la globalización ya no se percibe como una “oportunidad” y los supuestos beneficios de sus políticas se desvanecen ante su coste en términos de poder adquisitivo, desigualdades y deterioro de los servicios públicos. Se ha desmoronado la concepción de la emancipación a través de la competencia mundial que constituía el núcleo de la promesa neoliberal. La base social de este bando se reduce cada vez más a determinados sectores económicos que aún prosperan y a los jubilados acomodados.

Las estrategias de ‘fusión de las derechas’ no están exentas de peligro para el bando neoliberal, que pierde definitivamente su condición de ‘alternativa’ a la extrema derecha

La impopularidad de Emmanuel Macron o de Friedrich Merz es un síntoma de este fenómeno, que ya es evidente en América del Sur, donde la derecha y el centro están en vías de marginación. Incluso en países donde ha sido dominante el neoliberalismo, como la República Checa, la extrema derecha se impuso ampliamente en las elecciones legislativas de octubre.

“Cuando el neoliberalismo destruye el tejido de la sociedad democrática […] sin otra regla que la rentabilidad”, escribe Jean-Yves Pranchère en La pensée réactionnaire est-elle de retour? (¿Ha vuelto el pensamiento reaccionario?, edit. Presses de Sciences Po, 2025), “destruye las condiciones mismas de una sociedad liberal y sus costumbres pluralistas”. Y los agentes de esta destrucción pueden entonces completar su obra convirtiéndose ellos mismos en “iliberales”, si les parece que esta transformación es la única vía que les queda para preservar “sus intereses de clase”.

De hecho, el bando supuestamente “centrista” se ve tentado a endurecer su discurso sobre la inmigración y la autoridad. Se trata también de un fenómeno bastante generalizado, cuyo símbolo más destacado fue, a finales de enero de 2025, la votación en el Bundestag de una resolución sobre inmigración por parte de la democracia cristiana y la extrema derecha, a iniciativa de la primera. En Bélgica, la dirección del Movimiento Reformista (MR), un antiguo partido liberal, tampoco duda en reciclar las tesis de la extrema derecha, al igual que el partido Los Republicanos (LR) e incluso los macronistas en Francia.

Estas estrategias de “fusión de las derechas” no están exentas de peligro para el bando neoliberal, que pierde definitivamente su condición de “alternativa” a la extrema derecha. Tanto si las alianzas formales funcionan (como en Italia, Argentina o Suecia) como si fracasan (como en Austria, Países Bajos o Portugal), es la extrema derecha la que suele acabar arrasando en las elecciones. En algunos casos, el cambio es evidente: el exprimer ministro neoliberal checo Andrej Babiš ganó las elecciones de 2025 con un programa claramente radicalizado hacia la derecha.

Una izquierda dividida y en dificultades

Los componentes de la izquierda, por su parte, adolecen de tres males, en diferentes proporciones según los contextos nacionales: su pasividad en el poder para aquellos que se han amalgamado con el campo neoliberal; una considerable discrepancia entre su proyecto alternativo, cuando existe, y las posibilidades concretas de llevarlo a cabo; y un aislamiento estratégico, cuando el centro-derecha prefiere hundirse o aliarse con la extrema derecha antes que apoyar las políticas formuladas por la izquierda.

La pasividad en el poder no se reduce únicamente a la “traición” de las élites de centroizquierda. Su socialización en una clase política con intereses alejados de los de las clases subalternas pudo, por supuesto, influir, pero el histórico compromiso fordista-keynesiano les convenía, en la medida en que beneficiaba a su base electoral y satisfacía a los círculos empresariales.

La extrema derecha surge en Portugal desde principios de la década de 2020

El problema, como señalan los economistas Robert Brenner y Dylan Riley en importantes artículos de la New Left Review, surgió cuando las políticas de ampliación del Estado social entraron en competencia directa con la preservación de las tasas de beneficio. La crisis de 2008 y sus consecuencias no han hecho más que agudizar esa tendencia, presente desde la década de 1980, que coincide con el declive estructural de la socialdemocracia, que se ha acelerado desde entonces. Un momento en el que esta familia política siguió la evolución de una parte de los economistas keynesianos hacia el neoliberalismo.

En el ala izquierda de la socialdemocracia, el discurso es más ofensivo, pero a menudo sigue formulándose en un “estilo antiguo” (hacer pagar a los ricos, ampliar los derechos sociales) que deja escépticos a los sectores sociales que, sin embargo, deberían ser los beneficiarios. O bien su condición de “pocos recursos” les hace sospechar que esas políticas beneficiarán a los más desfavorecidos que ellos. O bien porque ven venir un enfrentamiento violento y perdido de antemano entre ese rumbo político y las inmensas fuerzas que tratarán de impedirlo.

En este sentido, la capitulación de Syriza en Grecia, a mediados de la década de 2010, que fue escenario de una importante dinámica de la izquierda radical, supuso un shock para toda su familia. Es cierto que ese partido carecía de preparación, pero precisamente por eso: muy pocos partidos cuentan con una originalidad programática y unos recursos organizativos que les permitan aplicar, a largo plazo, una “política diferente” que dé prioridad a las necesidades sociales y ecológicas.

Los programas suelen limitarse a medidas simbólicas presentadas como soluciones mágicas, como el impuesto “Zucman”, o a catálogos de medidas sin coherencia global. En realidad, la experiencia del confinamiento ha descalificado la opción tradicional de la izquierda electoral, la de la reactivación keynesiana clásica, favoreciendo el éxodo de las clases trabajadoras “nativas” hacia el discurso de defensa del “modo de vida occidental” de la extrema derecha.

En general, es la incapacidad de la izquierda para volver a imponer una lógica de clase lo que le impide aparecer como un baluarte contra la extrema derecha. Y aunque la victoria de Zohran Mamdani en Nueva York es alentadora, sigue siendo limitada desde este punto de vista, ya que se trata más bien de una reorganización interna de la izquierda estadounidense.

Una promesa de redistribución entre “nativos”

Ante el debilitamiento de los otros dos bandos, la extrema derecha tiene el viento a favor. Se presenta como una alternativa al fracaso neoliberal y como una defensa contra una izquierda presentada como un peligro para la sociedad occidental. Los resortes son a la vez muy contemporáneos y muy antiguos, recurriendo a los viejos trucos del anticomunismo del siglo XX y a las identidades supuestamente “fijas” de la población, amenazadas por enemigos externos e internos.

En un contexto de estancamiento económico al que los neoliberales ya no tienen respuesta, y la izquierda, respuestas que pueden parecer inalcanzables, la extrema derecha propone soluciones tranquilizadoras: la promesa de una redistribución no entre clases sociales, sino entre grupos étnicos o religiosos en beneficio de una pseudomayoría.

Esta lógica le parece racional a una parte de la población porque esa población sufre el estancamiento y, al mismo tiempo, está culturalmente condicionada por cuatro décadas de neoliberalismo. La solución de la extrema derecha responde tanto a una necesidad de redistribución como al rechazo a cuestionar el orden social.

Esa lógica de redistribución “interna” entre las clases sociales va acompañada de una defensa del capital nacional frente a la globalización. Pero, dada la complejidad de salir de las interdependencias económicas derivadas de la era neoliberal, la idea es más bien afianzarse en “grandes bloques” que defiendan la civilización occidental frente a un peligro externo, en particular el chino. La extrema derecha en América Latina, al igual que en muchos países europeos, es, por tanto, muy pro-Trump.

En los Países Bajos, la extrema derecha se ha impuesto como uno de los principales bloques políticos del país

Esta visión permite activar dos palancas aparentemente contradictorias: por un lado, una crítica de la globalización en nombre de la defensa de determinados sectores; por otro, una radicalización del discurso neoliberal con recortes fiscales masivos y reducción de las protecciones de los trabajadores. Este doble discurso permite atraer a las clases medias amenazadas por la pauperización debido al estancamiento económico, al tiempo que se conserva una base social popular y se seduce a algunos grandes sectores del capital.

Al igual que en la década de 1930, la extrema derecha prospera gracias a los sectores deficientes del capitalismo contemporáneo, beneficiándose al mismo tiempo del apoyo de algunos sectores prósperos, en particular los rentistas, como las finanzas de mercado o el sector inmobiliario, que se sienten atraídos por su lógica anti-fiscal.

El motivo de una “negación generalizada”

Con este posicionamiento, la extrema derecha puede presentarse como una fuerza de protección contra el caos de la competencia mundial, pero también contra la globalización cultural. Al esbozar la idea de una cultura occidental en peligro, amenazada desde dentro por el “wokismo” asimilado a la izquierda y desde fuera por el auge de Asia y, en particular, de China, la extrema derecha propone detener la historia en un lugar acogedor donde el hombre occidental podría vivir una vida de ensueño, reducida en ocasiones a la fantasía de los Treinta Gloriosos.

Así, la defensa de la represión étnica, la indiferencia ante la violencia de género y el discurso anti-fiscal y libertario pueden converger en un discurso de defensa de una “libertad” reducida al egoísmo occidental y la defensa de un modo de vida considerado amenazado. La influencia es entonces lo suficientemente poderosa como para barrer a la derecha neoliberal y a la izquierda política, señaladas como “liberticidas”.

La extrema derecha ofrece compensaciones psíquicas y simbólicas a la inestabilidad social

Desde este punto de vista, la pandemia del covid ha supuesto una ruptura, aunque sus efectos aún no están perfectamente documentados. El hecho es que la derivación de millones de votos hacia la extrema derecha se produjo a partir de 2021, y que varios líderes destinatarios de esos votos se diferenciaron del resto de la clase política durante ese período, por su oposición a las políticas sanitarias o por retomar la retórica conspirativa que floreció entonces.

Porque a la extrema derecha le resultó fácil aprovechar la frustración provocada por los confinamientos, jugando con un estado de ánimo antielitista y antiautoritario. La oleada inflacionista de 2021-2023 no hizo más que reforzar este fenómeno, asimilándolo a las consecuencias de la gestión de los confinamientos por parte de los Estados neoliberales. El discurso libertario pudo así autonomizarse y volverse contra los poderes establecidos, ofreciendo un nuevo caldo de cultivo a la extrema derecha.

Ésta ofrece compensaciones psíquicas y simbólicas a la inestabilidad social sobrevalorando las identidades nacionales —o de género— exclusivas. Pretende oponerse a una dinámica democrática potencialmente perturbadora, para dar valor a un modelo plebiscitario que ignora la complejidad de las relaciones sociales.

Por supuesto, esa “seguridad” tiene un precio, que es la violencia, como demuestran las acciones contra los extranjeros llevadas a cabo durante el último año por Donald Trump. Una violencia racista cada vez más asumida como válvula de escape de la impotencia de las políticas económicas seguidas por la extrema derecha. Ahí radica precisamente la dificultad que plantea esta familia: antes de volverse contra ella, su propia impotencia puede servirle durante mucho tiempo de combustible para el éxito.

En efecto, la extrema derecha no progresa gracias a un programa basado en soluciones a los problemas de la época. Progresa gracias a la voluntad de defender, contra viento y marea, un modo de vida amenazado. Sin embargo, este modo de vida no está amenazado porque esté asediado por enemigos imaginarios. Está amenazado porque es insostenible, tanto económica como social y ecológicamente. Es un modo de vida destructivo tanto para el ser humano como para los ecosistemas.

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Pero la extrema derecha no ofrece otra respuesta que negar esta destrucción. Prospera porque propone la negación generalizada y la continuación del sueño consumista y capitalista sin pagar un precio. Es, como decía Guy Debord sobre el espectáculo, la “pesadilla de la sociedad moderna encadenada que solo expresa su deseo de dormir”. Es ese deseo el que triunfa en las urnas, pero es un deseo vano que solo puede conducir a despertares dolorosos.

 

Traducción de Miguel López

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