Vejaciones, maltrato y bebés robados: la "cárcel moral" franquista del Patronato de Protección a la Mujer

Ficha de una interna en el Patronato de Protección a la Mujer

Un entramado carcelario patriarcal y franquista para salvaguardar la decencia moral de la mujer. Un artefacto represivo (otro más) del régimen que se mantuvo operativo desde 1941 hasta 1985. Nada menos. El más longevo y, sin embargo, el menos conocido. Hablamos del Patronato de Protección a la Mujer, institución en la que fueron internadas miles de mujeres de todas las edades, procedencias y contextos, condenadas sin delito y encerradas sin juicio en nombre de la doctrina del nacionalcatolicismo, que sirvió como excusa necesaria para legitimar semejante control femenino del brazo ejecutor de la violencia de género de la dictadura.

En el cruce de intereses entre Iglesia y Estado, el Patronato apuntaló su labor sobre los siguientes pilares: trabajo y oración para redimir, disciplina y castigo para adoctrinar. Bajo un disfraz de caridad se ocultó una realidad llena de abusos, trabajos forzados, robo de bebés y violaciones sistemáticas de los derechos humanos perpetradas sobre mujeres que acababan allí por los más variados motivos y de las formas más truculentas: denuncias de familiares, profesores, monjas, curas, policías... redadas callejeras... Toda una red social de vigilancia en torno a una amenaza nada metafórica: 'Si no te portas bien te mandamos con las monjas'.

"A lo mejor la gente no había oído hablar del Patronato de Protección a la Mujer como tal, pero esa amenaza velada de 'mandar con las monjas' era algo que sobrevolaba sobre la población femenina", reconoce a infoLibre la historiadora Carmen Guillén (Mazarrón, 1988), que ha convertido su tesis doctoral y otra década más de investigación en Redimir y adoctrinar (Crítica, 2026), un libro en el que se adentra en esta "cárcel moral" para meter en vereda a las mujeres que "se salían del canon que el franquismo había establecido" para ellas: "Sumisas, abnegadas, decentes, madres, esposas".

No podemos olvidar tampoco que la mujer, "aparte de ser un objeto represivo, es un vector de transmisión" porque, al estar según esta doctrina en el espacio privado, al cuidado de los hijos, ella misma transmite su propia "posición secundaria". "Era importante adoctrinar a la mujer para que creyese que ese era su lugar natural y biológico. En el momento que empieza a cuestionarse eso, surgen esta serie de instituciones para tratar de volver a inocular esa forma de entender la diferencia de géneros", remarca. "Se trata de apartar todo lo disidente para reconvertirlo en lo que se entiende que tiene que ser esa buena mujer, para que siga reproduciendo ese modelo, convencerla de que eso es su lugar en el mundo", indica.

"El objetivo, más que el eufemismo que ellas utilizaban de redimir y cuidar, para mí es anestesiar la capacidad crítica de la población femenina, para que cumplan el mandato de género que el franquismo ha estipulado para ellas. Aunque el franquismo no inventa nada, recupera una forma de pensar conservadora que estaba empezando a resquebrajarse con la Segunda República", plantea la autora, que aclara que más por cuestiones políticas, el aparato funciona como "forma de represión a la disidencia sexual, por ejemplo las lesbianas; disidencia moral, pues no quiere ser madre o quiere ser madre soltera, o es rebelde y quiere salir mucho con hombres; y la disidencia política". "Todo lo que no es como tiene que ser una buena mujer puede ir a parar a los centros del Patronato", apostilla.

Todo recordaba a un sistema penitenciario con la salvedad de que se entraba sin delito, sin juicio y sin nadie a quien apelar

Guillen detalla, asimismo, dos perfiles de internas. Por un lado, el de la "pobre o huérfana" de una familia numerosa que no puede cuidarla y veía ahí una salida para sus hijas. Por otro, el de esas "rebeldes, que podían ser denunciadas incluso por las propias familias que habían asimilado tanto ese discurso que estaban avergonzadas de ellas". Unas familias que, gracias al oscurantismo impuesto y al silencio de las propias internas por miedo a la estigmatización, en muchas ocasiones "ni sabían lo que sucedía dentro" o directamente no daban veracidad a sus testimonios.

"No sabían realmente que había trabajos forzados, que a veces había también castigos físicos en celdas de aislamiento, salas de catarsis con las paredes acolchadas.. Lo que más sucedía a nivel de castigo era sobre todo vejaciones y humillaciones, maltrato de tipo verbal. Era como una cárcel porque al final la estructura arquitectónica de los centros muchas veces era así, con rejas en las ventanas. Todo recordaba a un sistema penitenciario con la salvedad de que se entraba sin delito, sin juicio y sin nadie a quien apelar", enumera, recordando algo tan común como asombroso: "Muchas familias pensaban que realmente estaban haciendo algo genuinamente positivo para sus hijas".

Había una especie de culpabilización o justificación de ese encierro diciendo eso de 'algo habrán hecho'. Era un ángulo que la sociedad no terminaba de mirar y de cuestionarse, por eso de alguna forma pasó desapercibido

"Y como ellas tampoco podían contarles la realidad de lo que sucedía, porque la comunicación estaba censurada, no podían transmitir lo que había dentro. Incluso a veces cuando lo transmitían su discurso no era legitimado. Les decían '¿cómo va a ser eso? No me lo puedo creer'. La sociedad simplemente sabía que eso estaba ahí, pero no se cuestionaba qué sucedía en los centros. Además, había una especie de culpabilización o justificación de ese encierro diciendo eso de 'algo habrán hecho'. Era un ángulo que la sociedad no terminaba de mirar y de cuestionarse, por eso de alguna forma pasó desapercibido", explica.

Todo esto a pesar de que el país estaba lleno de conventos, reformatorios, casas, hogares, talleres y "todo lo que tenían las congregaciones religiosas" a disposición del Patronato, una institución pública creada inicialmente a principios de siglo para atajar la prostitución, pero que tras la Guerra Civil se transformó al encontrar un nuevo objetivo. Cuando arranca en su nueva forma, en 1941, contaba solo con cuatro centros "vinculados a congregaciones religiosas", pero poco a poco se van sumando otros, igualmente siempre vinculados a esas congregaciones, "principalmente Adoratrices u Oblatas". 

"Pero la lista es amplísima y al final ellas son la clave de bóveda de toda la institución, pues todo el peso real supuesto cuidado, de la redención, del adoctrinamiento y la cotidianeidad recae en las religiosas", subraya, afirmando que el Patronato "es una de las máximas expresiones del nacionalcatolicismo, ya que sobrevivió al propio Franco", tal era su calado social, hasta bien entrada la democracia. "Y ya sabemos que la Iglesia pasa por diferentes etapas en su relación con Franco, pero en esto es sólida desde el principio hasta el final. El Estado paga y ellas son las que hacen el trabajo del día a día con las chicas", agrega.

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Que a día de hoy no podamos saber ni el número exacto de centros ni de internas nos da una idea del grado de opacidad que rodeaba al Patronato. "Decenas de miles de mujeres padecieron la pérdida de sus derechos. Porque esta es una cuestión de derechos humanos", sentencia Guillén, contando que al propio silencio de las supervivientes, "que hasta hace relativamente poco no han querido hablar" por la "estigmatización" y el "tabú", se suman las dificultades para acceder a las "fuentes documentales". "Los historiadores necesitamos que se hayan conservado fuentes y que podamos consultarlas. Y en el Patronato tenemos problemas en esas dos circunstancias", cuenta.

Primero, continúa, ocurre que el volumen documental que conservó la Junta Central de Madrid "eran 1.183 cajas que sufrieron una inundación en el archivo en el que se conservaban y hoy solamente quedan 31". "Esto es un hándicap a la hora de acercarse a la institución y nos obliga a hacerlo un poco desde los márgenes, a través de lo que se ha conservado de juntas provinciales", reconoce, añadiendo además que otro problema reside en el propio acceso a la información que si se conserva por ser "delicada, sensible y tener que ver con la honra, por lo que ahí está la Ley de Protección de Datos" limitando su labor. "A su vez, está la Ley de Memoria Democrática que nos dice que hasta que no pasen cincuenta años del hecho histórico no podemos consultar la información. Con lo cual del 75 al 85 seguimos teniendo ese vacío", resalta.

Capítulo aparte, en paralelo, merece el de los bebés robados en los centros, "la forma de violencia más potente que llevó a cabo el Patronato" y que se dio también en otro tipo de instituciones. "A las embarazadas se las somete a una persuasión constante diciéndoles que no valen para nada, que no tienen recursos y es mejor que den en adopción a sus hijos... Eso hacía que finalmente muchas de ellas firmaran esas adopciones forzadas y que, en los casos más dramáticos, se les dijera que el bebé había fallecido pero, en realidad, se diese en adopción a familias afines al régimen, con una moralidad aceptable, que se ponían en contacto con estas instituciones", relata, añadiendo: "Tenemos incluso cartas y documentos de centros maternales que se piden bebés entre ellos. 'Oye, ¿me puedes pasar un bebé que aquí ahora mismo no tenemos y hay una familia bien que necesita un hijo?' Es el caso más flagrante de vulneración de derechos humanos de los que se vivieron en la institución".

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