Landero destilado
Coloquio de invierno - Luis Landero
Tusquets, Barcelona, 2026.
Creo que esta novela persigue dos propósitos y dos componentes principales: brindarnos una exaltación de los relatos orales (¡ojo!, que nada tiene que ver eso con la llamada audiolectura, que, tras el fracaso del e-book, ahora nos quieren meter por los oídos los mismos que la comercializan), del poder que tiene la palabra, propios de una época en que la gente se entretenía charlando; y compartir la visión del autor sobre el mundo actual. Se trata de opiniones críticas, en las que Landero, a través de sus personajes, parece sentirse al margen de esta época (“de cualquier menudencia hacen un ideal”, se queja Tomás, el periodista), y en esa deriva el escritor extremeño no creo que sea el único, ni mucho menos. Critica, además, el declinar de la enseñanza pública; las relaciones tóxicas entre mujeres y algunos hombres, a quienes Jimena tacha de falderos y aprovechados (p. 162); la innecesaria proliferación de fotos: “ahora hay tantas fotos que es como si no hubiera ninguna” (p. 218); el que nada quede en la memoria (p. 219); o la afición de las gentes a la habladuría vacua (p. 223).
Lo que, a su vez, cuestiona Landero es la pérdida de ciertos valores, de esos denominados ancestrales, que hacían la vida más grata, y la imposición de usos y costumbres cuya mala utilización nos lleva a pensar –me incluyo- que algunas gentes, no pocas, se han vuelto idiotas perdidas. Y a ese respecto, véase lo bien que muestra la estupidez humana en las páginas 129 y 130; o la opinión de Tomás sobre “las malditas pantallas” (p. 135). Quien haya leído las entrevistas que Landero ha concedido en los últimos años, o tenga la fortuna de tratarlo en privado, se dará cuenta de que no son opiniones improvisadas. No piensen, sin embargo, que Landero intenta imponernos su visión del mundo, pues en la novela no faltan las opiniones contrapuestas, las réplicas y contrarréplicas.
Nos encontramos ante una historia con marco, a la manera de El Decamerón, o —por citar un ejemplo mucho más reciente— los Cuentos del barrio del Refugio, de José María Merino. El caso es que una borrasca, probablemente la llamada Filomena, aunque no se nombre, deja a nueve personas incomunicadas, y –por fortuna— sin cobertura, en un pequeño hotel de montaña; entre ellos, la pareja de hosteleros, a donde han llegado para hacer montañismo o senderismo. Así, tras el obligado confinamiento por la pandemia, vuelven a encontrarse encerrados, a sentirse “juguetes del destino”. Se trata de dos mujeres y cinco hombres, de edades y profesiones diversas, como veremos, a quienes el azar va a mantener unidos contándose historias, cuyo contenido oscila entre el sainete y la tragedia, el absurdo y la lógica, sobre cómo, a menudo, no se cumplen los ideales de la juventud. De todas estas voces que van tomando la palabra, desentona a menudo la de Víctor Marín, un comandante con la mente algo estrecha y valores diría que caducos, un personaje que parece ser de una sola pieza; quien les pide a sus contertulios “que cada cual aclare desde el principio si lo que va a contar es cierto o inventado” (p. 19).
La narración se compone de 22 partes. Además de la “Introducción” y el epílogo, titulado “Impunidad y despedida”, las más significativas serían cinco (“Historia de un instante”, divida a su vez en cuatro capítulos, que cuenta Santos, el médico; “Licor de mente” y “Time´s Up”, con dos partes cada una, contadas por Ginés, el ferroviario, y por Martín, el profesor, respectivamente; “El hombre que perdió un mechero y encontró un perro”, que tiene tres capítulos, relatados por Tomás; título que parece remedar el de Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, mi historia preferida, junto a la del bailarín Roberto Iglesias; y “Verano del 69”, compuesta de cuatro partes, rememoradas por la pareja formada por Adela, la librera, y Nuria, la profesora de Filosofía, quienes nos recuerdan que “no sabemos vivir sin contar lo vivido” (p. 15) y sin filosofar, con sus correspondientes cinco “Glosas”. En la quinta glosa aparece, en fin, un balance de lo contado. Como hemos dicho, esas diferentes partes aparecen fraccionadas para hacer más grata y verosímil la escucha de los personajes, y quizá, nuestra lectura. En alguna de ellas, es solo un personaje quien cuenta, aunque, en algún momento, sea interpelado por los demás, mientras que en las glosas intervienen varios de ellos.
En este contexto, no podía faltar una reflexión sobre lo que significa contar. Así, se dice que las historias pueden contarse hacia afuera o hacia adentro, aunque lo difícil es contar para afuera, relatarle historias a los demás. Algunas de las que se refieren se dicen secretas, pero predominan las que transcurren en lo que, en la novela, se denomina “la entrecana zona media”. Dos de los personajes, Fausto Monroy y don Claudio Bermúdez, bien perfilados, aparecen y reaparecen en distintos momentos, pues entre ellos ocurrió algo en un momento dado: apareció la semilla de la discordia que torció el curso de sus vidas.
Son historias de personajes, bien retratados por los narradores; de importantes secundarios, como Servando, el tío cuatrero de Fausto; éste y don Claudio son pacientes de Santos, quien se hace cargo de la narración. O la historia de Eloy, el mendigo con oficio, que cuenta Tomás, el periodista, que podría leerse como una variante de Mi adorado Juan, de Mihura. En estos relatos aparecen expresiones que adquieren protagonismo: “darse a valer” (yo hubiera dicho, hacerse valer); “la vida es una jungla donde uno tiene que elegir entre ser lobo o ser cordero”; ser un artista del anonimato, como pretende Ginés, el solitario jubilado; o el consejo que le dio a Tomás su padre: “No intentes nunca convencer a nadie de nada” (p. 72). En otro orden de cosas, resulta significativo el papel que desempeña el silencio, el tiempo o el suspense (“a las historias les gustan los suspenses”, comenta Tomás, el periodista, p. 55), como sucede en toda narración bien contada; o la certeza de que carácter es destino, un motivo universal de Heráclito a Luis Cernuda.
La acción empieza el 8 de enero del 2021, tras la cena, y acaba el lunes, día 11. O sea, que cumple con unas características ya clásicas en un determinado tipo de novelas: espacio y tiempo reducidos, y protagonista colectivo, según ocurre en Manhattan Transfer y en La colmena. Pero el desarrollo de las historias se remonta a muchas décadas antes, a la infancia de los personajes, o a comienzos de los 70. Y si hay unos temas predominantes, son la fragilidad de la vida y las relaciones sentimentales, bien sea como amor, bien el que alguno de ellos siente por Valeria, por Lola, Lolita, Yara, Raquel, Carmen, Nela, Tatiana, Conchita, Amparo… Algunas de estas mujeres son adultas y otras, jóvenes, sin que falte una princesa, con las que los protagonistas viven idilios ficticios, relaciones de seducción o sentimientos de celos (p. 130); o bien, amores ideales (“los amores ideales sirven para la fantasía, pero no para la realidad”, p. 168) y desdichados. Las conclusiones, al respecto, podrían ser dos: “el amor y el deseo (…) son espejos deformantes” (p. 170); y que “si a algo se parece el amor es al viento, que entra y sale de todas partes” (p. 242). Lo curioso, a todo esto, es que, de entre los nueve personajes, solo hay dos parejas: la que componen Adela y Nuria y, la de los hoteleros, lo que propicia que los hombres se confiesen sin pudor ni vergüenza, pero a veces con sentido de la culpa.
Así, algunas de las historias se nos presentan como descargos de conciencia (p. 156), como las referidas por Ginés y Tomás, y otras se definen como singulares o tristes (recuérdese que Monterroso y Bárbara Jacob publicaron en 1992 una Antología del cuento triste), pues, como afirma Tomás, “la tristeza tiene muy buenas vistas” (p. 134). Según acontece en todas las narraciones de Landero, no escasea el humor, aunque aparezca atenuado, sutil, sin estridencias, algo melancólico (véase, por ejemplo, las pp. 58, 89, 129-130 y 132, sin ánimo de ser exhaustivo). En las conversaciones se cita a escritores o filósofos: Boccaccio, Carlo Ginzburg (El queso y los gusanos), Schopenhauer, La Odisea (el episodio de Circe), Tolstoi (La muerte de Ivan Ilich), Shakespeare (Otelo), Max Scheler, Jünger, Ortega y Gasset, Proust, Spinoza (la irónica alusión a la abubilla que persevera en su ser), o la lista que cita Nuria, la profesora de Filosofía: Platón, Tomás de Aquino, Ortega, Nietzsche, Jaime Balmes y Camus.
La foto de la cubierta vale –me vale a mí— como atinada metáfora de lo que se nos narra. Pero déjenme que, antes de acabar, trace un breve recuento de temas y motivos: no falta en esta novela la alusión a Kafka, habitual a menudo en Landero; pues se nos dice que don Leandro, uno de los protagonistas de las historias relatadas “sufrió una metamorfosis no mucho menos monstruosa que la que cuenta Kafka en su libro famoso” (p. 51); ni la historia de un guitarrista flamenco (p. 231); ni tampoco el afán (p. 298). O por sintetizar lo narrado, se afirma que “las conversaciones son el principio de toda amistad y todo amor” (p. 255).
Ana Merino entre los caminos del amor
Ver más
Lo único que le reprocho a Landero es el desenlace, que creo que desmerece del conjunto, se lo tendría que haber currado un poco más, pero estamos ante otra buena novela, como casi todas las suyas, en la que viene a decirnos que “no hay nada más imaginativo y de más invención que la propia realidad, por humilde que sea” (p. 215). Pues, al fin y a la postre, lo que me parece que aprecian los oyentes de una historia es que tenga interés y que esté bien contada, por expresarlo sin musarañas teóricas, como le gustaba quejarse a Caballero Bonald.
No puedo concluir sin recordar que acaba de fallecer en Lima el gran Alfredo Bryce Echenique, quien –a pesar de todos los pesares postreros— tanto se hizo querer como gran escritor (Un mundo para Julius, La vida exagerada de Martín Romaña, por recordar mis preferidas) y maravilloso contador de historias, a quien tuve la fortuna de conocer y tratar.
*Fernando Valls es catedrático de Literatura Española y crítico literario.