Ece Temelkuran: “Con Gaza hemos vuelto a hablar del sacrificio, un concepto que debemos recuperar”

La escritora turca Ece Temelkuran.

A principios de 2019, la reconocida periodista turca Ece Temelkuran publicó Cómo perder un país. Los siete pasos que van de la democracia a la dictadura (Anagrama). En él, exponía las estrategias y agendas compartidas de los fascismos y extremas derechas de todo el mundo. El libro fue un éxito inmediato y Temelkuran se convirtió en uno de los grandes referentes intelectuales de la esfera internacional. Mientras decenas de sus amigos y conocidos eran encarcelados por Erdogan, la pensadora tenía que gestionar su duelo en el exilio, librar la batalla psicológica que supone conseguir un permiso de residencia en Europa y, a al mismo tiempo, viajar continuamente por el mundo para explicar una verdad incómoda: que quienes, como ella, ya han perdido su hogar no son más que la avanzadilla de un nuevo mundo en el que las guerras, la crisis climática, los autoritarismos y la concentración de la riqueza nos arrebatarán a todos la sensación de pertenencia. Descubriremos, entonces, que el hogar son las otras personas. Sobre todo ello reflexiona en La nación de los extraños (Anagrama, 2026), un libro sobre el que conversamos por videoconferencia.

¿Cómo interpreta la reciente derrota electoral de Orbán? ¿Y el hecho de que el ganador, Péter Magyar, fuese hasta 2024 parte de su círculo de poder? ¿Es una demostración de que se puede frenar la ola reaccionaria?

Esta pregunta deberían responderla los húngaros que conocen el asunto en detalle. Pero, por supuesto, esta derrota de Orbán ha traído cierta esperanza y entusiasmo a los europeos, y también a los estadounidenses que buscan una salida a su situación política.

Sin embargo, debemos tener en cuenta que cada país es diferente. Sé que hay patrones globales de este movimiento de extrema derecha —escribí un libro sobre ello—, pero aún así cada caso es específico. Orbán, por ejemplo, intentó sacar a mucha gente de la pobreza y eso le dio un gran apoyo social. Y su derrota se debe, precisamente, a que abandonó esas políticas.

La atracción por las ideas de extrema derecha sigue vigente y debemos ser cautelosos. Pero tenemos que aprovechar el entusiasmo que ha generado la derrota de Orbán porque eso significa que la mayoría estamos en contra de sus postulados. Como sabes, no creo en la palabra esperanza, prefiero hablar de fe, y estas elecciones en Hungría han renovado nuestra fe en que podemos revertir el avance de la extrema derecha.

Desde los años 90, antes de que los partidos de extrema derecha y fascistas llegaran a los Parlamentos europeos, Europa ya aplicaba políticas fascistas contras las personas migrantes y refugiadas. Sin embargo, hasta que sus amenazas no incluyeron a las personas blancas europeas, no empezamos a hablar de ultraderecha y de la necesidad de frenarles. ¿Puede frenarse al fascismo cuando es inherente al colonialismo europeo?

Mi análisis es que los ideales fascistas han estado siempre presentes en la política y la moral neoliberales, aunque eso no haga exactamente fascista a Europa. Uno de los aspectos del fascismo que está muy presente en el neoliberalismo es el desprecio absoluto por las personas salvo que tengan un alto valor económico. Por eso, los refugiados, los solicitantes de asilo y los inmigrantes han estado sufriendo la opresión y la violencia de las políticas europeas. Y como se ejercen en los márgenes y las personas afectadas son fácilmente criminalizadas y deshumanizadas, el resto prefiere creer que eso no les ocurrirá a ellos.

En ese sentido, Gaza ha sido un experimento a escala global. Por primera vez hemos visto un genocidio en directo y, al mismo tiempo, cómo se deshumaniza e, incluso, cómo se descarta a toda su población.

Sí, esto es inherente a nuestra cultura, a nuestra política, a nuestra moral. E incluso quienes resistimos estamos un poco contaminados por estas inclinaciones fascistas del sistema porque aspiramos a ganar. Para muchas personas, ganar se ha vuelto más importante que estar en el lado correcto de la historia, y eso demuestra que nuestra moral está contaminada.

“Las personas que no se sienten parte de este mundo son los pioneros de la Historia”

En La nación de los extraños explica que todos, tarde o temprano, nos convertiremos en unhomed, personas que se sienten extrañas, que han perdido la sensación de tener un hogar, así sea político o social. Y que quienes han sido expulsados de sus países son la avanzadilla que puede enseñarnos al resto cómo afrontarlo y sobrevivir. ¿Cuál es la reacción mayoritaria cuando expone esta idea en sus conferencias?

Creo que somos muchos los que nos sentimos sin un hogar, extraños en estos tiempos, así que ponerle palabras produce alivio. Porque la gente tiende a disculparse por su agotamiento, por su estado depresivo y cuando les digo 'No sois vosotros, somos todos los que nos estamos quedando sin un hogar porque lo que está ocurriendo está mal'. Hay cierta alegría en darse cuenta de que estamos juntos en esta mierda, de aceptar que dependemos de los demás y de construir un hogar con otras personas. Espero que al poder articular esa sensación, que ya la tienen, se sientan más tranquilos porque la confusión es una de las herramientas del fascismo actual. '¿Por qué me siento así? ¿Hay algo mal en mí? ¿Qué debo creer?'. Esa confusión se aclara entendiendo que nuestro mundo está dañando lo humano. Y que somos la mayoría quienes nos sentimos así, pero que hemos sido derrotados tantas veces que olvidamos que somos la mayoría. Saberlo te otorga un poder extremo, lo que no significa que vayamos a terminar ganando.

Solemos pensar que los escritores, los intelectuales y los líderes de opinión debemos analizar y exponer ideas brillantes. Pero dado el agotamiento existencial de tanta gente, tenemos la responsabilidad moral e intelectual de hacer que nos sintamos menos derrotados e indefensos. Por eso escribí La nación de los extraños, para decirle a las personas que no se sienten parte de este mundo que son los pioneros de la historia. Para escribirles: 'Muchos más serán como vosotros, estáis sobreviviendo y tratando de seguir siendo humanos. Merecéis ser reconocidos. Y los demás deben aprender de vuestra sabiduría: la sabiduría de sobrevivir con dignidad'.

“Tenemos la responsabilidad moral e intelectual de hacer que nos sintamos menos derrotados e indefensos”

Los europeos tenemos mucho que aprender del activismo latinoamericano, que trabaja desde la conexión entre el pensamiento racional, los afectos y el medio ambiente. En cambio, en Europa estamos intentando frenar al fascismo principalmente desde la razón. En su primer libro nos permitió entender las causas del auge fascista. Con este segundo aborda, sobre todo, las emociones que nos está produciendo esta brutalización del mundo.

América Latina tiene una tradición en la que la teología de la liberación se conjuga con la militancia de la izquierda y la idea de la madre tierra. Yo he intentado crear algo así como un 'pathos' de la resistencia actual, de la supervivencia, porque hay mucho sufrimiento y muchas ideas para detenerlo, pero el cambio no llega. Por eso pensé que faltaba ese 'pathos'.

En su libro explica que al principio de su exilio le costaba interpretarse a sí misma sin caer en el estereotipo de orgullosa víctima ni en el de una gloriosa superviviente. ¿Cómo se siente ahora?

Escribir este libro me ha hecho sentirme en casa conmigo misma y terminar con esa dicotomía entre víctima y superviviente. Pero no es un punto final, es una práctica. Ya sé que no habrá un lugar que pueda sentir como mi hogar, sino que el hogar serán las personas, las palabras, las promesas. Cuesta asumirlo porque tenemos muy arraigada la idea del hogar como un lugar.

Creo que poner las relaciones humanas en el centro puede generar una nueva política y una nueva moral. Nos permite repensar conceptos que parecen ingenuos como el amor, la compasión, la humildad y colocarlos en el centro de nuestra comprensión política. Y eso es algo que el activismo latinoamericano hace muy bien.

En el libro describe cómo las personas refugiadas y exiliadas tienen que ocultar aspectos de sí mismas que no encajan en los prejuicios dominantes para ser aceptadas por el sistema. Pone como ejemplo un hombre que conoció mientras gestionaba su permiso de residencia en Berlín, que solía presentarse diciendo: “Soy yemení, pero también soy neurocirujano”. En su caso, ¿cómo ha vivido ser la superestrella de los congresos más importantes del mundo sobre la extrema derecha y, al mismo tiempo, sufrir el racismo estructural europeo en su vida cotidiana?

Es una experiencia que te genera humildad, que te baja a tierra cuando te sientes demasiado importante. Hace poco, hablando con Pankaj Mishra me dijo: “Nunca hablas de tu vida en Turquía”. Y me di cuenta de que era verdad. De que nunca hablaba de mis 20 años ejerciendo un periodismo muy duro allí. Quizá es porque lo que viví como persona, como periodista y como escritora fue demasiado en todos los sentidos. Por eso, empecé a escribir en inglés, para no sentir tanto porque tenía demasiado dolor cuando salí de Turquía.

A menudo, le piden que acabe sus conferencias sobre la ultraderecha con algún mensaje de esperanza cuando no la tiene. En cambio, sostiene que es mucho más poderoso el concepto de la fe en el ser humano. ¿Por qué?

Como humanidad, estamos en un periodo de supervivencia y en ese estado no te planteas si hay esperanza o no, es un concepto demasiado frágil. Sencillamente, haces. Pero aceptar que estamos en un estado de supervivencia, que nada te protege, requiere humildad. La fe es la habilidad más poderosa que tenemos los humanos: estar decididos a hacer algo, a sacrificarlo todo, a sabiendas de que podemos no lograr nuestro objetivo.

Con Gaza hemos vuelto a tener que hablar de sacrificio y es un concepto que tenemos que recuperar. Mucha gente ha tenido que decidir si iba a sacrificar su carrera, su estatus, su reputación, su fama y su dinero por pronunciarse contra el genocidio. En ese sentido, Gaza también ha sido un experimento. ¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por hacer lo correcto?

Y nadie ha hecho lo que debía hacer por Gaza porque tuviera esperanza. Desde el principio, no había esperanza para Gaza. Aun así, había que hacerlo. ¿Por qué? Porque si no lo hacíamos, no podríamos vivir como humanos. Cuando se está sobreviviendo, uno no hace las cosas por la esperanza, sino porque sería insoportable no hacerlo.

“Con Gaza hemos vuelto a tener que hablar de sacrificio, y es un concepto que tenemos que recuperar”

Esa oposición al genocidio de Gaza ha concitado el movimiento social global más potente de las últimas décadas y reúne las principales luchas por los derechos humanos, por el derecho internacional, por el anticolonialismo, contra el fascismo. El apoyo a Gaza se ha convertido en el principal dique de contención contra la ultraderecha. ¿Cree que puede ser el principio del algo?

Sí, quiero pensar que lo es. Frente a las tecnologías masivas que apuestan por un futuro sin humanos, nos encontramos, por ejemplo, con la Flotilla a Gaza: cuerpos físicos llevando en barcos cosas concretas. Estamos asistiendo a un intento de despojar a la humanidad de lo esencial, de los cuerpos físicos, y es un buen momento para ver que, precisamente, no tenemos nada más que los unos a los otros.

La dedicatoria del libro dice: “A Annelies Beck, por anclarme en el tiempo con el léxico más compasivo”. ¿Cómo lo hizo?

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Con una increíble amabilidad, bondad y verdad. Y estando presente. Annelies siempre ha estado ahí para sostenerme cuando me estaba cayendo. La presencia física es importante, pero también la emocional. Preguntar cómo estás de la manera más genuina. Es lo único que te sostiene cuando estás sobreviviendo, que te pregunten por ti, no por tu trabajo, ni por lo que piensas sobre esto o aquello. Si quieres ayudar a un extraño, haz que se sienta visto. Es lo único que protege tu dignidad como ser humano. Annelies me vio y me sigue viendo, incluso cuando no le gustaba lo que veía.

“Si quieres ayudar a un extraño, haz que se sienta visto”

¿Cómo imagina esa nación de los extraños que se está construyendo?

La imagino como Minneapolis el día después de que sus habitantes lograsen expulsar a las patrullas del ICE. Me los imagino en una fiesta increíble celebrando la humanidad, sabiendo que han sacrificado mucho, pero con la alegría de saberse vivos y humanos.

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