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Los centinelas de Occidente

Esteban Ortiz Boró

Lleva pasando lo mismo desde que tenemos memoria. Cada vez que la sociedad española genera una expectativa real de cambio, se desatan, como huracanes, todas las fuerzas oscuras de la derecha política y económica. Ya ocurrió con la II República. El mismo 14 de abril comenzó la fuga de capitales y el boicot de los grandes propietarios. “¡Comed república!”, gritaban los señoritos a los jornaleros, es decir, “comeos vuestros ideales, porque nosotros preferimos dejar yermas nuestras tierras y veros muertos de hambre antes que contribuir a la estabilidad del nuevo régimen”. A la vez, desde los medios conservadores y desde los púlpitos se extendía machaconamente la idea de que estaba en marcha la revolución comunista. Es curioso, en las elecciones de noviembre de 1933 el PCE obtuvo tan sólo un diputado, y en las de 1936 consiguió diecisiete (¡de 473!) porque formaba parte del Frente Popular. Nunca hubo ningún comunista en el gobierno y la URSS no tenía ni embajada en España.

Cuando el 18 de julio se produce el golpe de Estado que conduce a la guerra, el gobierno estaba formado por pulcros y moderados políticos republicanos que abominaban del marxismo. Todo aquello de la subversión judeomasónica y comunista no era más que una burda mentira, pero daba igual: la justificación ideológica del golpe de estado había sido un éxito. La República fue derrotada y se instauró una especie de dictadura teocrática emparentada con los fascismos europeos. Paradójicamente, Franco se presentaba como “el centinela de Occidente”. Tiene gracia, ¿verdad?, que uno de los dictadores más crueles y sangrientos de la historia contemporánea se reivindicase defensor de los valores occidentales, que no son otros que la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Pues bien, salvando las distancias y sin querer ponernos tremendistas, mucho cuidado porque nos acaba de salir una nueva centinela de Occidente, esta vez en versión chulapa, por no decir directamente chulesca. En efecto, desde que Esperanza Aguirre fue derrotada en las urnas no ha cesado de clamar ante el “peligro” de que Manuela Carmena vaya a utilizar la alcaldía para “romper el sistema democrático occidental”. Víctima de sus propios delirios, ha reclamado a la cabeza de lista de Ahora Madrid que renuncie a “construir sóviets”. Entre tanto, una concejala valenciana del PP ya ha advertido que pronto empezará la “quema de iglesias” y “la violación de monjas”. Y desde hace meses, la denominada caverna mediática viene amedrentando a sus seguidores con todo tipo de plagas bolivarianas y castristas si es que los partidos turnistas son apeados del poder. Toda esa espiral de aspavientos histéricos podía tener hasta su punto cachondo. La condesa consorte daría mucho juego en el club de la comedia, o haciendo de loca de los gatos en los Simpson, porque proponer en tres días seguidos tres formas diferentes y antinaturales de gobierno para el Ayuntamiento de Madrid roza el surrealismo o la enajenación mental.

Pero, no nos engañemos, la cosa no es para reírse. La historia se repite. Esperanza Aguirre y su amplio coro de altavoces pueden estar preparando la justificación ideológica de un golpe de guante blanco. En Madrid hay montado un tinglado de intereses económicos más o menos inconfesables que la gente de a pie ni imaginamos, y no es la primera vez que la voluntad popular se contradice a base de sobornos. Si ya hubo un tamayazo, ¿por qué no puede haber otro? La lideresa parece desvivirse por el sistema democrático occidental, pero forma parte de un partido corrompido hasta el tuétano, que ha financiado sus campañas electorales con dinero negro y no ha dudado en recortar las libertades públicas mediante la funesta ley mordaza.

No, no queremos hacer comparaciones fáciles con épocas pasadas, pero intentemos aprender de nuestra historia. La oligarquía, como siempre ha hecho, intentará obstaculizar cualquier transformación que merme sus privilegios. Dispone para ello de sobrados recursos (dinero, poder, influencias, medios de propaganda...). Por el contrario, nosotros, el pueblo, la gente corriente, sólo nos tenemos a nosotros mismos. Una vez más podemos hacer dos cosas: facilitar con nuestras divisiones que los sucesivos “centinelas de Occidente” se salgan con la suya, o construir con nuestra unión una verdadera democracia. Una vez más, en nuestras manos está. _______________

Esteban Ortiz Boró es socio de infoLibre

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