Fascinación
Curiosas las tres acepciones que asigna la RAE a esta palabra: 1. Engaño o alucinación; 2. Atracción irresistible; y 3. Aojo (de aojar: hacer mal de ojo y desgraciar o malograr algo). Los tres significados parecen independientes, hasta que miras alrededor buscando una explicación al voto que remueve las urnas y las tripas de la gente con criterio y descubres cierta confluencia, un tres en uno que hace dudar del ser humano. Engaño, atracción y aojo confluyen en Donald Trump y la chusma trumpista que acapara votos irracionales.
El engaño es una eficaz herramienta para ganar voluntades en manos de quienes no disponen de un programa político decente y aquello que defienden provoca más rechazo que adhesiones en la ciudadanía. La gran paradoja de estos tiempos es que las generaciones más y mejor formadas de la historia, con acceso casi ilimitado a la información, se lanzan al mar bravío atraídas por los cantos de sirena de quienes han hecho del naufragio social su modus vivendi. La inteligencia artificial y los dispositivos inteligentes son excelentes difusores de bulos y desinformación que llevan a la inexorable manipulación.
Privatizar los servicios públicos provoca el rechazo de la inmensa mayoría social que no se puede permitir una póliza de seguro o una escuela privadas. Desmantelar el sistema de pensiones no es algo que se pueda proponer sin un altísimo coste electoral. Convertir en un lucrativo negocio el derecho a la vivienda supone anteponer los intereses de los grandes tenedores al interés general. Son algunos ejemplos que explican el uso del engaño por parte de las derechas para culpar de los efectos de sus políticas a la migración.
Nos intentan convencer de que el país está amenazado y de que hay que apoyar a Donald Trump, su principal amenaza
Si se examinan la mediocridad y las limitaciones intelectuales de personajes como Trump, Ayuso, Feijóo o Abascal, se entiende que ejerzan una atracción irresistible sobre la mayoría social instalada en similar mediocridad y con deficiencias para comprender la realidad que la rodea. Una sociedad que da crédito a personajes como Alvise Pérez, Iker Jiménez o Marcos Llorente, y se siente atraída por ellos, se define a sí misma como mediocre. Como recoge el refranero, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, adagio referido a la mediocridad de un líder cuyo principal mérito es que su competencia directa es aún peor.
En cuanto al aojo, la intención del trumpismo es desgraciar y malograr el orden internacional para un fin superior que no es otro que sustituir el sistema democrático por una autocracia donde el miedo (el terror), la fuerza (bombas y genocidios) y la represión (imposición de un pensamiento único y persecución de la disidencia) sustituyen al diálogo y la cooperación. Todo ello como evolución del capitalismo, vía neoliberalismo, hacia el fascismo.
La versión patria del desmadre neoliberal se resume en la cita del ministro Montoro: “Que se hunda España, que ya la levantaremos nosotros”, cuando formaba parte de uno de los gobiernos de España con más miembros imputados por corrupción. Recientemente, se ha destapado que vendía el BOE al mejor postor desde su despacho privado, con la impunidad del clan Aznar–Botella con las VPO, del entorno de Ayuso, de la familia Feijóo o, sin ir más lejos, del chanchullo farmacéutico del matrimonio Moreno–Villena en Andalucía.
Mientras nos crujen la vida con componendas privatizadoras, con corrupciones insaciables y con un retroceso galopante en derechos y libertades, nos intentan convencer de que el país está amenazado y de que hay que apoyar a Donald Trump, su principal amenaza.
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Verónica Barcina es socia de infoLibre.