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Aporofobia, el odio al que menos tiene

Uno de cada cinco españoles está en riesgo de pobreza

¿Qué es lo que provoca el rechazo, el temor o el odio hacia los refugiados sirios que llaman a las puertas de Europa? Algunos dirían que el racismo, y la filósofa les respondería que, por ejemplo, los jeques de Arabia Saudí son recibidos en España con los brazos abiertos. ¿La xenofobia? No únicamente: Cortina respondería que miles de alemanes e ingleses se instalan en las costas cuando llegan a la jubilación, sin que eso parezca causar problemas de convivencia. La catedrática de Ética y Filosofía Política apunta en su último ensayo un nuevo término: aporofobia, del griego áporos (pobre) y fobéos (espantarse), es decir, "la prevención o repulsión ante el pobre". La que hace que los ultras de distintos equipos de fútbol se entretengan humillando a personas sin hogar en Madrid. La que, superpuesta con el racismo y la xenofobia, genera el odio utilizado por el nuevo fascismo. 

Aporofobia, el rechazo al pobre (Paidós) estudia el origen antropológico de este odio, su evolución a través de la historia y sus desafíos éticos y políticos. Y, pese al título —y a que gran parte de la obra utiliza la pobreza como marco bajo el que suceden las distintas agresiones—, la filósofa trata de ampliar el concepto hasta el rechazo "al sin salidas, el que no puede devolver nada a cambio". ¿Cómo se diferencia el concepto de aporofobia del de clasismo? "La sociedad de clases es algo que nace en el siglo XIX. La aporofobia sería algo más profundo", defiende Cortina durante un encuentro con la prensa. De hecho, ella llega a utilizarlo como "el rechazo a los que están peor situados en cada ocasión". 

 

La aporofobia, explica la filósofa, ganadora del Premio Nacional de Ensayo en 2014, funciona como el resto de fobias sociales: "diluyendo esta persona por una persona". No existe el individuo, sino un judío, un gitano, un homosexual, un negro, un inmigrante. La última consecuencia de esto son los ataques a las personas sin hogar. Entre 2014 y 2015, la asociación Hatento entrevistó a 261 hombres y mujeres que duermen en la calle, y el 47,1% de ellos declaró haber sido víctima de delitos relacionados con la aporofobia. Este motivo ya está tipificado dentro de los delitos de odio junto a otros como la homofobia, y en 2015 el Ministerio del Interior registró que, dentro de los 1.328 casos de delitos de odio detectados, 17 estaban relacionados con la pobreza. La dificultad, señala Cortina, estriba en que la vulnerabilidad de quienes lo sufren les impide denunciarlos, y el desconocimiento de las instituciones hace más difícil su detección. 

Pero hay actos de aporofobia más sutiles. "Si lo que se hace habitualmente es relegar a los que están peor situados en cada ocasión y premiar al que triunfa... pues es muy difícil que eso no se acabe perpetuando", critica. Así, el sistema que premia el éxito económico y culpa al pobre de su pobreza —como se hacía con los desahuciados antes de la llegada de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca—, está justificando el rechazo al que no tiene. No es una cuestión menor: si en España hay más de 13 millones de personas en riesgo de pobreza, hay más de 13 millones de personas en riesgo de sufrir aporofobia. 

Y eso, apunta Cortina, tiene réditos políticos para algunos: "En un momento de crisis, como en la que vine de 2007, hay personas muy listas que se inventan un discurso que dice que vienen estos otros pobres, los mexicanos o los que vienen del otro lado del Estrecho, y nos van a quitar el trabajo". Este discurso no afecta al que sí tiene seguridad económica: "Justamente es el que está ahí, en la frontera,  el que dice: 'Me van a dejar a mí sin trabajo'. Es el caso de la clase media baja estadounidense, o de los mexicanos que sí han podido integrarse. Gente como Trump o Marine Le Pen han sabido utilizar eso para movilizar las emociones de la gente".

 

La filósofa Adela Cortina.

Aporofobia explica que el odio al pobre, al necesitado, al que supuestamente no tiene nada que ofrecer a la sociedad, tiene una raíz biológica: "El ser humano es un animal disociativo, invierte una gran cantidad de energía intelectual y emocional en distanciarse de cosas que le desagradan". Así, el "cerebro aporófobo" ha desarrollado un "rechazo a los que perturban la vida y pueden traer problemas". Esto se une a que "el vínculo del cuidado", el que lleva a preocuparse por otros seres humanos, "es claramente selectivo". Es decir, que la discriminación del que consideramos inferior está en nuestra naturaleza. Sin embargo, Cortina no es pesimista: "La visión de los pobres ha cambiado. En un momento de la historia se pensaba que los pobres estaban ahí, siempre iban a estar, y no había ninguna responsabilidad con ellos. Ahora sí consideramos que tenemos deberes". 

La filósofa cita al escritor Stefan Zweig para hablar de dos tipos de compasión: "una cobarde y sentimental que, en verdad, no es más que la impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la emoción molesta que causa la desgracia ajena"; y otra, "la compasión no sentimental pero productiva", la que "está dispuesta a compartir un sufrimiento hasta el límite de sus fuerzas". Y, aunque Cortina aprecia las acciones individuales y las organizaciones civiles que combaten la pobreza y la aporofobia, no descarga de responsabilidad a las administraciones: "Es un deber de los Estados y las comunidades políticas. Hay que poner en marcha una política social para garantizar los derechos básicos de todas las personas. Es fundamental. No hay que olvidar que las instituciones tienen que hacer su tarea, porque tienen una afición enorme a dejársela a los demás".

La vergüenza social ha sido, explica Cortina, un buen mecanismo evolutivo para rechazar el desprecio del otro y premiar el altruismo y la colectividad. El que iba contra el grupo era condenado al ostracismo y se le arrebataba su reputación. Pero también ocurre que la vergüenza "la usa quien tiene poder para hacerlo, no quien tiene razón, y según las normas del grupo social, que no siempre son justas". Resultado: los pobres hoy, en un sistema que les responsabiliza de sus males, se avergüenzan de serlo. "El pobre, por supuesto, está en una situación de la que ya le gustaría salir. Pero claro que tiene dignidad; los que se empeñan en que sea indigno son los aporófobos", critica la autora, "porque lo mejor que le puede pasar al verdugo es que su víctima se sienta indigna".

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