Cultura

Extraordinario, exquisito, deslumbrante... ¿Qué dicen los autores de la lencería fina que ayuda a vender sus libros?

La escritora Jeanette Winterson quemó algunos de los borradores de las portadas de las reediciones de sus libros.
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El tuit era incendiario.

El pasado 4 de junio, la escritora Jeanette Winterson explicó en la red social que odiaba los “blurbs”, textos publicitarios que aparecen en los paratextos de los libros, que su editorial había puesto en las reediciones de sus trabajos. Cierto, explicó posteriormente, “los editores están solucionando el problema, pero no quiero conservar estas copias”. De hecho, había entregado la mayoría de ellas a una ONG, aunque necesitaba una quema simbólica para levantarse el ánimo. “Soy la escritora que soy”, se reivindicaba, no la que aparece en esas líneas promocionales.

Hace tiempo hablamos aquí de los paratextos, y dijimos de ellos que “son lo que hace que el texto se transforme en libro, convencen al comprador dubitativo, predisponen al más decidido, influyen en el lector y asisten en la lectura”.

Paratexto es lo que se escribe en la cubierta y en la contracubierta, también lo que se apunta en las solapas o en ese elemento con nombre textil, la camisa, que según la Real Academia (octava acepción) es la “cubierta suelta de papel fuerte con que se protege un libro y que lleva impreso el título de la obra”. Es decir, en palabras de Gérad Genette, todos aquellos tipos de señales accesorias, autógrafas o alógrafas, “que procuran un entorno (variable) al texto y a veces un comentario oficial u oficioso del que el lector más purista y menos tendiente a la erudición externa no puede siempre disponer tan fácilmente como lo desearía y lo pretende”.

Señales entre las que el teórico francés coloca otra pieza, cuyo nombre tiene también reminiscencias textiles, y a la que la RAE (en esta ocasión, en la sexta acepción) define como “tira de papel que se pone sobre la cubierta o la sobrecubierta de un libro, con una breve leyenda impresa alusiva a su contenido o a un galardón que se le ha otorgado”: la faja, también conocida como fajilla.

“La sobrecubierta y la faja llevan mensajes paratextuales transitorios, olvidables después de causar su efecto”, dejó escrito Genette en Umbrales (1987) donde también habla de la pieza que nos ocupa como una suerte de “minisobrecubierta reducida al tercio inferior de la altura del libro, cuyos medios de expresión son en general puramente verbales, pero el uso parece comenzar a ubicar ahí una ilustración o un retrato del autor. La fajilla puede repetir el nombre del autor o la mención de un premio literario”, o incluir un epígrafe “a la vez fugitivo y monumental”.

¿Qué es, por tanto, una faja editorial?

Respuesta breve: un elemento de marketing editorial.

Respuesta algo más larga: una pieza de texto en la que el editor pone todo aquello de lo que la obra y su autor pueden presumir, que ayuda a vender un libro, pero de corta vigencia. Nos referimos a las cifras de ventas, el número de ediciones, la colocación en las listas de ventas, los idiomas a los que la novela ha sido traducida… Información que el editor considera importante transmitir al potencial comprador porque puede ayudarle a comprar este libro en concreto, y no este otro, pero que al ser inestable (habrá más ventas, más ediciones, mejores clasificaciones, aún más idiomas) exige una actualización constante. Fajas nuevas, ya que todo lo demás es mucho más difícil, si no imposible, de modificar.

Otras veces, sin embargo, lo que caracteriza el mensaje que la fajilla transmite no es su volatilidad, sino su exceso, ocurre cuando se nos llena de elogios nada comedidos, elogios hechos por críticos (o entresacados de sus reseñas, aunque en ocasiones no respetan el espíritu de las mismas) o lanzados por otros novelistas (e incluso encargados exprofeso para la ocasión).

Al cabo, más propaganda que datos y opiniones sostenibles. Las fajas “usan superlativos absolutos, hacen comparaciones improbables, emiten juicios entusiastas y tiran números de ventas astronómicos, irreales e incomprobables —resumió Guillermo Piro, bibliotecario—. Si tantos editores siguen usándolas es porque evidentemente las fajas funcionan, y muchos lectores se sienten atraídos por ellas y creen en lo que prometen.”

De modo que lo que empezó siendo un elemento extraordinario se ha convertido en un recurso del que se abusa. Como denunció Cristian Vázquez, “las fajas, esas tiras de papel que rodean a los libros con el objetivo de llamar la atención de los posibles compradores, son cada vez más frecuentes y enormes. Quizás en el futuro las tapas carezcan de ilustraciones, como sucedía con los libros antiguos. Todo será faja”.

Fajas fuera

Hay quien ha intentado acabar con esta tiranía. Libreros, incluso. En 2015, la librería zaragozana Portadores de sueños lo intentó recurriendo a la ironía: “Hemos coleccionado todas estas frases de las fajas de varios libros. Cada vez se hace más difícil elegir qué leer porque todo es extraordinario, maravilloso, inmejorable, precioso, arrollador, estremecedor, hipnótico, prodigioso, deslumbrante, exquisito, poderoso, magistral y excelente. ¡Ay!”. Lo que venía después era una lista de frases ampulosas y huecas extraídas de fajas perfectamente intercambiables.

Dos años después, la pamplonesa Deborahlibros intentó una aproximación distinta y se declaró ante el mundo “espacio libre de fajas”. La confesión que justificaba ese sanseacabó se iniciaba así: “Empecé a odiarlas hace más de quince años, cuando tienes que cuadrar una planta entera de estanterías con libros el odio a la faja se instala en ti de manera natural”.

No obstante, la duda permanecía, agazapada, por lo que el odiador se acogió al comodín del libre albedrío: “Por si alguien las echa de menos, hemos apañado una caja donde podéis serviros la que más os guste, desde ‘Calificada por la crítica como la novela perfecta’ pasando por ‘Mejor libro del año según Babelia’ hasta ‘El debut más salvaje, magnético y perturbador en muchos años’. Podéis elegir la edición que queráis para vuestro libro, incluso los ejemplares o el prologuista (‘15ª edición’, ‘40.000 ejemplares vendidos’, ‘Más de 250.000 lectores’ o ‘Prólogo de Maruja Torres’). Adoptad la que queráis. Es vuestra. Yo ya soy libre”.

Entre medias, después de que Portadores de sueños lanzara su intentona, antes de que Deborahlibros protagonizara su acto de insumisión, la editorial Drácena puso en las mesas de novedades una novela de Elena Garro, Reencuentro de personajes, escrita en 1982. Temiendo quizá que el nombre de Garro no dijera nada a sus posibles lectores, alguien consideró buena idea definir a la escritora no por sus muchos méritos literarios y artísticos, sino citando a los hombres con los que, de una u otra manera se relacionó. El texto laudatorio quedó tal que así: “Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges”.

Lo que pasó a continuación llevó a la editorial a pedir a las librerías que quitaran la faja al libro.

En 2020, fue Juan Tallón, escritor, quien enhebró en un artículo una sucesión de sintagmas laudatorios y, una vez más, utilizables en la faja de esta novela, o en la de esta otra. El vacío hecho panegírico. Y la sucesión de lugares comunes convertida en denuncia.

No es el único que ha lamentado la deriva. “Muchos de los blurbs, esas frases que se pueden leer en las tiras de papel satinado que abrazan las novedades editoriales, oscilan entre la declaración de un amante adolescente algo piripi de vino y la retórica José Luis Moreno en una gala de fin de año en la Atlántida —escribió Miqui Otero—. Si algún día se siente algo encapotado, pasee por una librería imaginando que esos blurbs van dirigidos a ustedblurbs: iluminador, revelador, apasionante, duro pero tierno, seco si bien dulce, hilarante, certero.”

Pero que nadie crea que las críticas de escritores o letraheridos acabarán con esta prenda tan denostada. En las mesas de novedades, la lucha por la supervivencia es feroz y los editores no renuncian a ningún elemento diferenciador, por superficial que nos parezca.

No se trata de veracidad ni de elegancia: se trata de visibilidad. Esa es la batalla en la que se fajan los vendedores de libros.

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