Cultura

Lo feo, lo demasiado humano

'Tetas' de la serie 'El mapa de mi cuerpo'

El cuerpo ha sido un gran motor de inspiración, desde tiempos inmemoriales escritores de toda laya y condición han considerado oportuno criticarlo o elogiarlo en su conjunto o tras someterlo a un proceso (artístico) de disección.

Hay órganos y apéndices de gran estirpe literaria. La nariz, por ejemplo. Seguro que más de uno, al leer esto, empieza a recitar el poema dedicado a esa napia superlativa, sayón escriba a la que Quevedo dedicó su genio; o la que protagoniza, tras haberse independizado de su legítimo dueño, un cuento de Gógol; o en la que Genichiro Yagyu eligió (por ser más precisa: se centró en los Agujeros de la nariz) para una de sus seis entregas de El mapa de mi cuerpo (que completó con las Plantas de los pies, las Tetas, los Dientes, las Costras y el Ombligo).

Luego están los trabajos ensayísticos en los que, ya sin pretensión artística, si acaso con la voluntad de educar o denunciar, autores procedentes de distintos campos del saber se fijan en una zona del organismo humano y la explican con generosidad. No me refiero a libros médicos, sino a esos que escapan del encasillamiento científico para alcanzar al gran público.

Hace unos años, la entonces estudiante de medicina Giulia Enders publicó La digestión es la cuestión en más de 30 países y en el suyo propio, Alemania, vendió más de un millón y medio de ejemplares. Sorprendente, ¿no? Un libro que hablaba de cómo son y cómo se mueven nuestros intestinos, de excrementos y estreñimiento, de... "Quería hacer desaparecer la vergüenza que se asocia desde siempre a los intestinos", declaró. Y a fe que lo consiguió.

Como ese título, son infinidad las obras de contenido médico, que nos explican nuestro cuerpo, los consagrados a las medicinas alternativas o a la alimentación, que han cautivado a los lectores. "Interesan porque el culto al cuerpo está de moda, y existe un enorme desconocimiento de la salud en general, esto lo vemos diariamente en la consulta, cada vez hay preguntas más absurdas –dice el doctor Pedro Gargantilla, médico, escritor y divulgador científico–. En el mundo de la globalización y el acceso tan fácil a la información, la mejor arma es el conocimiento".

Una razón general que también aplica, en particular, a los libros dedicados a los órganos sexuales, esos que en el título llevan las palabras vagina, pene… "Los términos que aparecen en estos títulos forman parte de los algoritmos que maneja nuestro subconsciente, la parte de nuestro Yo que no aflora en nuestro día a día. Por este motivo, cuando los leemos en un stand y vemos su portada, sugerente y atrevida, nuestro cerebro más primario nos encamina hacia ellos. El autor ya tiene el 25% ganado. Ahora viene la sinopsis, hay que incluir palabras tabúes, introducir al lector en el mundo de lo prohibido de lo libertino, de lo salvaje. Algo que le permita salir de su mundo de confort y, de forma literaria, introducirse en un submundo. Ya tienes otro 25%. El resto que nos queda para tener el éxito radica en la redacción, la cercanía del autor, empatizar con el lector... y evitar la obscenidad, pero abordando la provocación sin tapujos".

Podría creerse que en estos tiempos en los que se habla de todo y en todas partes, este tipo de trabajos han perdido su sex appeal… pero nosex appeal. El último ejemplo nos lo proporciona, en Francia, el doctor Eric Bouhier, que acaba de publicad un extensísimo ensayo sobre el sexo masculino, Le Juste Milieu. Le sexe de l'homme comme vous ne l'avez jamais lu (El término medio. El sexo del hombre como nunca lo ha leído).

"La idea surgió con el asunto Harvey Weinstein y #MeToo –ha explicado-. No soy ni sexólogo ni sociólogo, pero he querido participar en el debate a mi nivel, con mi conocimiento de la anatomía y de la psicología: ¿qué es el sexo del hombre? ¿Cómo funciona? Mi modelo fue El libro de la vagina, el trabajo notablemente bien documentado de dos estudiantes de medicina noruegas, lleno de delicadeza. No había equivalente para el hombre". El riesgo, tratándose de lo que se trataba, era caer en la vulgaridad, "así que preferí un registro muy médico, mientras trataba de comprender fenómenos extremadamente complejos".

No es el primero, no será el último. En España, hace no tanto, el doctor José Luis Arrondo se animó a documentar la Historia íntima del pene, un libro para el que le costó encontrar editorial: los hombres, le decían, no leían sobre ese tema. Aseveración que quedó desmentida cuando consiguió sacarlo a la luz.

En una entrevista concedida durante la promoción de la obra, le preguntaron: si el pene hablara, ¿qué diría? "Miraría a los ojos al hombre y le diría que está ‘harto, hasta las narices, de todas las responsabilidades que me has dado’, y también le comentaría al hombre que ‘eres incapaz de entender que pueda estar enfermo’. Además, le regañaría y le apuntaría que se dejara de tanta erección y de tiendas de campaña".

También fue objeto de interés la razón por la que el pene motiva tantas conversaciones… "Siempre ha sido el baluarte de la masculinidad, ha sido adorado, reflejado en el arte y se ha sobredimensionado. Causa tanto sufrimiento por su tamaño, por su funcionamiento, pero hay que entender que debe ser un órgano más de la naturaleza. He tenido pacientes que me han dicho: 'Si no me arregla el pene, me pego un tiro'".

En un tono más jocoso, Josep Tomás se atrevió a escribir El pene, el mejor amigo del hombre con la idea de poner las coas en su sitio. "Creo que el porno ha hecho mucho daño –aseguró–. En serio, la identificación de fuerza, vigor y virilidad con el tamaño del pene es más vieja que la tana, pero sin duda estéticamente las películas X siguen manteniendo este arquetipo. de todas maneras, en una época tan visual como la nuestra es obvio que lo 'grande' resulte tan solicitado".

Los monólogos de la vagina

Incluso quienes no la han visto saben que hay una obra así titulada: su repercusión mundial fue extraordinaria, sin duda porque ponía un altavoz a las fantasías y los temores más profundos de las mujeres. Y eso, a finales del siglo XX.

"Me preocupan las vaginas. Me preocupaba lo que pensamos sobre las vaginas, y lo que no pensamos acerca de ellas... De modo que decidí hablar a las mujeres acerca de sus vaginas, entrevistar a la vagina, y así comenzaron los Monólogos de la vagina –escribe Eve Ensler–. Hablé con más de doscientas mujeres. Hablé con mujeres ancianas, con mujeres jóvenes, casadas, solteras, profesoras, actrices, profesionales, afroamericanas, hispanas, asiáticas, judías... Al principio se mostraban renuentes, un poco tímidas. Pero una vez que empezaban, no había modo de que parasen".

En entrevistas posteriores, Ensler se mostró satisfecha por haber conseguido que la palabra vagina se repita tanto y en tantos idiomas: "Significa el inicio de un proceso de ruptura de tabúes y de liberación". Desde luego, desde el principio se vio que era mucho más que una obra teatral. "Cuando empecé a representar la obra en 1996, encontraba largas colas de mujeres esperando para hablar conmigo tras cada espectáculo. Muchas esperaban para compartir su historia de abuso y supervivencia. Vi que la obra podía ser un mecanismo para movilizar a la gente para poner fin a la violencia, y junto con un grupo de mujeres en Nueva York, creé V-Day, el movimiento mundial para erradicar la violencia contra las mujeres y las niñas".

Lo que podía aparecer necesidad de un tiempo concreto, hace ya más de 20 años, resultó ser, lo sabemos ahora, apenas una avanzadilla. Sin irnos muy lejos en el tiempo del catálogo editorial, saltan a la vista títulos como La historia de mis tetas, de Jennifer Hayden; Vagina, de Naomi Wolf; Esta es mi sangre, de Élise Thiébaut; Entre mis labios, mi clítoris, de la sexóloga Alexandra Hubin y la periodista Caroline Michel, libros todos ellos de divulgación científica que permiten a las lectoras apropiarse de su cuerpo. Ofrecen, en explicación de la psicóloga clínica Sara Piazza, "un acceso unilateral a las informaciones, que no obliga a discutir con un interlocutor". Piazza, especialista de las representaciones del cuerpo y el sexo femenino, añade que permiten permanecer en el ángulo oscuro, "obtener informaciones sobre asuntos tabú sin estar obligado/a a transgredir el tabú mostrando a otro tu deseo de saber".

 

Ilustración del libro 'La historia de mis tetas'

Adriana Royo, especialista en estrés y neuroeducación, autora de Falos y falacias, está convencida de que hay una voluntad de acercarnos a lo más real de nosotros mismos, "traspasar los límites que quizás nos han marcados nuestros padres, nuestros profesores, y no hemos decidido libremente nosotros. Traspasarnos hasta nuestro yo real. El crudo y auténtico. El de nuestros intestinos, nuestros genitales. El de nuestras tripas y entrañas. La sangre, las vísceras. Lo feo, lo demasiado humano. Acostumbrados a perfumarnos, arreglarnos y mostrarnos tanto física como psíquicamente perfectos, sin defectos, lisos y pulidos. Luego un pene, una vagina al detalle, un excremento o lo podrido de un intestino nos impacta. Nos impacta porque nos asusta lo real. Nos asusta y nos atrae. De hecho, el miedo y el deseo van de la mano".

En esta sociedad infantilizada, en la que cualquier aspecto crudo del ser humano es vivido con aprensión estos libros, estos autores, "nos obligan a mirar, a mirarnos, más allá de la forma. A transgredir nuestros límites hasta el fondo. No quedarnos con nuestro doble y profundizarnos. Nos da miedo, pero el miedo puede ser un gran motor del deseo por transgredirnos y conocernos".

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