Albert Pla, cantautor

“Hay otros mucho más gamberros que yo, y además dicen ser serios”

Albert Pla, en una imagen promocional.

Albert Pla (Sabadell, 1966) ha salido a dar un paseo. La entrevista anterior acabó antes de tiempo. Mala señal. El cantautor catalán, padre de discos como No solo de rumba vive el hombre (1992) o Veintegenarios en Alburquerque (1997) tiene fama de evasivo, distante, parco en palabras aunque generoso en titulares. Es capaz de responder con un puñado de palabras o de soltar que "mataría a los de Podemos" —de esta le absolvieron, después de multarle con 100 euros por amenazas—, según le venga. 

No le gusta especialmente hablar con la prensa —"Es un coñazo", dice, confesando lo que la mayoría de la profesión calla—, pero no hay más remedio. Acaba de publicar su primer libro, España de mierda (Roca Editorial), y hay que venderlo. Bueno, en realidad gran parte del trabajo ya está hecho. Junto al título, escrito con heces de (suponemos) plastilina, se ve una bandera española fusionada con la estelada catalana. No pasará desapercibido en los estantes de novedades, y Pla lo sabe. ¿Es una provocación? "No sé, no lo pienso en esos parámetros. Me pidieron un título llamativo y una portada vistosa y se me ocurrió esto, como cualquier otro capítulo del libro".

El que firma la novela —así la llama la editorial, él prefiere decir "librito"— ya dijo una vez que esto de la independencia de Cataluña se "la suda". Y sin embargo ha decidido volver a un tema que le cansa. "Es que no lo puedo evitar, soy un gamberro. Hacer una bandera española estelada… ¿Por qué no se le ha ocurrido a nadie esta tontería?", se pregunta entre risas. Ah, "gamberro" es, justamente, lo que muchos le llaman. ¿Se siente cómodo en ese personaje? "Soy consciente de que tengo muy poco espacio. El 99% del gamberrismo está ocupado por otros mucho más gamberros que yo, y que además dicen ser serios". Sonríe. 

No acaba ahí la cosa. Por el libro se extiende la amenaza de una enfermedad infecciosa que solo afecta a los catalanoparlantes. Escribe: "Así son los catalanes, un pueblo orgulloso y estúpido". El Gobierno valenciano vende cada señal y cada trozo de asfalto para construirse un centro con casino e hipódromo. Hay una academia de guardaespaldas para "futuros mandatarios de Podemos o Ciudadanos": "Las hostias que pegaban tenían que estar mucho más actualizadas, ser más sutiles y modernas, pero sin perder la eficacia". Todo esto, en medio de acelerados gags de una road movie arrítmica y delirante protagonizada por Raúl, un cantante uruguayo, y Tito, su representante. 

Él insiste en que no lee los periódicos ni ve el telediario: "De Rajoy no te creas que sé tanto. Que es de derechas, que no tiene mucha facilidad para hablar y que tiene cara de tonto, pero no mucho más". La actualidad que se cuele en sus obras —y no cree que haya mucha— llega porque es "muy invasiva, muy apabullante". Cuesta entender que alguien tan poco interesado en la política acabe hablando tanto de política. Sabiendo, además, los líos que esto le supone. "A ver. Yo vivo de la gente que va a verme. Evidentemente, si te expones un poco más de la cuenta pierdes mucho público que no tenías. Con lo cual, te quedas en lo mismo". Albert Pla no leerá esta entrevista, ni ninguna otra. Ni las críticas. Se enteró del atentado de Bataclan tarde y por un amigo. Se encoge de hombros. 

Los que conozcan su música, los que le hayan visto en algún programa de televisión, imaginan el ritmo al que transcurre una conversación con el cantautor. El volumen de su voz apenas llega al móvil que le graba y algunas respuestas se pierden en balbuceos. No por casualidad dice que la parte más difícil del libro ha sido eso de "hacerse entender". "Cuando leo una entrevista tampoco estoy muy de acuerdo conmigo. Si estoy en un escenario, me veo filmado y me reconozco. Sé que estoy diciendo lo que quiero decir. En las entrevistas, no tanto. No me siento muy autor de lo que digo", comenta como de pasada, oteando un horizonte que se encuentra más allá de las paredes del café.

Se siente representado en sus canciones, en espectáculos músico-teatrales como Manifestación o Guerra y ahora en el libro. Algo que empezó porque tuvo "un tiempo muerto", porque "una letra te lleva a la otra", y que parió durante dos meses en Uruguay. Lo escribió de pie, como suele, apoyado en una barra de cocina americana, con el jaleo doméstico rugiendo a su alrededor. El final llegó porque "estaba hasta..." y dijo "está bien así". Escuchándole, parecería que para él crear es como sudar: algo que sucede y punto. La mayor parte de las preguntas sobre su trabajo creativo quedan en una nebulosa. ¿La parte más dura del trabajo de novelista? "Ninguna". ¿La razón por la que el protagonista es extranjero? "No lo sé". ¿Hay algún motivo detrás de las ciudades escogidas? "Las que iba viendo en el mapa". ¿Qué fue antes, el título o la narración? "No lo recuerdo". 

Unos dirán que así es su personaje. Otros, que no lo ha pensado. Él, quizás, diría que se aburre. Pero acaba admitiendo que está harto de las bolas de nieve que se acaban formando en torno a sus declaraciones: "Por eso intento no decir mucho. Como siempre la cagas... Si por poco que digas ya te lías".

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