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Concierto en Madrid

Joaquín Sabina: la verdad desde lo más alto

El cantante Joaquín Sabina durante el concierto que ofrecIó el sábado 13 de diciembre en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid.

Nativel Preciado

Vaya por delante que esta vez no seré objetiva, porque con Sabina pierdo los papeles. Confieso que anoche estaba temblando cuando asistí a sus “500 noches para una crisis”, su anhelado concierto en Madrid. Llevaba Sabina un traje verde esperanza y cinco años sin pisar en solitario un escenario en la capital que tanto le impone. Tuve el privilegio de contemplarle desde la primera fila, así que, como siempre, estuve literalmente a sus pies, pero esta vez sin metáforas. Desde el principio vi de cerca la seriedad de su rostro y creí adivinar un atisbo de miedo escénico al verse aclamado por 15.000 personas que bramaban cada vez que hacía un gesto de más o incluso de menos.

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En realidad lo que hice no fue adivinar, sino comprobar que estaba demasiado serio durante la primera hora de un concierto emocionante. Tenía la mejor voz de los últimos tiempos, que, según supe, cuidó como nunca durante los días previos. Cantó con fuerza y ganas de estar a la altura de un público que llenaba el Palacio de los Deportes y agotó las entradas a los pocos minutos de ponerse a la venta. Un público que le impone, a pesar de que le aplaudió enfervorecido desde la primera canción, “Ahora”, con una escueta y eficaz puesta en escena y el telón de fondo de los expresivos cuadros que se dedica a pintar casi todos los días de su nueva vida. Nos regaló, además, su versión de una canción de Bob Dylan: “sin él, yo no estaría aquí”, dijo Sabina.

El concierto transcurrió con entusiasmo, y sin incidentes, durante una hora más en la que fue evocando (quince años después) los legendarios temas de «19 días y 500 noches», quizá su mejor disco, aunque me cueste tanto elegir. Con absoluta naturalidad, como muchas otras veces, pareció que se tomaba un respiro y dejó en manos del resto de la orquesta un par de temas de rock del bueno. Y seguimos arrebatados, con aplausos a Pancho Varona, Antonio García de Diego, Jaime Asúa, Mara Barros y el resto de sus músicos de toda la vida, cuando reaparece Sabina más serio todavía y, sin la menor necesidad, confiesa que le ha dado un bajonazo, "un Pastora Soler", y nos quedamos temblando, pero también vitoreándole, todas y todos en pie: “¡Que viva Sabina!”. Entonces dio humildemente las gracias con los ojos vidriosos y, a pesar de ese “no me encuentro bien”, se sentó en el taburete, volvió a coger la guitarra y continuó con el repertorio entre bramidos de un público ya totalmente entregado.

Llegó el delirio con “Más de cien mentiras”, mientras presentaba a sus músicos como siempre lo hace, y fue coreado en su “Noches de boda”, y después en la que suele anunciar el final de todos sus conciertos, “Y nos dieron las diez”. En esos momentos nadie parecía acordarse del ataque de miedo escénico, cuando, de pronto, anuncia que lo siente mucho pero que no va a haber ningún bis porque no se encuentra bien. Y así lo hizo. Se apagaron las luces y todos seguimos allí, esperando que fuera una de las cien mentiras que valen la pena. Pero no volvió a salir, y muchos comentamos que ese gesto de decir la verdad le engrandece todavía más. Si no fuera tal como es, hubiera prolongado unos minutos el concierto, una o dos canciones, y se habría evitado unos cuantos comentarios maledicentes. Le sobran tablas para resistir en el escenario. Hay que echarle valor para decir la verdad desde tan alto. Y Sabina lo hace siempre, para lo bueno y para lo malo, porque es valiente y, sobre todo, uno de los más grandes. Volverá a cantar dentro de unos días. Que nadie lo dude. Espero estar allí, otra vez, para disfrutarlo.

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