Orgullo LGTBI

La literatura LGTBI para niños y adolescentes triunfa pese a la amenaza del 'pin parental'

Dos niños leen juntos un libro.

“Vox pregunta a Educación cuántos colegios se han adherido al programa de adoctrinamiento de diversidad sexual y LGTBI”. La noticia, extraída de la web del partido de ultraderecha, se podría traducir de la siguiente manera: Vox pregunta a Educación cuántos colegios se han adherido al programa Escuelas Seguras, que pretende crear una red de centros educativos contra el acoso por ser LGTBI. La iniciativa parte de la FELGTB, la federación de asociaciones en defensa del colectivo, e invita a que los colegios e institutos que así lo consideren firmen un compromiso que contiene preceptos como abordar el bullying por ser homosexual, bisexual o trans, integrar a las familias diversas en los eventos del centro o incluir en la biblioteca del centro libros y materiales pedagógicos en los que el colectivo esté presente. Y así es como un cuento en el que un niño tiene dos mamás o una novela protagonizada por una chica trans se convierten en un “programa de adoctrinamiento”. Si la literatura LGTBI ha estado sometida a la censura durante buena parte de la historia, la literatura infantil y juvenil LGTBI es señalada hoy por parte del espectro político como un peligro.

Y sin embargo, brilla el sol. En la librería especializada Berkana, en Chueca (Madrid), la sección infantil no para de crecer. “Al principio había poquitos”, dice el librero Carlos Valdivia, “y se han multiplicado, como ha pasado con la literatura feminista”. Solamente hay que mirar a su estantería infantil y juvenil, dice, continuamente desbordada por las novedades. En las baldas esperan Titiritesa, de Xerardo Quintiá y Maurizio A. C. Quarello, sobre una princesa cuyos padres insisten en casar con un príncipe; ¡Vivan las uñas de colores!, de Luis Amavisca y Alicia Acota, donde Juan no entiende por qué los demás niños se ríen de su esmalte; o Monstruo Rosa, un personaje cansado de ser juzgado por ser diferente que decide emprender un viaje para encontrar un lugar donde nadie le mire raro. Berkana piensa lanzar pronto una guía de lectura, con recomendaciones para distintas edades, con el fin de orientar a las bibliotecas públicas, colegios e institutos que a menudo se dirigen a ellos para pedirles orientación. “Cada vez hay más colegios y bibliotecas que, en muchos casos porque en el equipo hay alguien del colectivo o gente muy concienciada, nos piden un listado”, apunta el librero. “Aunque deberían ser más, porque la educación pública y las bibliotecas públicas son la única manera de que muchos niños accedan a ciertos contenidos”.

Juan Naranjo, profesor de secundaria y autor de Mariquita, está también lejos del derrotismo. Cuando mira a la literatura juvenil (la que, por cercanía con sus alumnos, más controla) disponible en su adolescencia y la que hay en la actualidad, ve mundos absolutamente distintos. “No había representación LGTBI dirigida a los adolescentes y las adolescentes, directamente, entonces a poco que se hubiera avanzado habría sido un avance grande. Pero es que el avance ha sido realmente significativo”. Mucha gente, en la industria editorial, se ha dado cuenta de que “no todos los adolescentes son iguales” y que representar esa diversidad podía tener consecuencias positivas en las personas que, al fin, pudieran verse reflejadas en sus lecturas... pero también en la balanza comercial. En 2019, último año del que se tienen datos, la literatura infantil y juvenil recaudó en España más de 312 millones de euros, el 13% de la facturación total del sector y un 3% más que el año anterior. “Se ha visto la necesidad y además la oportunidad”, apunta, “y es algo que tenemos que seguir trabajando y pidiendo. Los éxitos editoriales respaldan que esto no es un capricho de cuatro tiquismiquis”. Entre los disponibles, él recomienda títulos como Rojo, blanco y sangre azul, de Casey McQuiston; el cómic Género queer, de Maia Kobabe, o El beso número 8, de Colleen AF Venable y la ilustradora Ellen T. Crenshaw.

Esta tendencia incluye auténticos fenómenos: desde su publicación en 2013, Monstruo Rosa acumula 20 ediciones, más de 120.000 ejemplares y la traducción a 15 idiomas. “Y eso que es un libro para niños, que no manejan las cifras de la literatura para adultos”, dice Raquel Garrido, su editora en Apila. Incluso para los parámetros de la ficción de adultos, esas cifras constituyen un fenómeno indudable. Garrido cree que una de las claves del libro es, primero, su calidad (fue el primer álbum de Olga de Dios, hoy una ilustradora reputada), y, segundo, el gran número de personas que se pueden sentir identificadas con la historia. No es que su contenido sea ambiguo: el subtexto LGTBI está claro y hay una aparición estelar de un arcoíris muy elocuente. Pero es un libro, explica Raquel Garrido, que no está pensado para algo. “Hoy hay muchos libros que están diseñados con un objetivo concreto: para hablar a los niños del respeto al medio ambiente, para que los niños coman verduras... Son libros para eso, no para disfrutar de la lectura”. El de Olga de Dios, dice, no es así. Y tampoco lo es Raro, de Canizales, donde un personaje aparentemente gris se alarma ante lo extravagantes que son sus vecinos... para acabar descubriendo que él tampoco es tan normal. Todos los (numerosos) comentarios que les han llegado de colegios y bibliotecas son positivos.

Las consecuencias de estos avances no son menores. Naranjo imagina qué habría supuesto para él haber contado, de pequeño, con los libros a los que tienen acceso sus alumnos. “No es solo la sensación de soledad, de ¿seré yo el único del mundo que se sienta así?, sino la homofobia interiorizada, del qué puedo hacer yo para dejar de sentirme así y para que el mundo deje de percibirme de esta manera”. Ambas cosas, dice, son “producto del desconocimiento, de la falta de referentes”. Contra ellas, “la visibilidad: en las series, por las calles, pero también en las bibliotecas y en las clases”. Pero Consol Aguilar, formadora de maestros en la Universitat Jaume I, especializada en literatura infantil y juvenil, género e identidades diversas, recuerda que esto no va solo de la experiencia individual de los alumnos LGTBI, sino de los valores colectivos. “Los referentes que les demos a los niños sobre la sociedad que queremos construir son aquellos con los que van a crecer, con los que se van a formar y los que van a hacer que avancemos hacia tal o cuál tipo de sociedad”, defiende. Por eso ella insiste en este “no es un problema que tenga que ver con el colectivo LGTBI, sino con los derechos humanos”.

Por eso Aguilar se resiste a caer en el triunfalismo. Ve y celebra el avance experimentado en las últimas décadas, pero no cree que esté todo hecho. “El corpus de libros que hay es magnífico, tenemos libros para trabajar estos temas desde niñas y niños muy pequeñitos hasta los cursos de bachillerato. El problema”, apunta, “no es que no exista esta literatura, sino que el profesorado a menudo la desconoce y que, a mí me lo han comentado, a veces tienen miedo”. El desconocimiento hace que los maestros no aborden en el aula temas como la diversidad afectiva o el género. El miedo hace que los consideren asuntos peliagudos que pueden acarrearles problemas con algunos padres. El problema es que ese desconocimiento y ese miedo hacen que no se aplique correctamente la legislación: la ley estatal que regula la educación pública incluye entre sus principios “el respeto a la diversidad afectivo-sexual” y “la educación afectivo-sexual, adaptada al nivel madurativo”. “Se ha demostrado que en el contenido curricular de la formación de maestros y maestras todo esto está muy ausente”, lamenta Aguilar. “Si los propios maestros y maestras no tienen esa formación y no conocen esos libros, es complicado que luego lo introduzcan en sus bibliotecas de aula y en los planes de lectura de sus centros”. El miedo, apunta, es lo que alimenta el cacareado “pin parental”, particularmente el de los padres, temerosos de que sus niños aprendan ideas nocivas en el colegio. Para disiparlo, la pedagoga anima a los profesores a reunirse con los padres, a hablar con ellos, a atender sus dudas y sus inquietudes. Cualquier estrategia, excepto la de dar un paso atrás.

La editora de Apila cree que en España está tan consolidado “el respeto a la diversidad y al colectivo LGTBI” que es impensable imaginar un futuro en el que no existan libros como Monstruo Rosa. Pero sería peligroso, apuntan varios entrevistados, que el acceso a estos libros quedara a la discreción de los padres, ya sea por sus convicciones o por su poder adquisitivo. Inculcar el “respeto a la diversidad”, recuerda Juan Naranjo, no es una opción de los profesores, sino un deber, de la misma forma que la ley educativa señala la necesidad de educar en la igualdad entre hombres y mujeres, en el ecologismo o en el “espíritu crítico”. El profesor señala que el “deber de las instituciones educativas”, en las que incluye desde el colegio hasta las casas de cultura, es el de “dar a conocer y fomentar la diversidad en todos sus aspectos”. Eso tan rimbombante se puede traducir en algo muy sencillo: “Simplemente mostrar que esos libros existen, que esos libros se tienen, ponerlos a disposición de los chicos y las chicas que puedan estar interesados, y que por una vez a lo mejor puedan leer una historia en la que el protagonista se parezca un poquito a ellos”. ¿Y si Vox u otro partido se interpone? Habla Carlos Valdivia, de Berkana: “No dejaremos que nadie nos amedrente, hay que plantar cara y ya nos encargaremos de hacer algo, docentes, asociaciones y familias”. 

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