Los libros

'Los vencejos', de Fernando Aramburu, o cómo beber vinagre

'Los vencejos', de Fernando Aramburu

Los vencejos

Fernando Aramburu

Tusquets

Barcelona

2021

Publicar una novela después de Patria (2016) no parece cosa fácil, ya que con ella Fernando Aramburu obtuvo el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa, se convirtió en una serie de éxito en la televisión y cosechó infinitas ventas. He leído que ha vendido un millón y medio de ejemplares. Todo ello junto quizá sea el sueño de muchos escritores: estar en las conversaciones de casi todo el mundo, obtener el reconocimiento de los lectores y de la crítica y la alegría de su editor y de su agente. Pero, además, en estos años que han trascurrido entre una y otra novela el autor ha publicado otros libros, como Autorretrato sin mí (2018) y Utilidad de las desgracias y otros textos (2021). Domingo Ródenas de Moya en una atinada reseña ("Ahogarse con las esencias de la nada", El Periódico, 1/9/2021, p. 38), ha señalado en unas pocas líneas, y a ella me remito, las diferencias entre Patria y Los vencejos.

La acción de Los vencejos transcurre en el presente, a lo largo de doce capítulos que tienen entre 28 y 31 partes, correspondientes a los meses del año, entre agosto del 2018 y julio del 2019, y una coda final que ocurre "seis días después", con lo que la estructura de la novela acompasa el habitual transcurrir del tiempo. La historia se sitúa, casi siempre, en Madrid, sobre todo en el barrio de La Guindalera por donde se mueve el protagonista, en las distintas casas en las que vive, en el bar de Alfonso o en el Instituto de Bachillerato en que trabaja.

El narrador, Toni, va tomando notas, componiendo una especie de diario que llama "crónica personal" —define su escritura como viajes hacia el interior de sí mismo, en los que "no hay espacio sino para la sinceridad más descarnada" (pp. 335 y 456)— que acabará siendo la narración que leemos, aunque él no pretenda componer una novela ni un relato para ciertos lectores, pues solo escribe para sí mismo. Tiene 54 años, es profesor de Filosofía en el Bachillerato y se siente desencantado con la vida, con su familia y profesión. Me parece que le falta sustancia, como también les ocurre a algunos de los protagonistas de Álvaro Pombo y de Luis Landero, pero su voz se impone en la narración como casi la única, aunque a veces se la ceda al niño que fue o a alguno de sus allegados, sobre todo a Patachula, Pata, su principal interlocutor.

Toni se muestra, en general, muy seguro en sus opiniones y, a veces, certero, si bien demasiado contundente, pues sus pensamientos (mezquindad, odio, misoginia, sarcasmo...) a menudo resultan atrabiliarios. Nada más empezar su desahogo personal, su perorata, pues de eso se trata, cuya sinceridad lo desnuda, confiesa: "no me gusta la vida". Como reconoce también no haber conocido el amor verdadero (pp. 15 y 16), por lo que solo cree en los vencejos y en la amistad de su amigo Pata, quien perdió una pierna en el atentado de Atocha. Anuncia, además, que va a suicidarse dentro de un año, e incluso precisa que será el miércoles, 31 de julio del 2019, por la noche. Drástica solución que comparte Pata.

Así pues, durante el tiempo de vida que le queda, repasa lo que ha sido su existencia y cuenta su "verdad personal", aquello que piensa sobre sus allegados, sobre la realidad que lo rodea y sobre sí mismo. E inicia un proceso de despojamiento, simbolizado en el empeño por deshacerse de sus libros, dejándolos abandonados en la calle, para quien los quiera, de su vajilla o del televisor. Nos encontramos, por tanto, ante un compendio de los males de la sociedad y de los graves defectos de las personas que la componen. Así, se muestra crítico y pesimista, aunque no menos autocrítico, a veces con la lucidez propia del que se siente desesperado.

Se trata, en suma, de una indagación en lo personal, lo familiar, lo profesional y lo social, en cierta forma semejante a la que lleva a cabo Álvaro Mendiola en Señas de identidad (1966), aunque en el caso de Aramburu el protagonista no responda al arquetipo del alter ego del autor, como sí ocurre en la novela de Juan Goytisolo. De este modo, Toni cuenta la relación que mantuvo con Amalia, su exmujer, que resultó más bien traumática ("el error más garrafal de mi vida", p. 312), la que tiene con su hijo Nicolás, Nikita, siempre complicada (el chico es de la estirpe del Jake Harper de Dos hombres y medio, con semejantes luces), con sus padres, de quienes recuerda que no fueron felices (Gregorio fue militante comunista y sufrió torturas durante el franquismo, aunque luego se alejó del partido) y con sus suegros (católicos conservadores: "la vieja santurrona" y "el viejo soriásico", los llama); el trato que mantiene con Pata, "su único amigo", que le sirve para reflexionar sobre el contraste entre la amistad y el amor; o con sus compañeros del Instituto, más superficial y con menos protagonismo en la narración, a excepción de la mutua animadversión con la directora del centro, y de Marta, la compañera que muere pronto; con Águeda, su fiel enamorada, que difiere en casi todo con Amalia; con su perra Pepa, por quien siente más afecto, aunque en un momento dado intente abandonarla, y con Tina, su muñeca sexual, quien le proporciona satisfacción. Junto a Pepa y Tina sobrelleva, en definitiva, la soledad. De Amalia, su exmujer, se nos dice que trabaja como periodista de radio, donde ha alcanzado el éxito ejerciendo de "izquierdista-progresista de manual". Siendo así que a lo largo del relato veremos cómo cambia Amalia y hasta qué punto llega a degradarse la nueva relación que emprende.

El humor, que no escasea en la novela, se basa en el lenguaje que emplea el protagonista, a caballo entre la ironía, el desencanto y el sarcasmo, y de la relación que mantiene con los que lo rodean, poniendo de manifiesto numerosas carencias sociales, las propias y las de sus allegados. Valga, como ejemplo, los dardos que le dedica al sistema educativo, a la degradación de la Enseñanza Media, a la conducta de la directora de su centro, quien se comporta como una comisaria política, una dictadora, o a la necesidad de que haya una ley que permita la eutanasia. Así, se muestra escéptico, aunque Pata lo sea aun más ("desdeña el mundo y todo lo que en él se contiene", p. 267), dándonos muestras constantes de un pensamiento políticamente incorrecto, que sería lo de menos, y disparatado, como cuando define a las lesbianas. No en vano, Toni comenta que milita en el PPES, el Partido de los que Prefieren Estar Solos.

Algunos de estos personajes —a quienes retrata con más o menos detalle van degradándose: Raúl (pp. 33 y 287), Amalia (pp. 144 y 190), Nikita (p. 276), Diana Martín, la madre de una de sus alumnas, con quien parece iniciar una relación (p. 314), Águeda (pp. 344 y 512) o María Elena, la mujer de su hermano Raúl (p. 411)—, como ocurre con Amalia y con su padre; mientras que a otros, el tiempo los mejora, o al menos, el protagonista los ve con ojos más benévolos, tal es el caso de su madre, de Nikita y de Águeda. En suma, Toni se presenta como esposo, amigo, hijo, hermano, padre, tío y yerno, amante de los animales y aficionado a las muñecas sexuales; un hombre complejo con aristas muy diversas, en sus relaciones y sentimientos y, de hecho, tal como exige la novela, los personajes no serán los mismos cuando el relato concluya.

A lo largo de la narración, durante casi doce años, recibe 27 anónimos, si no he contado mal. No llegamos a saber, a ciencia cierta, quién se los manda, aunque tiendo a sospechar que es él mismo, como mensajes de alerta que le envía su propia conciencia. Toni escribe también tres cartas: a su muñeca Tina, "mi ideal femenino", a su hermano Raúl, para darle el pésame y a su perra Pepa, que adquiere cierto protagonismo, compartido durante unos capítulos con el perro de Águeda, que lleva el nombre del protagonista.

Además, no resultan infrecuentes en la novela las citas o alusiones filosóficas, confiesa detestar la jerigonza filosófica, o literarias, las propias del profesor y lector que es Toni: así pues, aparecen Oscar Wilde, Marx, Catulo, Hannah Arendt, Camus, Orwell, La corte de los poetas de Unamuno, Bertrand Russell, Aleixandre, Gil de Biedma, Schopenhauer, Vila-Matas, Juan Ramón Jiménez, Platón, Galdós, La noche oscura..." de San Juan de la Cruz, Cioran, Max Frisch, Jacques Monod, Goethe, Montaigne, Saramago, Piaget, Jean Améry, autor de cabecera de Pata, Durkheim, Luis Mateo Díez, Kafka, Ramón Andrés y C.S. Lewis, y siendo muchas, no son todas. Como tampoco faltan las que se refieren a músicos y pintores.

Algún crítico ha insinuado que a esta novela le sobran páginas. En fin, podría decirse lo mismo de todas las novelas de estas dimensiones (esta tiene 704 páginas). En su caso, los episodios, incluso aquellos que se construyen como meras digresiones, alimentan algún aspecto de la trama principal, aunque podríamos preguntarnos, por ejemplo, si resulta necesaria la que aparece en las pp. 157-159. Tiendo a creer, más bien, que ciertos críticos escriben demasiado y con apresuramiento, se están volviendo perezosos y prefieren los libros de 150 páginas y cuerpo de letra grande, que son aquellos que a menudo se componen con una unidad de sentido más fácil y rápida de analizar y valorar. En esos libros, novelas cortas disfrazadas de novelas, hay a veces menos sustancia y más narcisismo y bla, bla, bla que literatura, aunque también los haya sustanciosos, como Eterno amor (2021), novela corta de Pilar Adón.

En Los vencejos, lo ha indicado el propio autor, se plantean dos cuestiones: el papel que debe desempeñar el hombre en la sociedad actual, tras los muchos y significativos cambios que han acaecido; y cómo transcurre una vida cuando sabemos que tiene fecha de caducidad. No en vano, Aramburu le confiesa al periodista Xavi Ayén (La Vanguardia, 2/9/2021, p. 31), que le gustaría saber la fecha exacta de su muerte, "para dejar las cosas arregladas y saborear esos momentos de la vida a los que no prestamos atención porque estamos acostumbrados a ellos, como dar un paseo, saborear un buen vino...". Pero Los vencejos podría leerse también como un compendio de los males del presente que nos acechan y de las respuestas que les damos, así como de los defectos y virtudes de la condición humana, de las fricciones que se producen en el trato con los demás, ya sean familia o amigos, ya meros conocidos. Así, por ejemplo: el maltrato al que sometemos a las palabras, la denuncia de los atentados contra la biodiversidad, el tratamiento amarillista que se le concede a algunas noticias trágicas, los excesos y arbitrariedades del feminismo radical, el independentismo catalán, los desalojos y el acoso escolar.

En sus páginas, hallamos numerosas referencias al título de la novela, como cuando Toni afirma que "si hubiera podido elegir entre nacer hombre o nacer vencejo, visto lo visto me hubiera decidido por lo segundo" (p. 92). Los vencejos tiene una cierta prosapia literaria, pues aparecen en el poema a la muerte de Abel Martín, de Antonio Machado, en Aparición del eterno femenino contado por S.M. el Rey, novela de Álvaro Pombo, y en Volver a dónde (2021), el último libro de Antonio Muñoz Molina. A pesar de que el narrador comenta que aborrece los finales abiertos, en esta ocasión el desenlace se apoya en ese procedimiento que podría caracterizarse de final imprevisto. El enigma que aparece al comienzo de la narración, si Toni y Pata cumplirán su promesa de quitarse la vida en una fecha predeterminada, no se aclara hasta el desenlace. Pero más allá de la intriga, recuérdese lo dicho sobre los anónimos, Los vencejos es una novela reflexiva, aunque haya más opiniones –a veces muy atinadas- que pensamiento, también una novela de personajes (Pata, Amalia, Nikita, Águeda, la muñeca Tina, las perras...), en la que apenas ninguno se salva, aunque muestren distinta catadura moral, y todos tengan sus flancos, sus aristas positivas en muy distinto grado. El narrador los caracteriza por su comportamiento, el aspecto y por su manera de hablar. A menudo aparecen enfrentados, con inquinas entre ellos, quizá con la excepción de Águeda, la perra y la muñeca (Reproducimos el esquema con el conjunto de personajes que aparece en la p. 11 de la novela, compuesto por el propio autor).

Esquema de los personajes de 'Los vencejos' hecho a mano por el propio Fernando Aramburu. Editorial Tusquets

Es probable que esta novela no tenga la misma recepción que tuvo Patria ni creo que el autor lo haya pretendido, pero me ha parecido ambiciosa y plenamente lograda. En un momento en que muchos novelistas se conforman con darnos tan poco, Fernando Aramburu vuelve a apostar fuerte.

Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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