Cultura

Mario Vargas Llosa camina sobre seguro con 'Tiempos recios'

Mario Vargas Llosa, durante la presentación en madrid de su novela 'Tiempos recios'.

Para hablar de la nueva novela de Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), la editorial Alfaguara menciona La fiesta del Chivo, uno de los títulos más celebrados del premio Nobel, publicado en el año 2000. El lector podría temer que se tratara de una estrategia de marketing para que Tiempos recios, el libro que salía este martes a la venta en todo el mundo hispanoparlante, tuviera mejores resultados que las últimas obras de ficción del peruano, El héroe discreto y Cinco esquinas, consideradas piezas menores de su producción. Pero la comparación tiene sentido: si hace 19 años se centraba en la dictadura de Rafael Trujillo en República Dominicana y en su asesinato, orquestado por la CIA, ahora se detiene en la figura del coronel Jacobo Árbenz, presidente de Guatemala derrocado por un golpe de Estado con firma, de nuevo, de la inteligencia estadounidense. 

La primera diferencia con aquella obra quizás sea, entonces, el cambio de villano por héroe. Si La fiesta del Chivo se construía en torno a un Trujillo violento, abusador y asesino, Árbenz aparece dibujado como un hombre honesto, valiente y cabal. Vargas Llosa no oculta sus simpatías por el protagonista: "Escribiendo esta novela, se me hizo extraordinariamente simpático, respetable". El novelista le describe, en la presentación de su libro en Madrid en la mañana del martes, como "un personaje trágico", mártir de la causa liberal, caído en desgracia y exiliado debido a su intento de, "a través de la legalidad, transformar ese país". Pero Tiempos recios otorga también su espacio a los antagonistas, integrados por las fuerzas de la CIA, la poderosa United Fruit Company, que veía peligrar sus intereses en el Caribe, y el servicio de propaganda de esta, encabezado por Edward L. Bernays, que trató de justificar el ataque a Árbenz tachándole de marioneta comunista. 

La figura de Árbenz puede resultar lejana para los lectores españoles, sobre todo en comparación con figuras como la de Salvador Allende, pero Vargas Llosa ve la reacción a su presidencia como un "hecho neurálgico" de la historia latinoamericana. Un poco de contexto: este coronel llegó al poder tras ganar las elecciones en 1950, con el apoyo de obreros, estudiantes y campesinos y la promesa de acometer una gran reforma agraria. La United Fruit controlaba entonces más de la mitad de las tierras de cultivo del país, y el candidato proponía expropiar terrenos ociosos, en gran medida pertenecientes a esta compañía, para dárselos en propiedad a los pequeños agricultores, que carecían de capacidad adquisitiva. El Decreto 900, por el que se materializaría la propuesta en 1952, apelaba al desarrollo de "la forma de explotación y métodos capitalistas" frente a la "propiedad feudal" vigente hasta entonces. La multinacional y el Gobierno estadounidense no parecían estar de acuerdo. 

Vargas Llosa dibuja en su novela la campaña de desprestigio orquestada contra el presidente, acusado de ser un emisario comunista para controlar al Canal de Panamá. El personaje del publicista Edward Bernays lo explica así en las páginas del Nobel: "Somos nosotros los que debemos ilustrar al gobierno y a la opinión pública sobre Guatemala, y hacerlo de tal modo que se convenzan de que el problema es tan serio, tan grave, que hay que conjurarlo de inmediato. ¿cómo? Procediendo con sutileza y oportunidad. Organizando las cosas de manera que la opinión pública, decisiva en una democracia, presione sobre el gobierno para que actúe, a fin de frenar una seria amenaza. ¿Cuál? La misma que les he explicado a ustedes que no es Guatemala: el caballo de Troya de la Unión Soviética infiltrado en el patio trasero de Estados Unidos". "Árbenz no era comunista, era anticomunista", protesta Vargas Llosa, aunque una de las principales medidas del presidente fue legalizar el Partido Guatemalteco del Trabajo y permitir la sindicación de los maestros. "Las reformas eran liberales, socialdemócratas".  

"Mi impresión es", retoma el escritor, "que si Estados Unidos en lugar de haber derrocado a Árbenz hubiera apoyado las reformas, otra hubiera sido la historia de América Latina". Pero no hace referencia a otras intervenciones similares del Gobierno norteamericano que vendrían después, como el apoyo al golpe de Estado contra Allende en Chile o el sostenimiento del Plan Cóndor, la alianza de dictaduras latinoamericanas para aniquilar a los disidentes políticos. Lo que defiende el premio Nobel es que, sin el apoyo de Estados Unidos a Carlos Castillo Armas, militar que dirigió finalmente el golpe contra Árbenz, la revolución cubana habría tomado otro cariz. "Probablemente, Castro no se habría radicalizado y no se habría hecho comunista", explica ante el auditorio, asegurando que el programa defendido por el entonces abogado Fidel Castro en el Cuartel Moncada era "un programa socialdemócrata". De hecho, el Che Guevara hace un cameo en el volumen: el joven Ernesto se encuentra en Guatemala cuando se produce el golpe de Estado contra Árbenz, que observa con rabia. 

Esta una observación sobre la historia y la política del continente, pero es también una reflexión sobre el propio pasado intelectual del novelista, conocido por su paso desde posturas de izquierda en su juventud a las actuales ideas liberales. "[La acción de Estados Unidos en Guatemala] fue lo que llevó a muchos jóvenes en esos años, yo entre ellos, a pensar que era imposible una democracia y que lo que había que buscar era más bien el paraíso comunista. Eso nos atrasó medio siglo", defiende. Hoy el novelista no ve "dictaduras militares" en el continente, sino "dictaduras ideológicas", entre las que sitúa a Cuba, Venezuela y Guatemala. "El hecho más importante para mí en América Latina", celebra, "es que la dicotomía que existía entre dictaduras militares y la revolución comunista no existe hoy". 

Pero Vargas Llosa toma distancia. Pese a la proliferación de personajes de no ficción en Tiempos recios —Árbenz, Castillo Armas, pero también Johnny Abbes García, matón de Rafael Trujillo que ya figuraba en La fiesta del Chivo—, insiste en que esta esa una invención. "Investigo, no para descubrir una verdad histórica", dice, "sino para mentir con conocimiento de causa". Y no es la primera vez, de hecho, que el Nobel utiliza o juega con el género de la novela histórica: ahí está también Conversación en La Catedral, Lituma en los Andes o incluso Pantaleón y las visitadoras. De ellas, y de su recepción, aprendió algo: "Sé que la novela no va a ser aceptada o rechazada por los hechos históricos que retrata, sino por lo que ella representa". Aunque hay que decir que en su prólogo y epílogo, Vargas Llosa juega a confundir, dando pistas de que parte de lo que parece ficción podría en realidad tratarse de una crónica. En cualquier caso, el autor tiene un consejo: "No me crean. Léanse el libro sin prejuicios". 

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