La salud mental y el riesgo de convertir el malestar social en un problema individual
El cuerpo habla. Se acelera cuando sentimos miedo, se encoge ante la tristeza, pierde el sueño durante épocas de incertidumbre o acumula tensión cuando llega el estrés. Sin embargo, cuando hablamos de salud mental, solemos centrar la atención en los pensamientos, las emociones o los diagnósticos, olvidando que todo sufrimiento se experimenta, inevitablemente, en un cuerpo.
“Es imposible separar la experiencia vital del cuerpo que la vive”. Así lo explica a infoLibre Belén González Callado, comisionada de Salud Mental del Ministerio de Sanidad, quien lamenta que los profesionales de este ámbito se estén “olvidando del cuerpo” y quedándose demasiado en el relato. “Diagnósticos, historias clínicas… Tenemos que escuchar más a los cuerpos y lo que nos están diciendo”. Para la comisionada, el cuerpo es “eje en todo lo que tiene que ver con el sufrimiento”, siempre está en juego.
La relación entre el cuerpo y la salud mental es una de las temáticas que abordará el Festival de las Ideas, que tendrá lugar del 17 al 20 de septiembre en distintas sedes culturales de la capital. Conversaciones como Cuerpos que cuidan, cuerpos que importan —con Diana Oliver y Marcela Vélez como protagonistas— o La medicalización del cuerpo herido —con la participación de Belén González y Sami Timimi— invitan a sacar el pensamiento a la calle y reflexionar sobre la salud mental en el contexto actual.
Cuando el diagnóstico no es la respuesta
Cada vez hablamos más de salud mental. El tabú que durante décadas rodeó al malestar psicológico se ha ido desdibujando: las redes sociales se llenan de testimonios sobre bienestar emocional, las librerías multiplican las ventas de los ensayos y manuales de autoayuda, y términos como ansiedad o depresión han pasado a formar parte del lenguaje cotidiano.
Mientras la conversación pública se amplía, también lo hacen los diagnósticos y el consumo de psicofármacos. González Callado ve en el diagnóstico un “cierre de puertas”. A pesar de que es consciente de que poner nombre al malestar puede “calmar y aliviar”, esta puede ser una explicación cerrada. “El diagnóstico corta la posibilidad de seguir haciendo preguntas sobre qué nos pone mal”, explica en conversación con infoLibre. “No sirve para explicar lo que le pasa a esa persona”, añade, porque cuando ya tenemos una respuesta —por ejemplo, estamos tristes porque tenemos depresión—, “no nos preguntamos qué hay más allá”.
El cuerpo no es solo biología: es un territorio profundamente atravesado por lo social, lo económico y lo político
De la mano de algunos diagnósticos llegan en muchas ocasiones las recetas. Los antidepresivos o los ansiolíticos son recursos que pueden ser muy útiles y, en muchos casos, imprescindibles. Sin embargo, profesionales como Sami Timimi sugieren un cambio en la perspectiva con la que los miramos. Este reconocido psiquiatra apuesta por dejar de ver la medicación como el método para corregir un fallo biológico, y propone entenderla como una herramienta que debe ser temporal. Así, en su obra Qué es ser normal (Debate, 2026), expone a través de analogías que los fármacos deberían verse como un acompañamiento, nunca una solución única y milagrosa: aunque jamás diríamos que un analgésico es la cura para una lesión muscular, sí que podríamos tomarlo mientras lo complementamos con tratamientos de fisioterapia.
¿Problemas individuales o problemáticas sociales?
Los cuerpos son los que viven una buena o mala salud mental, los que reciben los diagnósticos, los que toman la medicación... Aunque hablemos de “problemas de la mente”, el malestar psicológico nunca es completamente ajeno a la experiencia corporal. Sin embargo, para Diana Oliver, periodista especializada en temas de salud, maternidad e infancia, no debemos olvidar que “el cuerpo no es solo biología: es un territorio profundamente atravesado por lo social, lo económico y lo político”.
Para González Callado, esta idea se relaciona con el diagnóstico. Este dictamen “deriva el problema al individuo”, es decir, “se nos dice que el problema es nuestro, que no nos estamos adaptando de una forma razonable a la situación, en lugar de contemplar que es la situación lo que tenemos que cambiar”.
Se transforman problemas sociales en desadaptaciones individuales
Según las expertas, se aborda la medicalización desde una visión individualista y aislada, olvidando que el cuerpo también puede estar afectado por condiciones que van más allá de la corporalidad y sus malestares físicos. La comisionada de Salud Mental ve aquí el verdadero riesgo de la patologización: “Se transforman problemas sociales en desadaptaciones individuales. Es entonces cuando esos problemas se invisibilizan y se impide que podamos abordarlos [...] La cuestión no es solo pedir más psicólogos y psiquiatras, sino que pidiendo más psicólogos y psiquiatras a veces dejamos de pedir más vivienda, mejores trabajos, más tiempo de conciliación, más tiempo con los amigos, más espacios públicos, más infraestructuras sociales”.
Timimi reflexiona sobre un mecanismo perverso pero eficaz: un sistema que hace creer a las personas que sentir malestar es un fallo individual, no de su entorno, para después ofrecer una “salida” o solución en forma de diagnóstico —con su correspondiente tratamiento—.
Por su parte, Oliver avisa de que con demasiada frecuencia convertimos en problemas individuales “lo que en realidad son consecuencias de cómo vivimos hoy”: “Cuando no cuestionamos qué condiciones sociales están produciendo ese malestar interpretamos que es algo patológico, o la supuesta incapacidad de esa persona para poder gestionarlo mejor”. Para la periodista, esto es especialmente evidente en la maternidad. “Vivimos en una cultura que nos empuja a pensar que si una madre está agotada o desbordada es porque no se organiza bien, no gestiona sus emociones o no llega a todo”, explica, lo que dificulta advertir cómo la maternidad también se ve afectada por “la falta de redes de apoyo, la precariedad, la conciliación imposible, la sobrecarga de cuidados o la presión por responder al ideal de la ‘buena madre’”.
El peligro de medicalizar malestares sociales
“No podemos medicalizar con psicofármacos el dolor colectivo que estamos viviendo por las injusticias sociales”. Así de tajante se muestra González Callado, quien reconoce la utilidad de los fármacos para aliviar síntomas, pero nunca para resolver problemas. “Si frente a una situación de precariedad, de violencia o de injusticia, lo único que hacemos es prescribir un fármaco, lo que vamos a conseguir es que esa persona siga tolerando situaciones de precariedad, violencia o injusticia. Es una irresponsabilidad por parte de la psiquiatría”.
Para Diana Oliver, abordar problemáticas sociales desde una perspectiva individualista puede tener consecuencias a mayor escala. La periodista sostiene que, “mientras sigamos interpretando ciertos malestares como cuestiones personales, será muy difícil impulsar los cambios estructurales que realmente necesitamos a nivel colectivo”. Si los cuerpos que sufren violencia o precariedad piensan que la raíz de su malestar está en ellos mismos, eso les impedirá reclamar o luchar por una vivienda o un salario digno, denunciar injusticias, etc.
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Una excesiva focalización en el autocuidado, el desarrollo personal o el bienestar emocional individual puede impedirnos ampliar la mirada y observar el contexto más amplio en el que surgen muchos malestares, según las expertas. “El problema está cuando nos quedamos ahí”, en lo individual, dice Oliver. “Necesitamos políticas públicas, redes comunitarias y una organización social” que permitan reducir las causas de los malestares, porque “de lo contrario, seguiremos tratando las consecuencias sin modificar aquello que las produce”.
En lugar de preguntarnos qué hay detrás de los malestares que padece la sociedad actual, Timimi cree que nos conformamos con ser capaces de identificarlos y etiquetarlos. Porque, según afirma: "La idea de que habrá una solución fija a nivel individual para tus experiencias de angustia resulta muy atractiva".
Para concluir, González Callado recuerda que “es innegable que el mundo en el que vivimos nos causa daño psicológico y sufrimiento”, y “no podemos evitarlo”. Sin embargo, “lo que podemos ver es si este daño es patológico, es decir, si es un problema para el individuo y se debe abordar desde el plano técnico, o si es un sufrimiento común y tenemos que cambiar esas causas que provocan el sufrimiento”. Por ello, recalca que “el sufrimiento que nos produce el mundo hay que abordarlo de manera colectiva y no solo clínica”.