Los espacios que habitamos también nos construyen: "Somos cuerpos y, como tales, habitamos"

Edificio del Circulo de Bellas Artes de Madrid.

¿Hasta qué punto nos define el lugar donde vivimos? ¿Cómo condicionan nuestra vida los metros cuadrados a los que llamamos hogar? ¿Y la ciudad o el pueblo que habitamos? En definitiva, ¿hasta qué punto nos condiciona el espacio?

Vivir en una vivienda de 40 metros cuadrados, en un pueblo aislado o en una gran ciudad, no solo determina los desplazamientos o el acceso a servicios. También moldea la forma en que habitamos el mundo. La filosofía, la arquitectura y el pensamiento decolonial llevan décadas preguntándose hasta qué punto el espacio afecta y se relaciona con los cuerpos.

“Somos cuerpos y, como tales, habitamos”. Así resume Juan Miguel Hernández, arquitecto y presidente del Círculo de Bellas Artes de Madrid, la estrecha relación que existe entre el cuerpo y el espacio. Existe una conexión innegable si tenemos en cuenta que son los cuerpos los que crean el espacio —puede ser un espacio interior, una vivienda— y los que se relacionan con él —aquí entra también el espacio público, el de lo común, donde nos desarrollamos y convivimos—. De esta manera, Hernández recuerda que el espacio “también nos condiciona”.

Esta idea también atraviesa el pensamiento del arquitecto portugués Eduardo Souto de Moura, premio Pritzker de arquitectura en 2011, quien define esta disciplina de una manera deliberadamente sencilla: "Es, ante todo, refugio, y debe ser un refugio agradable". Frente a una concepción espectacular de la arquitectura, reivindica su dimensión más elemental: la de construir lugares donde el cuerpo pueda habitar.

La especulación del mercado ha llevado a las ciudades a establecer unos precios que imposibilitan a una enorme cantidad de clases sociales acceder a la vivienda

Juan Miguel Hernández

La relación entre el cuerpo y el espacio —tanto geográfico como espiritual, epistémico u holístico— también ha sido objeto de reflexión desde el activismo decolonial. Lorena Cabnal, activista y pensadora maya-xinka de Guatemala, habla de “cuerpo-territorio”, un concepto mediante el que entrelaza de forma indisociable el territorio-cuerpo con el territorio-tierra. De ahí que cuando el territorio es devastado —en un contexto de explotación o expolio de las tierras indígenas—, el cuerpo sufra: desplazamientos forzados, heridas… Carolina Meloni, filósofa argentina, destaca esta manera de considerar que el cuerpo está enlazado a todo lo que le rodea, desde animales o vegetales hasta seres espirituales. Para Cabnal, el cuerpo es radicalmente lo que somos, por lo que es “el primer territorio que habitamos y defendemos” y, por tanto, el más preciado.

Desde una perspectiva distinta, Souto de Moura también ha defendido que ningún edificio puede entenderse separado del lugar donde se inserta. Sus proyectos buscan dialogar con el paisaje, la topografía y los materiales del entorno, una forma de entender que el espacio no es un soporte vacío sobre el que construir, sino una realidad con la que la arquitectura establece una conversación.

El fetichismo de la vivienda como mercancía

Hernández y Souto de Moura, arquitectos de profesión, reivindican la dimensión más noble de esta disciplina: el habitar como un “estar consigo mismo y con el otro”. Sin embargo, la arquitectura parece no poder escapar de las lógicas de mercado y, justo por eso, para Hernández, la primacía de la economía y las leyes del mercado son capaces de desviar a la arquitectura de esa dimensión.

Bajo la lógica mercantilista, el diseño arquitectónico ya no prioriza el bienestar humano, sino la rentabilidad económica. El espacio se reduce a lo ”puramente numérico y calculable” y se da “el fetichismo de la vivienda como mercancía”, lo cual, según Hernández, conecta con el concepto de “alienación” planteado por Marx. Este uso perverso de los números aplicados a las viviendas tiene como único fin multiplicar el rédito económico. “La vivienda se convierte en mercancía y busca que sea rentable. En un mismo volumen, en un mismo número de metros, pueden caber muchas ofertas”, sostiene Hernández, fomentando la especulación y encareciendo los precios.

Bajo este enfoque, el mercado ha sido capaz de despojar a la arquitectura de su lado más humano, de manera que las viviendas se pueden convertir en meros activos de especulación. “La especulación del mercado ha llevado a las ciudades a establecer unos precios que imposibilitan a una enorme cantidad de clases sociales acceder a la vivienda (...) Los jóvenes no se pueden independizar porque no pueden ni pagar un alquiler”, denuncia Hernández, quien recuerda que la vivienda es un derecho constitucional que se debe preservar y proteger. Aunque esto escapa a las competencias de la arquitectura, recuerda que “cuando las leyes del mercado dominan algo, se debe intervenir sobre el mercado”.

La abstracción no atiende a la particularidad

Es imposible separar la arquitectura de los números. En la Antigua Grecia los escultores buscaban las proporciones ideales del cuerpo humano para crear figuras armónicas. Esta búsqueda de la proporción y armonía se manifiesta en la arquitectura con el "modular", un sistema que establece una figura ideal del cuerpo humano —tomando como referencia a un hombre de aproximadamente 1,80 metros de altura— para exigir que todas las proporciones, relaciones numéricas y elementos calculables de un edificio respondan a dicho modelo corporal. El problema, según Hernández, aparece cuando esas herramientas dejan de estar al servicio de las personas y pasan a convertirse en el criterio principal del diseño. Entonces, sostiene, la arquitectura cae en la abstracción, y "la abstracción no atiende a la singularidad".

La abstracción parte de la idea de que existe un cuerpo y una forma de habitar "medios" que pueden servir como referencia para todas las personas. Sin embargo, ningún cuerpo es igual a otro. Cada persona tiene unas capacidades, unas necesidades y una manera distinta de relacionarse con el espacio. Cuando la arquitectura se diseña pensando únicamente en ese usuario estándar, corre el riesgo de excluir a quienes se alejan de ese modelo. Para una persona ciega o con movilidad reducida, por ejemplo, una rampa demasiado inclinada, una puerta estrecha o la ausencia de un ascensor no son simples decisiones de diseño: son barreras que condicionan su autonomía y su forma de habitar el mundo.

Es por ello por lo que Hernández recuerda la importancia de que el diseño sea capaz de acoger la diversidad de cuerpos, y expone como ejemplo práctico el caso del propio Círculo de Bellas Artes, que este 2026 cumple 100 años desde su construcción. Este edificio ha sabido cumplir con las exigencias contemporáneas —por ejemplo, en relación con la movilidad reducida— sin alterar su valor monumental e histórico, reflejando la necesidad de “la inclusión de todas las singularidades de los usuarios” sin perder el respeto a la obra.

Hernández también habla de singularidad de los cuerpos en cuanto a modos de vivir. Cada persona es única en sus formas de habitar, y esto escapa también de los estándares abstractos. Cada persona puede dar prioridad a espacios o maneras de organizar su vivienda; pretensiones que muchas veces escapan o no caben en las casas que el mercado ofrece. A su juicio, el ejemplo del gusto por la lectura es un ejemplo perfecto: ¿Caben en una vivienda de 40 metros cuadrados todos los libros que queremos leer? ¿Hasta qué punto el espacio condiciona la manera de habitar de nuestros cuerpos? El espacio obliga entonces a renunciar a determinadas formas de vida: quien trabaja desde casa y necesita un despacho pierde un espacio; quien tiene hijos reorganiza continuamente la vivienda; quien dedica buena parte de su tiempo a la lectura acaba sin espacio para sus libros.

Si la arquitectura es, como sostiene Souto de Moura, un refugio, la pregunta deja de ser únicamente cómo construir mejores edificios. Pasa a ser también qué cuerpos protegemos, cuáles dejamos fuera y qué formas de vida hacemos posibles mediante el espacio que diseñamos.

El espacio nunca determina por completo nuestras vidas, pero sí delimita las posibilidades desde las que vivimos. Por eso, pensar la arquitectura no consiste únicamente en proyectar edificios, sino también en decidir qué cuerpos y formas de vida caben en ellos y cuáles quedan fuera.

Las ciudades y el cuerpo en el ‘Festival de las Ideas’

Ambos profesionales consideran necesario un debate reflexivo sobre la arquitectura en relación con los cuerpos, dejando claro que no se puede entender la construcción y la vivienda como algo aislado. En este marco, mantendrán una conversación titulada Piedra, piel y espacio dentro de la programación del Festival de las Ideas, que se celebrará entre el 17 y el 20 de septiembre en Madrid.

Cómo repensar nuestra idea de hogar cuando la vivienda se ha convertido en un privilegio

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Este es solo uno de los temas que abordará el festival, organizado por el Círculo de Bellas Artes y La Fábrica. Esta tercera edición apuesta de nuevo por sacar el pensamiento a la calle, acercando la filosofía, el arte y las ciencias sociales al público general. Bajo el título Cuerpos, el festival abre un espacio de reflexión y debate ciudadano en torno a “una palabra tan originaria como inagotable”.

En una “época marcada por la virtualización, la inteligencia artificial y los cambios sociales acelerados”, desde el festival proponen una mirada hacia los cuerpos "individuales y colectivos, visibles e invisibles, vulnerables y poderosos”.

A través de más de 80 actividades gratuitas en distintos espacios culturales de Madrid (Círculo de Bellas Artes, Caixaforum Madrid, Ateneo de Madrid, entre otros), el festival se define como un “espacio para reflexionar sobre cómo habitamos el mundo, cómo nos relacionamos con los demás y qué significa ser humanos hoy”.

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