Teatro

Teatro tricolor para recuperar la memoria

La compañía Trinchera Teatral en 'Granos de uva en el paladar', de 'Trilogía republicana'.

En diciembre de 2013, en el Teatro del Picadero de Buenos Aires, ficción y realidad se encontraron. Sobre el escenario de esa sala bombardeada por la dictadura militar y reconstruida hace solo tres años estaban las cinco mujeres de la compañía Trinchera Teatral. Representaban Granos de uva en el paladar, un relato de la represión franquista, de las cárceles, las humillaciones, los fusilamientos. En el público estaba Ascensión Mendieta, que con 88 años llevaba dos días declarando ante la justicia argentina para tratar de esclarecer el asesinato de su padre durante la guerra. Sus aplausos fueron los más dulces de todos.

Hace unos días, la codirectora de la obra, Zaida Rico, volvió a ver a Mendieta, esta vez en televisión. La mujer al fin podía contar, en El Intermedio, que tras años de lucha es posible que después de la Navidad un juzgado ordene la exhumación de los restos de su padre, todavía en una fosa común. Rico lloraba: "Qué bonito que esta obra me haya dado la posibilidad de dedicarle la función a gente como ella que sigue peleando incluso con 90 años, y qué bonito que esa mujer hoy tenga esta noticia. Qué bonito que dentro de tres días esté defendiendo de nuevo este trabajo". Su Trilogía republicana, iniciada por la obra que entonces vio Mendieta, llega por primera vez a España tras años de trabajo en Argentina (hasta el 20 de diciembre en la madrileña Sala Mirador). 

La compañía, formada por cinco actrices españolas que cruzaron sus caminos en Buenos Aires, tiene un nombre revelador: la trinchera desde la que han combatido la desmemoria sobre el ideal republicano y los crímenes franquistas. Cada una de sus obras nombra una rama de esa genealogía perdida: Granos de uva en el paladar tiene el rojo de la memoria de los crímenes; Pinedas tejen lirios toma el amarillo de las acotaciones de Lorca sobre Mariana Pineda y homenajea la lucha de las Pinedas del siglo XX; el morado de Auroras sigue en su exilio a los niños de la guerra. Lo que nació como una breve colaboración —Zaida Rico llamó entre lágrimas a la cocreadora Susana Hornos, una noche, después de leer los relatos dedicados a su abuela: "Tenemos que hacer algo con esto"— se ha convertido en un proyecto vital y artístico que cumple cinco años.

Una militancia creativa

Y los cumple en España. Las cinco —el equipo lo completan Clara Díaz, Maday Méndez y Ana Noguera— han decidido regresar por distintos motivos personales. Pero hay uno que las une. "Sabíamos que era un año de elecciones en el que había cosas que estaban cambiando, y ojalá sigan cambiando. En todo este movimiento, esta trinchera teatral es nuestra militancia propia", dice la codirectora. La gira de la primera de las tres piezas el pasado año por distintas ciudades españolas atrajo a un distribuidor que les abre ahora nuevos horizontes. Su trilogía hace el camino inverso de Mendieta para encontrar un público hijo y nieto de aquellos nombres que ponen sobre escena. Ana Noguera piensa en el trabajo pendiente en memoria histórica, en la retirada de símbolos franquistas o en el exilio sirio, análogo al español: "Es de una vigencia tan palpable todo lo que contamos que una obra así se vuelve necesaria".

Si algo han probado en estos años de trabajo es la universalidad de lo que cuentan. Al principio temían que aquellos episodios que tan bien conocían ellas —los paseos al amanecer, las canciones, los castigos— fueran ajenos al público argentino. Pero un día acudieron a verlas las abuelas de Plaza de Mayo. Y les dieron las gracias. "Te das cuenta de que esta historia deja de ser tuya. Hemos compartido guerras, silencio y olvido. Los países que han sufrido una dictadura tienen cicatrices similares. De creer que es algo local, te das cuenta de que hay una universalidad", dice Noguera. Representen donde representen su trilogía, alguien del público les busca tras la función: "Es que mi abuela está en una fosa...", "Es que mi hermana fue desaparecida por la dictadura...". 

De esa certidumbre nació la segunda obra. Pinedas tejen lirios nace de Mariana, aquella mujer sentenciada a garrote por bordar una bandera con las palabras "libertad", "igualdad" y "ley" durante la restauración borbónica. Pero ella es solo un eslabón de la cadena. Le siguen milicianas, montoneras, supervivientes de la violencia de género. "Trato de no idealizar la Segunda República en exceso", dice Zaida Rico con cautela, "Pero sí es cierto que trajo para las mujeres cambios muy concretos. Es muy claro que después el franquismo borró esos avances durante 40 años". El voto. La autonomía económica. La educación. Y varias generaciones de luchadoras anónimas sepultadas en olvido: "Las mujeres del hoy tenemos que tener conciencia de los pasos pisados, de quién era Clara Campoamor, de quién era Mariana Pineda. Sobre todo porque no nos han hablado de ellas en nuestras clases de historia o de literatura".

Aprender de la memoria argentina

Sueñan con un día en que los muertos de las cunetas tengan nombre, en que se sepa qué pasó con aquel tío que murió tan joven y del que nunca nadie habla. Saben que aún queda camino. Pero tienen la referencia de Argentina, un país "que se fue a la mierda varias veces consecutivas" pero que es un ejemplo de memoria. Granos de uva en el paladar formó parte del festival Teatro por la identidad, organizado desde el 2000 apoya a las abuelas de Plaza de Mayo programando teatro político. "Todas las funciones son gratuitas y hay un stand de las abuelas para visibilizar la búsqueda de los desaparecidos. Siempre se recupera la identidad de algún nieto después del festival, es impresionante", recuerda Rico. ¿Imaginan algo así en España? "En ese sentido, Argentina es un mundo paralelo", dice Noguera con resignación. 

Continúa la conversación entre el montaje de luces y una cerveza que cierra el duro día de trabajo. La actriz cuenta que Alicia Sánchez, histórica del cine y la escena española, recordaba al verlas sus años en Tábano, una compañía que osó hacer teatro político cuando Franco aún firmaba sentencias de muerte. "Es como lo que hacíamos nosotros", dijo a Noguera. Y esta retoma: "Luego hubo un vacío, quizás porque se creyó que estaba todo superado, que invadió también el teatro y la cultura. Ese despertar de conciencias que fue el 15-M y que nosotras vimos de lejos está llegando al mundo del arte". Zaida Rico es más escéptica: "Quiero creer que es un momento especial, pero no estoy del todo segura". 

El pesimismo se instala por un momento. Pero se disipa pronto. La directora recuerda aquella función en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, Antigua Escuela de Mecánica de la Armada, que funcionó como centro de detención clandestino durante la dictadura. Se cumplían 75 años del bombardeo de Gernika y entre el público, de nuevo, supervivientes de la Guerra Civil "con sus boinas, somo si hubieran llegado ayer". A otra función, esta vez de Auroras, acudieron algunos niños de la guerra, hoy abuelos, que rehicieron su vida en Argentina. Algo se ilumina en Zaida Rico mientras recuerda el encuentro. Toma aire: "Al tenerlos delante, y abrazarlos y tocarlos, dices: 'Puta madre, esto no es teatro. Esto es una realidad y yo estoy haciendo esto por algo". Algo que, si llega, será también gracias a la lucha en esta trinchera.  

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