De Nobel de la Paz a señor de la guerra: Irán pone a Trump más cerca de Bush que de sí mismo
“La guerra en Irak fue un gran error. George Bush cometió un error, podemos cometerlos, pero ese fue uno muy grande. Nunca deberíamos haber entrado en Irak, desestabilizamos Oriente Medio. Mintieron, dijeron que había armas de destrucción masiva y no había ninguna. Ellos lo sabían”. Parecen declaraciones sacadas de la boca de cualquier demócrata que se opusiera a la invasión de Irak, pero no. Son palabras del actual presidente estadounidense, Donald Trump, hace diez años en uno de los debates de las primarias republicanas que le llevarían primero a ganar la nominación republicana y, tras eso, la Casa Blanca. Su destinatario era una de sus víctimas favoritas durante esa campaña: Jeb Bush, el hermanísimo del expresidente responsable de la invasión.
Un momento simbólico que ejemplifica perfectamente la visión del magnate sobre las intervenciones en el extranjero de EEUU: America first, aislacionismo, no a las guerras en otros países, no a otro Irak. Sin embargo, el mismo Trump que hace pocos meses pedía para sí mismo el Premio Nobel de la Paz por haber detenido hasta ocho guerras, incluso algunas que jamás habían existido, como el supuesto conflicto entre Camboya y Armenia, ahora ha decidido hacer una enmienda a la totalidad de su pasado político con un ataque a Irán que ha puesto a Oriente Medio rumbo a la incertidumbre. De hecho, parecen ahora premonitorias las palabras que le dijo al primer ministro noruego en la Casa Blanca tras ‘perder’ el galardón: “Ahora que no lo he ganado, no me siento obligado a pensar puramente en la paz”.
Pero volviendo a EEUU, ¿qué importancia ha tenido esa visión de Trump contraria al intervencionismo en la construcción de su figura política? Pues, de hecho, mucha. “En su campaña de 2016 esa forma tan dura de arremeter contra los cuadros más poderosos del Partido Republicano por su gestión de Irak y de lo internacional fue una de las claves para que consiguiera la nominación. Esa posición le ayudó a crear su discurso de persona antiestablishment, fuera de la política tradicional y captar parte del descontento que había con las élites de la formación”, explica Roger Senserrich, politólogo experto en política de EEUU.
Para afianzar esa imagen contraria a las antiguas élites republicanas, el magnate llegó a atacar a uno de los sancta sanctorum del ala intervencionista de la formación y de la política estadounidense en general: el senador John McCain, candidato presidencial por el partido en 2008 (perdió contra Barack Obama). Trump cargó contra él diciendo que no era un héroe de guerra. “Me gusta la gente que no es capturada”, dijo en una de sus frases más polémicas. Hay que recordar que McCain fue apresado durante la guerra en Vietnam y torturado repetidamente durante cinco años y medio, algo que en EEUU le valió ser tratado como una figura casi devocional. Para Trump no hubo nada de eso, solo otro pilar al que destruir.
Traición a las bases
De esa ofensiva contra el Partido Republicano más tradicional surgió el movimiento MAGA (Make America Great Again), unas bases trumpistas a más no poder que hizo suyos buena parte de los postulados del presidente en política internacional y que ahora se sienten estafados. Una de las voces más importantes de este grupo, el periodista ultra Tucker Carlson, antaño uno de los altavoces más altos y fiables de Trump, ha comenzado a marcar distancias ante las últimas decisiones del magnate. Y el ataque a Irán ha sido la gota que ha colmado el vaso. “Es absolutamente repugnante y malvado”, decía el comunicador sobre la ofensiva.
Otro, el agitador extremista Nick Fuentes, aseguró que votaría a los demócratas en 2028 porque, después de la intervención en Irán, no tenía sentido seguir dando la confianza a Trump si no cumplía absolutamente ninguna de sus promesas. “Este es el punto de no retorno, estoy fuera. No lo voy a volver a votar”, dijo muy enfadado en redes sociales. Otro de los agitadores trumpistas de cabecera, Alex Jones, llegó incluso a las lágrimas en una conversación con el propio Fuentes al sentirse traicionado por Trump después de todo lo que había defendido al presidente: “Esto es horrible. Necesitaba a este hombre, yo quería arreglar el país… es triste ver algo por lo que has luchado, muerto”, decía emocionado.
“Este desencuentro entre los MAGA y Trump no es nuevo, y se ha acrecentado mucho desde la publicación de los papeles de Epstein, pero hay que tomarlo con mucha cautela y no sacar conclusiones precipitadas. Tengo muchas dudas de que exista una división dentro del movimiento, como dicen algunos medios”, indica Alana Moceri, profesora de Relaciones Internacionales en IE University. Sin embargo, José Antonio Gurpegui, director del Instituto de Estudios Norteamericanos de la Universidad de Alcalá de Henares, recuerda que el movimiento no es solo Trump, sino un ecosistema más complejo y, en cierta medida, autónomo: “Ni mucho menos es meramente una cadena de transmisión de lo que dice el presidente. Los MAGA tienen sus propias voces, opinadores y una estructura muy bien montada con mucha influencia, incluso con asociaciones tan poderosas como Heritage Foundation”.
Una guerra impopular
Sin embargo, el principal problema de Trump no está en el movimiento MAGA, sino en el conjunto de la sociedad. Las encuestas sobre la visión de sus ciudadanos del ataque no podrían ser más negativas. Pedro Soriano, experto en política de EEUU, recuerda cómo en el pasado las invasiones de Afganistán o Irak contaron con números de aprobación relativamente altos entre los estadounidenses, de en torno a un 90% y un 70% respectivamente, algo que no se repite en este caso. “Solo el 35% se muestran favorables, eso significa que tiene a dos tercios de la sociedad en contra, y lo que es peor, a 2 de cada 5 republicanos. Entrar en una guerra sin apoyo ya es para preocuparse, pero lo peor de todo es que ni siquiera parece haber un plan B ni una salida clara a la situación actual”, indica Soriano.
La explicación de estos números tan bajos, además de en la propia intervención, se tiene que buscar en que en ningún momento la Administración preparó a la sociedad para lo que iba a pasar. “Hace una semana, teníamos el discurso del Estado de la Unión y no dijo ni una sola palabra sobre un posible ataque. Lo que se espera en esos momentos de un presidente es que se intente ganar a la opinión pública en un asunto tan trascendental como este. Por eso hay una cierta incredulidad y sorpresa sobre lo que ha hecho”, señala Senserrich.
Una estrategia que contrasta enormemente con la que usó Bush antes de su invasión de Irak, donde él mismo se involucró en una carrera para tratar de convencer a la sociedad de que existía una justificación para tomar esa decisión y era lo correcto. Ahora, ni siquiera eso. De hecho, ha hecho exactamente lo contrario. En un viaje al pasado, solo diez días antes de las elecciones y como parte de su campaña pacifista, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, decía en una entrevista que su “principal interés” era no ir a la guerra con Irán porque “sería una enorme distracción de recursos y con un coste masivo para nuestro país”.
Tampoco ayudan otras cuestiones como la perspectiva del seguidismo a Israel. “A buena parte de la sociedad no le gusta pensar que la decisión no ha sido propiamente de Estados Unidos, sino de Israel. Les parece que están siguiendo los intereses de Benjamin Netanyahu más que los suyos propios, y eso puede provocar un conflicto enorme”, señala Moceri. Tampoco, dice Senserrich, favorece la improvisación extrema y el riesgo de una intervención larga. Dos cuestiones que ejemplifican bien las palabras de Trump el pasado martes en la Casa Blanca sobre una posible sucesión en el régimen: “La mayoría de las personas que teníamos en mente están muertas... teníamos en mente a algunos de ese grupo que está muerto. Ahora tenemos otro grupo. Es posible que también estén muertos”.
Las midterms, en el aire
Con todo, la duda más grande está en cómo podría afectar el ataque a Irán a unas elecciones de mitad de mandato que se prevén duras para los republicanos. Trump podría perder en ellas su hegemonía en el Congreso e incluso en el Senado y, por consiguiente, ver su agenda bloqueada por los demócratas. Ahí está la pregunta que muchos se hacen: ¿atacó Trump para tratar de revertir su impopularidad y ganar terreno de cara a las midterms? Para los expertos es improbable pero, si lo ha hecho, tampoco le ha funcionado. “Los presidentes cuando están en guerra suelen salir reelegidos, como le pasó a Bush en 2004, pero en este caso es distinto. Trump le ha quitado el poder al Congreso, ha roto con la Constitución y la ley internacional. Defender eso es muy complicado”, comenta Moceri.
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De hecho, más que favorecer a Trump le podría quitar aún más votos. “Las midterms son unas elecciones que suelen tener una participación mucho más baja que las presidenciales. Es complicado, con la polarización en EEUU, hacer cambiar a los votantes de uno a otro bloque, pero sí es más efectivo hacer que se queden en casa. Creo que todo esto puede provocar una gran desmovilización en el electorado trumpista y, al no tener los republicanos a su principal activo movilizador en la papeleta, Trump, el castigo puede ser aún mayor”, indica Soriano.
Eso sí, para Gurpegui sí existe un matiz importante a todo ello: “La cuestión electoral dependerá solo de si sale o no bien la operación. Si en última instancia Trump tiene éxito en Irán, los votantes le premiarán, da igual lo que haya pasado antes. A él no le importa que ahora la intervención sea impopular, él tiene la mirada puesta en las elecciones de mitad de mandato y cuenta con salir victorioso para usar esa baza con vistas a los comicios. Y si no sale, ya se encargará él y la posverdad de decir que sí ha conseguido sus objetivos”, explica el investigador de la Universidad de Alcalá de Henares.
Todo está en el aire, incluido el futuro de la propia intervención, pero está claro que poco queda ya del Trump pacifista y aislacionista de antaño. En ese debate de 2016 contra Jeb Bush, el momento más viral no fueron las críticas por Irak, sino un instante inmediatamente posterior donde Jeb se defendió de las acusaciones diciendo que, mientras Trump estaba creando un reality show, su hermano estaba construyendo una red de seguridad para mantener al país a salvo. Un argumento al que Trump respondió con un golpe bajo que levantó los abucheos del público: “Durante su mandato ocurrió el 11S, eso no es mantener muy seguro el país”. Ahora, diez años después de ese momento, Trump está más cerca de Bush que de sí mismo.