Las recicladoras de El Salvador que convirtieron la basura en organización y derechos
América Sarmiento se levanta un día –como cada día– a las tres de la madrugada para salir con sus dos hijas –Alejandra y Ariana– a las calles de El Salvador y buscar en la basura de los demás algún material reciclable para clasificarlo, limpiarlo y venderlo.
Uno de esos tantos días, América encuentra algo más. Entre las botellas, hay un libro: ¿Cómo ser un líder?. Se lo guarda en el bolsillo y, al final de la jornada, se pone a leerlo. "Literalmente no lo olvido nunca", dice entre risas casi una década después. El libro ya no lo tiene, no sabe cómo lo perdió. Hoy querría leerlo una y otra vez.
En un cuarto al fondo del centro de acopio de material reciclable en Cuscatancingo, un distrito a cuatro kilómetros de San Salvador, América, Alejandra –sentada en un banquito muy cerca del suelo– y Ariana hablan y organizan Asonares, la Asociación Nacional de Recolectores y Recicladores de El Salvador, que fundó la madre y a la que después se sumaron las hijas.
Cuando América trabajaba cada día en la calle recogiendo materiales reciclables, se enojaba porque la gente le gritaba “basurera”. Se quería pelear y respondía: “Yo lo que llevo no es basura, porque yo lo vendo, tengo mi dinero en la bolsa".
Pero después, con la creación de la asociación, cuando se fueron agrupando con sus compañeros, entendió y ayudó a entender a los demás que su trabajo era importante. Pensaron entonces que ya no podían llamarse a sí mismos “los basureros”, como los hacían quienes los despreciaban. Decidieron nombrarse recicladores de base: "Y así nos llamamos hoy. Y así nos llaman. Ajá. Reciclador de base".
Asonares fue la primera organización de recicladores de base del país en lograr personería jurídica propia. Y todavía hoy sigue siendo única en su tipo: una asociación surgida de los propios recicladores, personas que salieron de un vertedero o que trabajaban en la calle, puerta a puerta, y que decidieron organizarse en lugar de convertirse en empresas privadas de acopio, el modelo que domina en el resto del país.
La asociación surgió en 2020, después de que en El Salvador se aprobara la Ley de Gestión Integral de Residuos Sólidos y Fomento del Reciclaje (LEGIR), que obligaba a los recicladores de base a formalizarse como cooperativas o microempresas si querían seguir recolectando y vendiendo material reciclable sin caer en la ilegalidad.
La primera fundadora fue América. Los demás miembros de aquella primera junta directiva ya no viven en El Salvador, todos emigraron. Desde Estados Unidos, uno de ellos, Marvin, recuerda todavía sus tiempos de reciclador.
Para Alejandra fue bonito, porque esas personas creyeron en Asonares cuando, al principio, muchos las cuestionaban preguntando qué beneficio les traería formar una asociación. En ese momento, ellos creyeron. Ellos, que ya no están.
Avina es una fundación internacional que administra una plataforma llamada Latitud R, desde donde se centralizan recursos que vienen de empresas como Nestlé, PepsiCo y Coca-Cola, además del Banco Interamericano de Desarrollo. Con esos fondos ofrecían financiamiento a organizaciones de reciclaje inclusivo en distintos países para identificar y fortalecer a los recicladores de base.
Cuando Avina llegó a El Salvador buscó, como lo hace en cada país, un actor local: Fundemás. Esa organización ya había iniciado un mapeo de los recicladores de base y había identificado a un grupo importante, de entre 30 y 40 personas, en el municipio de Cuscatancingo: Asonares.
“Fueron el grupo pionero. Fueron los primeros, el ejemplo, y de ahí surgieron muchos otros grupos”, explica Diana Castillo, consultora que coordinó el acompañamiento de Fundación Avina a Asonares en sus primeros años.
A través de la alianza entre Avina y Fundemás, se hicieron capacitaciones, se entregaron carretillas, guantes, cascos, botas, chalecos, y acompañamiento jurídico con un abogado para obtener su personería jurídica.
Diana Castillo recuerda a América como una lideresa no solamente en su país. Avina trabaja también con la Red Latinoamericana y del Caribe de Recicladores (Lacre), de la que hoy forma parte Asonares. En ese entorno, América ya era conocida y validada.
“América siempre ha tenido un potencial de liderazgo importante con una capacidad de gestión que a veces es difícil encontrar en los recicladores. Los recicladores son muy cerrados, tímidos, no les gusta a veces hablar o interactuar con la gente, pero seño América es diferente, a ella ya no le da pena decir las cosas, ella se le acerca a diferentes instituciones, toca la puerta, gestiona”, explica Castillo en una llamada desde su oficina.
Desde su centro de acopio en Cuscatancingo, Asonares recibe, pesa, limpia y clasifica el material que llevan los recicladores, y lo vende de forma directa a las empresas que lo transforman, evitando así intermediarios.
Ariana, hija de América y estudiante de Ingeniería de Sistemas, se coloca frente a la cámara, segura y firme, y dice: "Estamos en San Salvador Centro, distrito de Cuscatancingo, en la colonia de Ciudad Futura. Lo que ustedes observan aquí es el único centro de acopio de reciclador para reciclador. ¿Qué hacemos aquí? Hacemos la separación de materiales de algunos de ellos, le recibimos el material a diario, también limpiamos algunos materiales que vienen sucios".
Fuera de amontonan unos diez bolsones blancos llenos de material reciclable ya clasificado. También un trampolín, una heladera, una rueda, hierro y un colchón en una vereda que da a la calle.
Ariana recorre de espaldas el camino de la vereda que entra al lugar, un espacio pequeño, con piso de tierra y, en el medio, una balanza. Alrededor hay bidones de agua, bolsas, escobas, y un cuadro de La última cena. No hay mucho más: paredes y el techo de chapa. "Al principio con mi mamá éramos recicladoras. Seguimos siendo recicladoras, solo que hoy les ayudamos a ellos. Nosotros les tomamos lo que es la pesa y ya ellos nos dicen: 'Miren, yo lo voy a dejar para ocho días, para 15 días, para el mes', o algunos lo piden a diario, dependiendo la situación económica de cada uno de ellos".
América –con jean, zapatos marrones y una camiseta azul con el logo de la Asociación– barre mientras dice: "Para mí es un orgullo hacer este trabajo. Más que orgullo, me siento que hasta le digo, pues, que cuando me muera aquí que me vengan a velar al centro de acopio".
La especialización que Alejandra –la otra hija– cursó en bachillerato fue mecánica automotriz. Cuando pensó en seguir estudiando, quería encontrar algo que encajara con ella. Tenía 18 años. Entonces supo que en la universidad privada Dr. José Matías Delgado existía la carrera de Ingeniería en Gestión Ambiental.
La conexión fue inmediata. Aquella carrera era para ella. Pero no fue fácil compaginar los estudios, los proyectos de Asonares y la familia. La ayuda también llegó de los propios recicladores: "Fue algo bonito porque al final era como un logro que no solo lo retribuyo como a mí misma, a dios primeramente, a mi familia, mi mamá, a mis hermanos que siempre estuvieran apoyándome, sino también a los recicladores que fueron una parte supermega fundamental, porque era como que: ‘Dale, dale que tenés que graduarte porque tenés que apoyar; dale que tenés que estar para nosotros’".
Entre las opciones que tenía al recibirse, Alejandra podría haber elegido dirigir organismos públicos, asesorar y coordinar equipos, investigar y ejercer como consultora independiente en gestión ambiental, o gestionar proyectos de tratamiento de emisiones, aguas, suelos y residuos. Lo que eligió, incluso antes de terminar sus estudios, fue formar parte de Asonares.
De la carrera recuerda en especial una materia de gestión en residuos sanitarios. "El señor (profesor) se quedó sorprendido con que existiera una alumna que supiera todo de los rellenos sanitarios y además ya estuviera dirigiendo Asonares", dice, sentada en el centro de acopio, mientras de fondo se oye a su perica, que habla y se mueve.
La carrera no le sirvió sólo a ella. Nunca la pensó así. Incluso mientras cursaba las materias, pensaba en sus compañeros recicladores: "Me ha servido bastante para saber cómo funciona el medio ambiente, cómo se relaciona todo, y también poder decirle al reciclador de base: nosotros ayudamos al medio ambiente, a bajar las emisiones de dióxido de carbono, a que la capa de ozono no se destruya".
En 2024, de Asonares nació algo más grande: el Movimiento Nacional de Recicladores de El Salvador, que hoy preside Alejandra, y que empezó a mapear y agrupar a recicladores fuera de la capital, en zonas donde todavía hay personas trabajando directamente en vertederos.
"Nadie creía en recicladores que estuvieran en Oriente, fuera de la zona central, porque están lejos", dice Alejandra, que salió a buscarlos, también a los que trabajan en los vertederos y suelen ser más tímidos y esperar que alguien hable por ellos. Ella quiere empoderarlos, que hablen por sí mismos.
Alejandra y América siempre trabajaron juntas. Les gusta. La hija piensa que forman el tándem perfecto: su mamá es la de las ideas, y ella la más ejecutiva, la que las documenta, la que las administra.
De lunes a sábado, el día de Alejandra empieza con una reunión entre las 7:00 y las 8:00 y no termina hasta las 16:00 o 17:00, entre los proyectos de Asonares, documentos que revisar y el trabajo añadido de representar a los recicladores salvadoreños ante organismos internacionales. Las noches se van, casi siempre, entre más documentación.
No tiene pareja. “No da tiempo”, dice, sin darle más vueltas. Cuando tiene un domingo libre –no todos lo son– lo dedica a ver una película, pasear a su perro o visitar a sus abuelos.
En Zacamil, una barrio de 40 edificios de viviendas populares en el área metropolitana de San Salvador, que en los 80 fue protagonista del conflicto armado y luego controlada por la pandilla Barrio 18, el arte se mezcla con la ropa colgada en los balcones, las plantas y las bicicletas. El mural de una mujer enorme, con aros y colgantes dorados, realizado con tapones de botellas de agua y gaseosas, mira a unas niñas que van a la escuela con su uniforme y una mochila con rueditas.
Pero no es cualquier mural, es un mural de récord. Y su historia se conecta con América, con Alejandra y con los recolectores de Asonares. Se llama la Gioconda Latinoamérica y tiene 13 metros de altura. Lo realizó el artista venezolano Óscar Olivares, que cuenta con obras en 22 países.
Pero este que hizo en El Salvador es único. Y él lo supo desde el principio: era un desafío, porque iba a ser el mural realizado con tapones más alto del mundo. "Tuve la iniciativa y el deseo gracias a la libertad creativa que me da la fundación de convertir el mural en una enorme Gioconda salvadoreña, inspirado en la obra de Leonardo da Vinci, pero también creando la imagen de una mujer que puede ser cualquier salvadoreña. Y es que ese renacimiento de la Zacamil y El Salvador está en cualquier ciudadano, en cualquier persona”, explicó el artista.
En febrero de este año, cuando terminó el trabajo, Olivares reconoció en una entrevista el trabajo de la comunidad: “[Las tapas fueron] recolectadas no solo por la comunidad de Zacamil, sino por muchos recicladores junto a la Asociación Nacional de Recolectores y Recicladores de El Salvador (Aonares). Es una obra de arte producto de un trabajo en equipo y en comunidad realmente fascinante”.
Es que antes de que Óscar Olivares pisara El Salvador, Custom Made Stories ya se había puesto en contacto con Alejandra y América con la idea de realizar un mural de ese tipo, que todavía no existía en Zacamil. “'Miren, queremos las tapitas. ¿Será que las podemos conseguir?' Dijimos que sí. Nos dijeron: 'Son muchas'. Porque eran 140.000 tapas, de diversos colores, diversos pesos. Entonces fue como que, okay, comenzamos a buscar. Y ya cuando vino el artista Óscar Olivares en febrero fue como que, okay, empecemos, ya, aquí están las tapitas”, cuenta Alejandra, con una sonrisa en la mirada.
Ahora, ver esa Gioconda que mira a cada habitante de Zacamil es motivo de orgullo para Asonares. Alejandra lo siente así: el mural está ahí y los recicladores de base formaron parte de él.
A raíz de aquello se les ocurrió hacer talleres con tapones para niños, para que recreen su propio mural en miniatura. De paso, impartieron una charla sobre las tres erres del reciclaje: reducir, reutilizar y reciclar.
Pero ese mural no es el único. El objetivo de la organización Custom Made Stories es crear un museo al aire libre en ese barrio. Y eso es lo que empieza a verse. A la Gioconda la acompañan una virgen neoclásica, del artista italiano Andrea Ravo Mattoni, que entre sus ojos tiene las ventanas enrejadas y las antenas de televisión, y un homenaje a las mujeres salvadoreñas pintado por la artista brasileña Hanna Lucatelli.
“Una experiencia enriquecedora y transformadora en este lugar que me acogió con tanto cariño. Un lugar de mujeres fuertes y valientes, de mirada dulce y llena de afecto”, escribió en Instagram Lucatelli al terminar su trabajo en 2025.
"Uno dice, el arte quizás no está conectado con el reciclaje. Pero si vos querés enganchar a un público, ponele arte, y ahí lo vas a tener", dice Alejandra.
En diciembre de 2024, El Salvador aprobó una nueva ley especial de recolección, aprovechamiento y disposición final de residuos, y con ella nació ANDRES, la Autoridad Nacional de Residuos Sólidos, una institución que en la práctica funciona como una suerte de ministerio propio para la basura del país. Empezó operando en un solo distrito, San Salvador Este, y hoy ya cubre 36.
La ley se presenta como un cambio de modelo: busca instalar la economía circular y la responsabilidad extendida del productor como principios rectores de la gestión de residuos, y le da a ANDRES la facultad de sustituir a las alcaldías donde haga falta.
Pero en sus más de cien artículos no aparece ni una sola vez la palabra reciclador. Habla de "gestores de residuos", de "microempresas, cooperativas, asociaciones de desarrollo comunal" —una figura genérica en la que formalmente podría encajar tanto Asonares como cualquier empresa privada de acopio—, pero en ningún momento reconoce al reciclador de base como lo que es: un actor propio, con una trayectoria y una forma de trabajo que empezó mucho antes de cualquier personería jurídica.
"Si tú te lees la ley, en ninguna parte dice que los recicladores de base hacen parte de la gestión integral de los residuos sólidos. No los menciona", explica Diana Castillo, consultora de Fundación Avina.
Para Alejandra, la pregunta no es si la ley va a cambiar algo, sino qué: "Como profesional esperaría que se cambie la conciencia de las personas, que la gente comience a reciclar de manera diferenciada. Pero como asociación esperaría, básicamente, que los recicladores queden dentro, que no los saquen de su trabajo".
Alejandra se coloca detrás de su madre, mira fijamente a cámara, seria y contundente, y apoya las manos en la cintura. El liderazgo se percibe en su mirada y en su pose.
Para ella, uno de los logros más importantes es que los miembros de Asonares estén concienciados en lo que hacen y ver cómo les va cambiando su forma de vida. El ejemplo más claro es Salomón Eliseo Yanes: "Él antes era alguien que daba todo chuco. No le importaba su imagen. Entonces le hablamos. Él ahora, uno lo ve y es otra persona diferente, ha cambiado radicalmente la vida, pues, para su hijo, porque hoy dice: 'Yo creo que yo quiero que mi niño sea igual que que la Alejandra, quiero que él estudie'".
Pero va a ser difícil seguirle el paso. Ahora ella ya está pensando en estudiar una maestría.
Elmer Danilo Martínez Molina tiene 53 años y lleva 13 como reciclador. La necesidad, dice, fue lo que le obligó a a entrar en el mundo del reciclaje. A las tres de la madrugada le da “gracias al Señor por un día más de vida”; después se baña, se lava los dientes, se cambia y sale a reciclar, todavía con la noche cerrada: "Es pesado, no es fácil. Pero para lograr dejar algo hay que salir temprano porque si uno ya sale tarde, no logra nada. Porque no solo soy yo el que ando reciclando, somos bastantes".
Vuelve con la carretilla a su casa entre las 8.30 y las 9.00. Se prepara el desayuno y vuelve a salir. A veces son las 18:00 y todavía está separando el material. Cada 15 días vende lo que ha ido clasificando: cartón, botellas de plástico y todo lo que pueda reciclar.
Trabaja de lunes a sábado, porque para Elmer el domingo es el día de descanso y de ir “a la casa de nuestro padre celestial”. Conoce a Alejandra y a América hace tres años, por llegar a vender al centro de acopio. Se llevan bien, las considera personas inteligentes porque “pasaron de ser personas recicladoras y hoy, miren, son dueñas de recicladora”.
Cuando se le pregunta qué le gustaría que supiera la gente sobre los recicladores, le cuesta hablar. Las emociones se le cuelan. Piensa, sabe y vive cada día cómo la gente “lo ve de menos” y le tienen desconfianza. Pero sí sabe qué le gustaría: que eso no ocurriera.
Araceli Escobar —mirada cansada, dientes enchapados, un tejido blanco cubriendo su cabellera canosa— tiene 78 años y también siente lo mismo en la calle. Mientras espera que José Humberto Cubas Enríquez, el Cuba como le dicen, le pese lo que trajo para reciclar, apoyada en una columna, dice: "Lo tienen de menos a uno. Porque es uno que recicla. Que para que hagan uno que es basura, que no sé qué. Para mí no es basura, le doy yo a que dé fuente de ingreso".
El Cuba —con una barba a lo Fidel— está en el centro de acopio dispuesto a hacer lo que haya en la agenda de América y Alejandra: entregar plantas, mover cosas, recolectar plástico en distintos lugares, limpiar materiales, pesar lo que traen los recicladores y cargar camiones cuando hay que hacer alguna entrega de materiales.
Para el Cuba, deberíamos entender que hay cosas que pueden tener un segundo valor.
Mientras está ahí, los recicladores que llegan hablan con él. Algunos le cuentan sus problemas familiares, pero, dice, han asumido el trabajo no como una vía de escape, sino como una manera de de ir ganándose el pan y dignificando su vida, “porque el trabajo le da sentido a uno, ya uno tiene un motivo para levantarse al día siguiente y el día de ellos arranca desde temprano”.
Tiene 34 años, y lleva la mitad de su vida en el reciclaje. Conoce a Alejandra desde la pandemia. Dice que es una líder y que usa su formación como ingeniera y su posición para intentar mejoras. Sabe también de los conflictos que a veces tienen: "Yo sé que tienen un temperamento fuerte, son algo enojadas, pero es porque hay cosas que molestan pues y ellas van tratando que se mejore el trato al reciclador y que los derechos de los recicladores no se vean violentados".
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Cuscatancingo cambió, dice Alejandra. Ya no hace falta convencer a nadie de que el reciclador tiene un horario, un recorrido, un nombre.
Donde antes había desconfianza, hoy hay casi familiaridad. Pero el cambio más grande que le gustaría ver todavía no llegó: que separar los residuos deje de ser un gesto excepcional y se vuelva un hábito de todos, para que ningún reciclador tenga que meter la mano entre lo sucio a buscar una botella que alguien pudo haber separado antes.
Por eso, cuando alguien dice "los de la basura" en su presencia, Alejandra no deja pasar la frase: “Los de la basura es usted”, responde siempre. "Porque él no viene a sacar la basura. Cada quien saca sus residuos, entonces cada uno somos la basura, no ellos. Ellos andan intentando salvar un poco más el planeta de lo que ya está contaminado, y eso que nadie ve, que nadie hace, lo hacen ellos".