CULTURA

Nerea Pérez de las Heras: "El lesbianismo ocupa más espacio identitario en mi vida que la discapacidad"

Nerea Pérez de las Heras.

“Alerta, consciente, orientada”. Así describió el informe médico a Nerea Pérez de las Heras (Madrid, 1982) cuando ingresó en estado muy grave tras sufrir, mientras estaba de vacaciones, un accidente en un barco que terminó con la amputación de parte de su pierna. Tres años después publica Fantasma (Alfaguara), un libro en el que habla del duelo por la extremidad perdida, pero también de todo lo que vino después: aprender a habitar otro cuerpo, convivir con la discapacidad y asumir, de algún modo, una nueva condición de cíborg. Nerea habla deprisa, piensa deprisa y ha convertido una experiencia radicalmente íntima en un brillante alegato en defensa de los cuidados, la sanidad pública y el feminismo. Está recuperada, pero aquella fórmula hospitalaria sigue señalando bastante bien el lugar desde el que mira el mundo —aunque, como comprobarán, no necesariamente en el mismo orden—. El accidente ocurrió el 23 de julio de 2023, mientras España votaba en unas elecciones generales de las que acabaría saliendo un nuevo Gobierno de Pedro Sánchez. Y ese, el de la izquierda y su futuro, es otros de los melones qua abrimos en esta charla.

Consciente

(Dicho de una persona: que tiene conocimiento de algo o se da cuenta de ello, especialmente de los propios actos y sus consecuencias) 

Cuenta que ha salido dos veces del armario. La primera, cuando le dijo a sus padres que era lesbiana. La segunda, cuando tuvo que contarles que le habían amputado una pierna. ¿Qué fue más duro?  

La segunda. Mis padres son muy mayores. Tardaron un tiempo en encajar que era lesbiana, pero finalmente lo hicieron. Con el tiempo se dieron cuenta de que no era un disgusto, sino una característica más de mí. Pero la herida tan grande de una hija… Eso es otra cosa.  

Esa es una idea sobre el accidente que remarca varias veces en el libro: “¿Cómo les cuento a mis padres que no he sabido mantenerme entera?”.

Sí. Es lo mínimo, ¿no? En el libro uso ese recurso literario: me describo como una creación de mis padres. No como una propiedad, pero sí como una joyita a la que quieren mucho. Esa idea, aunque estaba alejada de la realidad, me resultaba muy poética. 

Afirma: “Armario para todas o para nadie”. ¿Qué significa?

El armario es una figura muy útil para hablar de las cosas que ocultamos a los demás y que, quizá, no deberían esconderse. No debería referirse sólo a tu naturaleza afectiva o sexual. Debería democratizarse: se puede salir del armario de tener una adicción o de tener un secreto. Para los heteros también puede resultar útil esa imagen de un lugar de oscuridad, silencio y pelusas en el que, en algún momento, hemos estado todos y todas, aunque no seamos homosexuales ni transexuales.

En Fantasma transforma una experiencia radicalmente íntima —el accidente, la amputación— en una reflexión política. ¿Cuándo entendió que lo que le había ocurrido trascendía su propia experiencia? ¿En qué momento lo personal se vuelve político? 

Constantemente. Cuando tienes conciencia política, como ocurre también con el feminismo, esa mirada acaba atravesando tu forma de percibirlo todo. Es una especie de sentido crítico, de estado de alerta permanente. Vivo las alegrías, los daños y todo lo que me llega del mundo desde un lugar personal, pero automáticamente lo proceso en términos políticos. No hubo un momento concreto ni una gran revelación: es una forma de mirar que tengo completamente incorporada a mi vida cotidiana.

En el libro habla de la actriz Sarah Bernhardt, a quien amputaron una pierna con 70 años y que siguió subiéndose a los escenarios. Más de un siglo después, muchas historias sobre personas con discapacidad siguen contándose desde el mismo lugar: “qué admirable”, “qué fortaleza”, “qué ejemplo de superación”. Vaya rollo, ¿no?

Sí. Y además es un enfoque bastante inútil, porque coloca todo el peso sobre la supuesta fortaleza de la persona discapacitada y apenas presta atención a su contexto, que es donde muchas veces está el verdadero problema. Cuando les escuchas dejando a un lado tus propias preconcepciones y proyecciones, muchos te cuentan que sus principales dificultades no tienen tanto que ver con sus cuerpos como con un entorno que no está pensado para ellas.

¿Hasta qué punto la discapacidad puede terminar convirtiéndose en identidad, en una etiqueta que eclipsa lo demás? 

En el libro hablo de Frida Kahlo precisamente para explicar cómo la discapacidad puede comerse todo lo demás. No tanto por la amputación, que llegó poco antes de su muerte, sino por el accidente que marcó su vida. El relato que hemos construido alrededor de Frida ha quedado prácticamente devorado por la herida. Y, sin embargo, era una pintora enormemente erudita, con muchísimos referentes y una conciencia muy clara de lo que estaba haciendo. No pintaba como terapia, o al menos no solo como terapia. Pero nos ha llegado un relato según el cual su obra nace casi exclusivamente del dolor, como si el arte hubiera brotado mágicamente de una herida. Es un relato más morboso, quizá más atractivo, pero sencillamente no es verdad.

¿Tiene miedo de que le ocurra eso?

Creo que, hasta cierto punto, puedo controlarlo. Hay una parte de la mirada de los demás que es inevitablemente incontrolable, pero intento hacer todo lo posible para seguir siendo percibida como una persona completa, con muchas facetas. Ahora mismo, de hecho, el lesbianismo ocupa mucho más espacio identitario en mi vida y en mi trabajo que la discapacidad. También porque llevo muchos más años siendo lesbiana que discapacitada y porque la conciencia de pertenencia a una comunidad necesita tiempo para construirse. Todavía me queda muchísimo por aprender, y las activistas anticapacitistas me lo hacen saber. Las escucho con mucha atención e intento acercarme a ese movimiento desde la humildad.

El lesbianismo ocupa mucho más espacio identitario en mi vida y en mi trabajo que la discapacidad.

Relata que su experiencia tras el accidente hubiera sido muy distinta sin ahorros, sin determinados trabajos o sin gente alrededor que pudiera sostenerla. ¿Enfermar o adquirir una discapacidad es una cuestión de clase?

Todo es una cuestión de clase: la salud, la obesidad, la autoestima, el sueño… El dinero te facilita la vida y por eso soy una firme defensora de la redistribución a través de los impuestos y de los servicios públicos, para que nuestra vida sea más cómoda. Me repele bastante cuando escucho quejas sobre los impuestos de gente a la que le sobra. Es indecente que tengan el morro de decirlo públicamente.

Es una férrea defensora de la sanidad pública: primero, al cuidar de sus padres dependientes y, después, al necesitarla tras el accidente. ¿Qué le diría a quienes hablan de privatización como si la salud fuera solo una cuestión de eficiencia y no de derechos?

En el momento en que entra el interés económico dejas de ser una ciudadana con derechos y pasas a ser una clienta. Y basta pensar en cómo funciona cualquier relación comercial: si no tienes dinero, fuera; si no eres rentable, fuera; si tu enfermedad es crónica, fuera; si tu tratamiento resulta demasiado caro, fuera. Un negocio puede prestar un servicio, pero nunca sustituir un derecho.

El duelo no se supera del todo; se metaboliza, se incorpora y aprendes a convivir con él

¿Piensa en el día del accidente?

Muy poco. Pienso mucho más en el hospital y, sobre todo, en el momento en que empieza realmente el duelo. Durante el accidente y la primera hospitalización estaba bastante enajenada, medio ausente, y es difícil volver mentalmente a un lugar en el que apenas estabas presente. Recuerdo mucho más la cicatrización, la convalecencia y todo lo que vino después, cuando ya tenía una conciencia mayor de lo que estaba ocurriendo. De alguna manera, además, todo eso sigue formando parte de mi vida cotidiana: continúo rodeada de muchas de las mismas personas, sigo viendo a mi ortopeda, sigo hablando con mi fisio. El duelo no se supera del todo; se metaboliza, se incorpora y aprendes a convivir con él. Es intermitente: hay días en los que está más presente y otros en los que apenas aparece, y eso se va modulando con el tiempo. Pero en el golpe en sí pienso poquísimo.

Alerta

(Atenta, vigilante) 

P. Hablaba de Frida Kahlo. En Fantasma cuenta cómo su imagen ha terminado convertida en un icono de un feminismo pop. ¿Cree que le ha ocurrido eso al propio feminismo, que al hacerse tan mainstream ha perdido parte de su capacidad política?

R. Ha entrado en las instituciones y, cuando eso ocurre, tienes que negociar, consensuar y hacer concesiones. Ya no puedes ser igual de revolucionaria porque estás constantemente gestionando el mal menor, intentando empujar hacia tu lado sin dejar de pactar. Pero el feminismo no es uno ni se reduce al plano institucional. Es una manera de mirar el mundo y un espacio crítico. Que haya existido —y siga existiendo— un Ministerio de Igualdad que haya empujado determinadas políticas no resta valor a una militancia feminista en la calle que sigue muy viva. Hay asociaciones y mujeres organizadas desde el antirracismo, el ecologismo, el anticapitalismo o el movimiento por la vivienda. Todo ese feminismo continúa fuera de las instituciones. Ese tejido social no nació en el Congreso de los Diputados. Una parte llegó hasta allí, pero el resto sigue en la calle.

Si el autoritarismo ha colocado al feminismo en el punto de mira, será por algo. Algo estaremos haciendo bien

 ¿Cómo se combate el discurso reaccionario que afirma que la lucha de las mujeres ha ido demasiado lejos? 

Es una trampa. Me preocupa que consigan convencer a la gente joven, pero es evidente que ese relato es una mentira. Se combate entendiendo qué es realmente el feminismo y, sobre todo, hasta qué punto resulta incómodo para el statu quo y para los liderazgos autoritarios. La enorme ofensiva contra el movimiento nos da, de hecho, la medida de lo peligroso que les resulta a Trump, De la Espriella, Milei… Son líderes conectados con los grandes poderes económicos, con los dueños de la tecnología, las grandes corporaciones, las petroleras, con quienes tienen una capacidad enorme para condicionar nuestras vidas. Si todo ese autoritarismo ha colocado al feminismo en el punto de mira, será por algo. Algo estaremos haciendo bien.

Con la crisis de Ceuta estamos viendo cómo la ultraderecha convierte el miedo a un falso enemigo —en este caso la inmigración, pero también las mujeres o el colectivo LGTBIQ+— en una herramienta política. ¿Qué le preocupa más: sus propuestas concretas o que esa manera de mirar al otro esté contaminando al resto de la sociedad?

Me preocupa todo. Incluso que quienes se dejan seducir por ese discurso nazi, por esa promesa de volver a un supuesto pasado glorioso —una España blanca, católica, heterosexual y de familia nuclear— estén persiguiendo un ideal que nunca va a existir. Y me preocupa especialmente que los primeros perjudicados vayan a ser precisamente esos jóvenes que hoy se sienten atraídos por ese relato. Ya lo vimos en Estados Unidos: muchos hombres latinos jóvenes votaron a Trump sin asumir que ellos también podían acabar siendo carne de cañón de ese sistema. En España pasa algo parecido. Hay chavales de clase trabajadora que se lanzan en brazos de la ultraderecha sin pensar que, si prosperan determinadas políticas fiscales y de recorte de lo público, quizá la quimioterapia de su abuela deje de estar garantizada. Esto no va solo de que las mujeres pierdan derechos, de que el colectivo LGTBIQ+ retroceda o de que los migrantes sean perseguidos. También te va a tocar a ti, porque eres clase trabajadora y porque formas parte de esa sociedad. 

Pero ¿dónde está la ultraizquierda, corazón? ¿Qué estamos nacionalizando, que yo me entere? ¿Qué medios de producción estamos expropiando?

Nunca ha ocultado que es de izquierdas. Pero con el panorama que tenemos… ¿hay esperanza?

Evidentemente, cuando estás en el poder te desgastas muchísimo. Creo que hemos tenido una izquierda del mal menor, muy poco valiente en ciertas cosas. Me hace mucha gracia porque se ha puesto de moda entre Ayuso y compañía hablar de “ultraizquierda”. Es como: "pero ¿dónde está la ultraizquierda, corazón? ¿Qué estamos nacionalizando, que yo me entere? ¿Qué medios de producción estamos expropiando? ¿Qué herencias estamos aboliendo?”. No existe esa propuesta A lo mejor, si existiera, estaríamos más ilusionados. Veo a la izquierda muy reactiva, muy poco enfocada en proponer y muy enfocada en resistir lo que se viene.

Orientada

(Alguien que está dirigido, encaminado o situado hacia un fin, una dirección o una posición específica)

“Sola no puedo, con amigas sí” es un lema feminista que, de algún modo, atraviesa el libro. ¿Qué papel han tenido sus amigas y su familia en todo este proceso?

A mí me han salvado la vida mi familia biológica, mi familia elegida y mi mujer. Las he conocido en su mejor versión. Son capaces de todo. Esto que se dice de “no sé cómo reaccionaría mi vecina en el fin del mundo, en el apocalipsis, en una película de desastres”... Bueno, pues yo sí lo sé. Y son perfectas. Mejor imposible.

Habla sobre el concepto de crip time, el “tiempo de las tullidas”: cuerpos que necesitan otros ritmos y que no responden al calendario productivo. ¿Qué hacemos con un mundo que, especialmente ahora con las redes sociales, nos exige estar productivas permanentemente?

Resistir, resistir, resistir. Y no hacerlo solas, sino con amigas. Si vivimos en un mundo que nos exige consumir constantemente, hay que contrarrestarlo con inteligencia y sentido crítico. Preguntarse: “¿Consumir qué y de quién? ¿De empresas que emplean a niñas para fabricar camisetas?”.

Se resiste colectivamente. Ya nos lo enseñaron nuestras abuelas: con un sindicato. Es la única manera

Pero hay mucha gente que no puede rebelarse…

No podemos ni nosotras. Yo me paso el día diciendo que estoy cansada. Al final, todas estamos sometidas al trabajo y a ese chantaje permanente entre trabajar y sobrevivir. Y el ritmo laboral es el que es. Eso no se resiste nunca en solitario. Se resiste colectivamente. Ya nos lo enseñaron nuestras abuelas: con un sindicato. Es la única manera.

Enarbola la bandera de lo colectivo, pero ¿cómo se sobrevive en una época que parece premiar el individualismo y la falta de empatía?

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No creo que sea tan así. Tenemos que dejar de insistir en que los jóvenes son nazis y machistas, porque es mentira. Los jóvenes pararon la universidad por Palestina el año pasado. No son idiotas y son muy diversos. Sí, hay algunos seducidos por el antifeminismo, pero son unos pocos. También hay otros que están en el mundo. Cuando hablo con la gente, pienso: Joder, la gente ni es tan racista, ni tan imbécil, ni tan cruel cuando estás hablando de tú a tú.

Un accidente en barco casi le cuesta la vida, ¿se ha reconciliado con el mar?

Sí, claro. Nunca llegué a pelearme con el mar. No me lo podía permitir, porque me gusta muchísimo. No tuvo la culpa de nada. Nadie la tuvo, pero muchísimo menos el mar. Me ha ayudado mucho en mi terapia y sigo disfrutándolo muchísimo. Además, es el medio en el que puedo moverme sin prótesis. Así que, claro, ¿cómo no lo voy a querer?

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