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El 'caso Cummings' ilustra la dependencia política de Boris Johnson

El asesor especial del primer ministro Boris Johnson, Dominic Cummings, sale de su casa en Londres.

Ludovic Lamant (Mediapart)

Dominic Cummings, estratega de la victoriosa campaña del Brexit en 2016, inventor del eficaz eslogan Get Brexit done” (Hagamos el Brexit) que aseguró el triunfo de Boris Johnson en las elecciones generales de 2019, parecía que siempre había sabido tomarle el pulso al enfado popular de la Inglaterra profunda contra la élite política de Westminster.

Pero desde el pasado lunes por la tarde y la asombrosa conferencia de prensa que dio, en camisa blanca y sentado al fondo del jardín de Downing Street, la residencia del primer ministro (ver abajo vídeo), el consejero Cummings cambió de campo de repente. Ahora da la impresión de entregarse a una “parodia hipócrita de esa clase política que él despreciaba anteriormente”, escribe el semanario The Economist.

El que David Cameron había llamado “psicópata de carrera” no dio excusas ni expresó remordimiento alguno. Dominic Cummings dijo que no había pensado en ningún momento en la posibilidad de dimitir. Lo único que admitió es que habría podido informar a Boris Johnson, su jefe, de su decisión de dejar Londres por algunos días en plena pandemia. Desde las primeras noticias de la prensa del viernes, en The Guardian y el Daily Mail, el asunto Cummings no ha parado de crecer hasta incluso debilitar las bases del gobierno Johnson, del que él es consejero especial. Este martes, un secretario de Estado, Douglas Ross, ha dimitido por su negativa a respaldar la continuidad de Cummings en su puesto. Decenas de diputados conservadores, al parecer desbordados por los comentarios de electores indignados procedentes de sus circunscripciones, también se han desmarcado. Incluso el Daily Mail, un periódico que apoya al gobierno, se pregunta: “¿En qué planeta viven?”.

En el centro de la polémica está el viaje privado que hizo Cummings a finales de marzo, en pleno confinamiento impuesto por el covid-19, desde su domicilio de Islington, en el Gran Londres, hasta la granja familiar de Durham, a 430 kms, en el norte de Inglaterra. Viajó en coche con su mujer, que presentaba síntomas del covid, y su hijo de cuatro años.

Este viaje va contra las normas de confinamiento fijado por el ejecutivo, según las cuales toda persona sospechosa de estar afectada por coronavirus debe permanecer en casa en cuarentena. Ninguna familia estaba autorizada, salvo por una razón imperiosa, a desplazarse por el país. Según la versión del diputado pro-Brexit Steve Baker, firmemente opuesto al consejero, es el mismo Cummings el que creó la principal consigna de seguridad de las autoridades en marzo: Stay at home (Quédate en casa).

Cummings se ha defendido explicando que temía caer enfermo él también –lo que efectivamente pasó– y que no se veía capaz de cuidar a su hijo en su casa de Londres. Decidieron entonces ir a Durham, donde tiene familiares. Pero el asunto se complicó aún más cuando un testigo dijo que vio a la familia de visita en Barnard Castle, una ciudad turística, famosa por sus ruinas, a una media hora en coche de allí. La justificación del interesado es que hizo ese viaje en coche, antes de regresar a Londres, para “probar su capacidad visual”, que pensaba que estaba afectada por el covid-19.

Cuando más de 37.000 personas han fallecido por el virus en el Reino Unido, las familias no pueden ver a sus allegados, no pueden ir a la maternidad a visitar a los recién nacidos ni tampoco asistir al entierro de uno de sus familiares, la escapada de la familia Cummings ha provocado indignación en una gran parte de la población británica. Durante su conferencia de prensa, Cummings dijo que comprendía el enfado de la gente, pero que los artículos de prensa que lo alimentaban no eran exactos, un argumento que tiene guasa cuando es conocida la cantidad de “falsas noticias” inventadas por Cummings y su equipo durante la campaña del Brexit.

Para Boris Johnson habría sido sencillo agradecer los servicios prestados de su consejero principal para poner fin al escándalo. Pero el primer ministro ha decidido apoyarle porque cree que Cummings había “seguido el instinto de cualquier padre o familiar”. Después de terminada la conferencia de prensa de Cummings, declaró que “me pareció que se trataba de alguien que prestaba atención a su familia, que hacía lo mejor para su familia”. El martes por la mañana, Michael Gove, que tuvo como consejero a Cummings mucho antes que Boris Johnson, cuando era secretario de Estado de Educación en el gobierno Cameron, ha sostenido el mismo tipo de argumentos.

De manera inesperada, algunos obispos y clérigos han criticado el apoyo de Johnson al considerar que “se había roto la confianza”. Más previsible ha sido la reacción del nuevo jefe de la oposición socialdemócrata, Keir Starmer, que se lo ha tomado más a pecho al declarar que “Boris Johnson ha tratado con desprecio a la población británica. Ha enviado un mensaje claro: hay unas reglas para mi consejero y otras reglas para el resto de la población”.

Para el columnista Owen Jones, en The Guardian, estas “dos varas de medir” para las clases sociales recuerdan el escándalo de los gastos parlamentarios indebidamente reclamados por algunos diputados en 2009 que indignó a la población británica, en plena política de austeridad. Incluso The Spectator, semanario conservador que cuenta con la mujer de Cummings como columnista destacada (que hace poco publicó un relato de su experiencia con el Covid, olvidando citar que se habían ido de Londres algunos días), pide también su dimisión.

“Por primera vez en su carrera, Johnson ha decidido mirar a los ojos a una mayoría clara de la población británica (…) para decir que no, que esta vez no puede darles lo que quieren”, resume Stephen Bush, editorialista del semanario de izquierdas New Statesman, convencido de que este asunto supone un giro en la percepción del ejecutivo británico, incluso para los que le han llevado al poder, especialmente los electores del norte de Inglaterra, muchos de ellos gente mayor que ha respetado escrupulosamente las consignas del confinamiento.

Este asunto subraya una vez más la extrema dependencia de Johnson de su consejero político, llamado a veces el “mal genio” del primer ministro. Algunos hablan de él como un híbrido “entre Maquiavelo y Rasputín” (leer aquí el análisis de Christian Salmon en Mediapart sobre los clichés periodísticos utilizados para hablar de la pareja Johnson/Cummings). Otros observadores atentos habían señalado no obstante hasta qué punto Cummings estaba lejos de ganar, dentro del ejecutivo, todas las batallas que había comenzado desde el principio del año. Recientemente fue desaprobado por Johnson, por ejemplo, en el debate sobre el papel de la empresa china Huawei en el desarrollo del 5G en el Reino Unido.

Son evidentes las razones de la crisis de pánico del gobierno”, escribe Owen Jones. “Boris Johnson no cree que pueda sobrevivir a lo que le espera”. Con “lo que le espera” se refiere al examen público de la gestión del covid-19 en el Reino Unido: un confinamiento decretado con semanas de retraso respecto a otros países europeos, una falta flagrante de pruebas rápidas y mascarillas, hospitales desbordados y, al final, el resultado más mortífero de Europa.

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Traducción de Miguel López.

Texto original en francés.

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