El drama de las mujeres mayores ante la violencia machista: “Marcharse sería como perderlo todo”

Fotomontaje de Mediapart.

Audrey Guiller y Nolwenn Weiler (Mediapart)

“No se tiene suficientemente en cuenta que la violencia de género no desaparece con la edad”. Élisabeth Liotard, directora de la asociación Viffil-SOS Femmes, constata a diario hasta qué punto este fenómeno sigue siendo, en gran medida, invisible.

Los estudios dedicados a este tema son escasos y se han llevado a cabo, sobre todo, en las regiones francesas de La Reunión y en Nueva Aquitania. “Las grandes encuestas nacionales sobre la violencia han excluido a las mujeres mayores de sus muestras”, subraya Lucie Richard-Bergereau, responsable del proyecto para personas mayores en el Centro de Información sobre los Derechos de las Mujeres y las Familias (CIDFF) de París, que actualmente lleva a cabo un estudio sobre esta cuestión.

La mayoría de ellas pasan desapercibidas para las asociaciones, el personal sanitario y los trabajadores y trabajadoras sociales. “En el CIDFF de París, solo representan el 4% de las personas que atendemos”, añade Richard-Bergereau.

Pero las mujeres mayores también sufren violencia física, psicológica y sexual, así como violencia económica, o incluso son víctimas de feminicidios. Mediapart ha recopilado los testimonios de Josy y Geneviève, ambas de 76 años, que ilustran hasta qué punto la edad añade numerosos obstáculos.

En primer lugar, porque la violencia suele prolongarse durante décadas. “Tenía 18 años y acababa de dar a luz a una niña que falleció poco después de nacer cuando recibí mi primera bofetada”, cuenta Josy. “Tuve dos hijos más. La violencia psicológica se intensificó: no servía para nada, todo era culpa mía. Luego, mi marido empezó a ser violento físicamente conmigo y con mi hijo”.

“Después de que los niños se fueron, él se negaba a que vinieran a casa, así que los veía en un aparcamiento. Ya de mayor, llegó a morderme hasta hacerme sangrar”, confiesa. A los 60 años, acabó “sumergiéndose en el voluntariado para huir de casa y de la violencia”.

Geneviève, por su parte, comprendió muy pronto que no sería feliz con su marido, a quien conoció a los 32 años. “En poco tiempo, nos aisló de mi familia. No quería ni salir ni viajar. Cuando se fue nuestra hija, dio un giro radical. Ya no quería que cocinara porque era ‘asqueroso’. Dejó de hacer cualquier actividad conmigo y puso la casa patas arriba. Me menosprecia constantemente, me amenaza y me grita. Me ha hecho perder las ganas de vivir”.

Atrapadas por su educación

Cuando se sufre violencia durante 30 o 40 años, “se vuelve muy difícil identificarla”, explica Élisabeth Liotard, de Viffil-SOS Femmes. “Acaban pareciéndoles normales. De tanto ser menospreciadas, estas mujeres ya no confían en su propio criterio”.

El estudio realizado en La Reunión muestra la magnitud de las consecuencias de la violencia prolongada: el 53% de las víctimas padecen depresión y el 75%, síndrome de estrés postraumático.

Estas mujeres pertenecen a una generación que más ha interiorizado las relaciones de dominación como algo normal. “Me decía a mí misma que la vida en pareja era eso”, recuerda Josy. “Ni en casa ni con nuestra hija hizo mi marido nunca nada. Para él, él era el hombre y yo solo existía para servirle. A mí me educaron con la idea del deber, de que había que respetar las normas”, cuenta Geneviève.

Algunos profesionales sanitarios nos cuentan que temen que una paciente, al darse cuenta de repente de que lleva cuarenta años sufriendo violencia, se hunda psíquicamente

Lucie Richard-Bergereau, responsable del proyecto para personas mayores en el CIDFF de París

“A algunas mujeres mayores les cuesta concebir el divorcio”, recuerda Pauline Georges, coordinadora de Solidarité Femmes 72. “Han interiorizado que el cabeza de familia lo decidía todo. Así que marcharse…”.

Geneviève coincide: “No tengo confianza en mí misma, me da miedo hacer cualquier cosa por mi cuenta. Siempre he sentido la necesidad de tener a un hombre que me protegiera”. Y Josy añade: “Mis amigas, mis hijos y mi médico me dijeron que tenía que marcharme. Ya no tenía ganas de comer, ni de vivir, pero me negaba a aceptarlo”.

“Algunas barreras provenían de mi educación”, cuenta Josy. “Nos inculcaron que nos casábamos para lo bueno y para lo malo. Por eso acabamos encontrando aceptable lo malo”. También menciona la influencia de la religión. “Como me quedé embarazada antes de casarme, pensaba que debía ser castigada. Los golpes eran como una forma de redimirme”.

El aislamiento constituye otro obstáculo importante. “La jubilación o la marcha de los hijos son momentos especialmente delicados”, explica Richard-Bergereau, del CIDFF de París. “Las mujeres pasan más tiempo a solas con su cónyuge violento. Como muchas de ellas tienen menos familiaridad con las herramientas digitales, también disponen de menos interacciones sociales para hablar o pedir ayuda”.

Tanto para Josy como para Geneviève, fue al participar en grupos de apoyo cuando comprendieron lo que estaban viviendo. “Ahí fue donde empecé a rebelarme”, afirma Josy.

Geneviève añade que “para su generación”, pedir ayuda no es nada fácil. “No hay que molestar a los demás”. Y, además, los profesionales no siempre están preparados para plantear la cuestión de la violencia. “Existe demasiada cautela en preguntar a las mujeres mayores”, observa Richard-Bergereau. “¿Es por pudor? Algunos profesionales sanitarios nos dicen que temen que una paciente, al darse cuenta de repente de que lleva 40 años sufriendo violencia, se hunda psicológicamente”.

Las asociaciones reconocen que deben adaptar sus prácticas. “Nos comunicamos mucho a través de Instagram y de otras redes sociales”, señala Richard-Bergereau. En Sarthe, Pauline Georges da ahora prioridad a las entrevistas en la prensa local y a las acciones en el medio rural, “en contacto con mujeres que tienen dificultades de movilidad”.

Condicionadas por la fuerza de los valores interiorizados

Incluso para las mujeres que logran hablar y ser escuchadas, encontrar los medios materiales para separarse de un marido violento suele ser difícil. “Se trata de una generación de mujeres que han trabajado poco, por lo que sus derechos de jubilación son escasos”, señala Richard-Bergereau. “Por lo general, los bienes adquiridos están a nombre de los maridos y, si la violencia se prolonga desde hace años, es posible que se les haya privado del acceso a su propio dinero”.

Mientras se planteaba el divorcio, Josy se preguntaba cómo iba a pagar el alquiler, con “menos de 1.000 euros de pensión al mes”. El miedo a la soledad y a la opinión de la familia o los allegados son otros obstáculos para marcharse. “A los 75 años, dejar a tu marido significa dejar tu casa, tus recuerdos, todas tus costumbres”, añade Pauline Georges. “Es perder todo un mundo y la propia identidad”.

A veces, la fuerza de los valores interiorizados, junto con esa obligación de estar “al servicio de”, también impide que las mujeres víctimas de violencia se marchen, incluso cuando tienen cierta independencia económica, como es el caso de Geneviève, propietaria de la vivienda de la pareja y con una cuenta bancaria personal: “He iniciado un proceso de divorcio y me he puesto en contacto con trabajadores sociales para saber cómo podrá vivir mi marido, porque me siento culpable ante la idea de dejarlo en la calle”.

La culpa también agobia a las mujeres cuidadoras víctimas de violencia, que se preocupan por el futuro de su marido, sobre todo si no tienen medios para pagar una plaza en una institución. Otras se preguntan si realmente merece la pena marcharse.

No creía que fuera posible otra vida. Y entonces conocí a alguien. Yo pensaba que ya era demasiado tarde, pero hoy tengo ganas de vivir

Josy, superviviente de violencia doméstica

Reconstruir una vida social no es tan fácil a los 70 años como a los 30, señalan Pauline Georges y Élisabeth Liotard. “Las mujeres más jóvenes que han sido víctimas a veces se imaginan una nueva vida en pareja”, dice Geneviève. “Yo, a mi edad, quiero quedarme sola y tranquila”.

Según Pauline Georges, “es fundamental acompañar a las mujeres mayores que deciden marcharse”. La historia de Josy le da la razón: “El día en que me fui, tenía preparadas unas maletas y las había escondido. Cuando mi marido nos vio, nos amenazó con unas tijeras. Mi nieta llamó a la policía; ellos ya estaban al corriente. Me habían advertido de que ese día sería peligroso. Vinieron ocho agentes”.

Para que una mujer mayor víctima de violencia de género se atreva a marcharse, parece decisiva la ayuda de una tercera persona. “Mi médico me dijo que había que dejar de pensarlo, que había que pasar a la acción”, cuenta Geneviève, que siempre se ha sentido apoyada por los asistentes con los que ha tratado.

Pero “no siempre es así”, señala Pauline Georges, quien considera que “hay que realizar una verdadera labor de formación entre los trabajadores sociales”, sobre todo porque las mujeres mayores tienen mucho contacto con ellos. Los cuidadores a domicilio, los responsables de los expedientes de jubilación o los audioprotesistas son profesionales que podrían detectar la violencia, siempre que reciban la formación adecuada.

¿Qué hacer con los hombres mayores violentos?

Las mujeres que han decidido marcharse destacan la importancia de sus amigas, hijos y asociaciones. “He conseguido superar mi miedo gracias a mis hijos, mis nietos, el trabajo personal, mi grupo de apoyo, mis amigos y una trabajadora social”, enumera Josy. “No creía que fuera posible otra vida. Y entonces conocí a alguien. Yo creía que ya era demasiado tarde, pero hoy tengo ganas de vivir”.

“Algunos hijos, normalmente las hijas de las mujeres víctimas, harán todo lo posible por proteger a su madre, igual que las madres protectoras hacen con sus hijos víctimas de incesto”, señala Lucie Richard-Bergereau. “Pero los profesionales pueden responder: ‘Tu madre es mayor de edad, no podemos hacer gran cosa’”.

Otra dificultad más: nadie está en condiciones de ofrecer un alojamiento aceptable a estas mujeres. “Hemos constatado cómo los centros colectivos de acogida de emergencia resultaban inadecuados para su edad y sus dificultades físicas”, relata Pauline Georges.

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Por último, queda una cuestión crucial: ¿qué hacer con los hombres mayores violentos? Josy, por ejemplo, no quiere “enviar” a su exmarido a la cárcel. “Si este hombre ingresa en una residencia de mayores, corre el riesgo de causar nuevas víctimas allí”, señala Lucie Richard-Bergereau. “Y, por parte de la policía y la justicia, nos dicen que es difícil detenerlos y iniciar un procesamiento. Aquí se ve claramente que se trata de un auténtico problema social”.

Caja negra

Los testimonios de las mujeres víctimas se han recopilado gracias a la mediación de Solidarité Femmes y la asociación AIEM.

Traducción de Miguel López

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