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La juventud palestina se fija en el modelo de lucha contra el 'apartheid'

Muro de separación entre Israel y los territorios palestinos, en Belén.

En apariencia no ha cambiado nada, pero en el fondo ha cambiado todo. La decisión de Donald Trump de trasladar la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén, anunciada en diciembre de 2017, aun cuando no sea más que una gota de agua en el interminable y mal llamado “proceso de paz” entre israelíes y palestinos bajo égida americana, ha tenido un efecto de precipitación, en el sentido químico del término.

“Las declaraciones de Trump han revelado la verdadera naturaleza del plan de Washington, que no concederá nunca un Estado a los palestinos”, dice Jalil Shikaki, profesor de Ciencias Políticas y director del Palestinian Center for Policy and Survey Research (PCPSR), con sede en Ramala, capital de la Autoridad Palestina. “Supone el comienzo de la ruta de las negociaciones árabe-israelíes”.

En similares términos se expresa Menachem Klein, profesor de la Universidad de Bar-Ilan y antiguo “negociador de paz” del Gobierno israelí, próximo a la izquierda: “La decisión de Trump supone una verdadera conmoción, marca el final de un ciclo iniciado hace 40 años cuando, en 1977, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se dirigió a Estados Unidos para solicitarle que ejerciera de mediador en el conflicto con Israel”.

La derecha israelí está en la misma longitud de onda, aunque hable en otros términos, como sugiere Emmanuel Navon, politólogo, profesor en la Universidad de Tel Aviv y excandidato del Likud en las legislativas: “Sabemos desde hace mucho tiempo que nuestra capital es la ciudad de Jerusalén, así que no tenemos razones particulares para emocionarnos con el anuncio de Trump. En cuanto a los que dicen que ‘la decisión va a desestabilizar la región’, no resultan serios. ¡Esta destruida desde 2011!’. Dicho de otro modo, el presidente de Estados Unidos ha reconocido una situación de facto que solo los ciegos o los inocentes no querían ver.

Si bien es cierto que, para Israel, la actitud de la Administración norteamericana no hace más que reconfortarlo en su política de instalación de colonias en los territorios palestinos y de separación mediante un muro y con controles reforzados, validando así 15 años de políticas expansionistas (con Ariel Sharon y después con Benjamin Netanyahu), plantea un dilema singular para los palestinos. Desde los acuerdos de Oslo (1993-95), los palestinos han vivido con la idea de que conseguirían a largo plazo su propio Estado en Cisjordania y en Gaza. Incluso si esta ambición parecía cada vez más una ilusión por la fragmentación territorial de los israelíes, era –y sigue siéndolo– el paradigma principal de la Autoridad Palestina y de su antiguo líder Mahmud Abás, de 82 años.

Pero he aquí esta “solución de dos Estados”, Israel y Palestina –que viven pacíficamente uno junto al otro– ahora se parece a una paloma agonizante. Y una generación de jóvenes (y no tan jóvenes) palestinos aboga por una solución radical: un único Estado, Israel, en el que pueden vivir israelíes y palestinos en igualdad de condiciones. Esta hipótesis no es nueva, existía antes incluso de la creación del Estado de Israel en 1948 y hace más de una década que la viene defendiendo un cierto número de intelectuales. Sin embargo, vuelve ahora con fuerza y puede convertirse en la nueva línea política de los jóvenes palestinos (el 70% de ellos tienen menos de 30 años).

Hamada Jaber, de apenas 30 años, forma parte de esta nueva generación que no ve más que los fracasos del proceso de Oslo y ninguna perspectiva. La entrevista se mantiene en una cafetería moderna de Ramala que hace olvidar las hileras de edificios grises construidos a toda prisa en esta capital erigida sobre pilares. “La solución de un Estado es hoy la que tiene más posibilidades. Hay que acabar con la ficción de un Estado palestino, ya no es posible”.

Sus afirmaciones se basan en los sondeos de opinión realizados por el PCPSR, que muestran una importante progresión del número de palestinos que dicen ser favorables a la solución de un solo Estado. Ahora un tercio de los entrevistados aseguran estar a favor de esta vía (frente al 25% de hace unos años) y la proporción es cada vez más importante entre los jóvenes. Al mismo tiempo, el porcentaje de aquellos que sólo apuestan por los dos Estados no deja de disminuir.

Para Jalil Shikaki, responsable de estos sondeos, “la juventud palestina piensa: ‘Lo hemos intentado con la violencia, no ha funcionado; lo hemos intentado con la diplomacia, no ha funcionado; ahora hay que intentar otra cosa y el combate futuro ya no es el de la independencia, sino el de la igualdad en un Estado único”. El apoyo creciente de la salida que pasa por un Estado único surge del hecho de descartar la solución de los dos Estados”.

Hamada Jaber coincide y, por supuesto, sale a colación la palabra con una "a" mayúscula que cada vez se pronuncia más abiertamente, también entre cierto número de israelíes. “Ya vivimos ya bajo un sistema de apartheid, por lo tanto es conveniente reconocerlo; creemos un único Estado e iniciemos nuestro combate contra él, como hicieron los sudafricanos de color y sus aliados”.

En su discurso ante el consejo central de la OLP de mediados de enero de 2018, el presidente de la Autoridad Palestina Mahmud Abbas, habitualmente moderado y tranquilo, denunció con dureza la política de la Administración americana, ratificó la muerte de Oslo y anunció que no participaría más en nuevas negociaciones, a la vista de las posiciones israelíes y americanas. Pero se quedó ahí y sin disolver la Autoridad Palestina, lo que habría supuesto la conclusión lógica de su argumentación sobre la muerte del proceso de paz dirigido a crear dos Estados.

“Abbas ofreció un excelente análisis, pero no actuó consecuentemente”, dice un dirigente de Al Fatá, el partido de Abás, que prefiere no revelar su identidad para no herir las sensibilidades de sus camaradas. “Si Oslo está muerto, hay que disolver la Autoridad Palestina y dejar a los israelíes ocuparse de las cuestiones de seguridad, los servicios públicos y de todo lo que les atañe, según las leyes internacionales sobre los deberes de las potencias ocupantes”.

Estado de apartheid y un Estado democrático

A los que se preocupan por la reacción violenta que podría surgir en Palestina si los soldados israelíes regresan, con blindados, a las ciudades que dejaron de controlar después de la firma de los acuerdos de Oslo, prefiriendo refugiarse detrás de un muro y de los puestos fronterizos, Hamada Jaber simplemente les responde: “Es una farsa, los soldados israelíes nunca han dejado los territorios palestinos: llevan a cabo incursiones casi diarias en cuanto hay un problema. Esto no cambiaría nada para nosotros, sólo sufriría la imagen de los israelíes”.

Es evidente que, del lado israelí, esta solución de un Estado no resulta seductora. “Un Estado binacional no nos interesa en absoluto”, admite sin ambages Emmanuel Navon. Porque, dados los equilibrios demográficos, muy discutidos a un lado y otro, Israel tiene hoy 8,5 millones de habitantes (de los que el 75% son judíos, es decir, 6,5 milliones, y el 20% árabes, es decir,1,7 milliones) y Palestina cinco millones.

Por tanto, un Estado único incluiría un número casi igual de judíos que de árabes (esencialmente musulmanes), el carácter judío de Israel se vería cuestionado y la celebración de elecciones libres –en las que todos los ciudadanos pudieran votar– podría suponer la elección de un jefe de Gobierno palestino. De ahí la alternativa que a menudo se presenta a los israelíes: vivir en un Estado judío o en un Estado democrático...

Para Emmanuel Navon, incluso el establecimiento de reglas estrictas de representatividad para preservar el pluralismo y los derechos de todas las comunidades en un Estado binacional, “desembocaría en un sistema a la libanesa, pero peor, dado que al menos en Líbano todos los ciudadanos son árabes. Por tanto, descartamos por completo iniciar esta vía”.

Las nuevas generaciones de palestinos lo han entendido bien y quieren forzar a Israel a elegir entre judaísmo y democracia y a soportar las consecuencias de la opinión internacional. Para ellos, el modelo ya está escrito: el de la lucha no violenta vivido Sudáfrica en la segunda mitad del siglo XX hasta la abolición del apartheid. Supone reclamar los mismos derechos para todos los ciudadanos, manifestarse contra las injusticias y apelar a la opinión pública extranjera reclamando un boicot y sanciones mientras no exista igualdad real entre israelíes y palestinos.

En esta marco, la campaña BDS (siglas de Boicot, Desinversión y Sanciones), que existe desde hace 12 años, se convertiría en uno de los vectores principales de la lucha de los palestinos. Según Omar Barghouti, uno de sus artífices, la comunidad internacional es uno de los elementos fundamentales para conseguir que se mueva el Gobierno de Israel: “Por ejemplo, le preguntamos a los franceses, que tienen otras preocupaciones: ‘¿Estáis a favor de un Estado militarizado, ultraprotector, extremadamente desigual y que niega los derechos humanos o queréis presionar a éste para cambiar su política? El combate BDS es un combate interseccional, de gente víctima de múltiples opresiones, en favor de pueblo, los palestinos, a los que se trata como humanos sólo en parte, en el sentido en que sólo se les reconocen determinados derechos, no todos los derechos humanos”.

Israel, con su trayectoria (el antisemitismo y el Holocausto, por supuesto, pero también cierta proximidad culpable con el régimen sudafricano en los años 70 y 80) siempre ha reaccionado con vehemencia a las acusaciones de apartheid y a las llamadas al boicot. A comienzos de enero de 2018, la prensa israelí reveló que los miembros o los simpatizantes de una docena de organizaciones que apoyan la campaña BDS ahora habían sido declaradas personas non gratas en Israel. “Es maccarthysmo 2.0”, dice Omar Barghouti. El maccarthysmo americano de los años 50 exigía lealtad a un país, Estados Unidos, pero el Gobierno de Netanyahu pide lealtad a una política, la de la ultraderecha israelí y no a un país”.

Para Daniel Bar-Tal, gran sociólogo y psicólogo israelí especialista en conflictos, “la elección entre un Estado de apartheid y un estado democrático interesa a los israelíes. Quizás acabemos con la discriminación y pasemos a ser como Sudáfrica en unos años. Entonces Israel será castigado por eso, mediante sanciones y boicots, y el combate para salir llevará años. La idea de un estado binacional siempre ha existido, pero ahora es factible dada la realidad sobre el terreno”.

“El Gobierno de Netanyahu y los principales dirigentes actuales no comprenden el Zeitgeist [el espíritu del tiempo] sobre los derechos humanos y las libertades cívicas. Pero tenemos ahora la izquierda y una parte de la ultraderecha, con argumentos diferentes, abogan a favor de un solo Estado. Algunos dirigentes de los colonos sueñan efectivamente con un gran Israel, pero saben también que ya no estamos en el siglo XIX y que el apartheid no podrá funcionar”, continúa.

Mientras la izquierda israelí adopta un punto de vista moral sobre la cuestión binacional, la derecha razona en términos de cifras. La cuestión demográfica ya no está tan clara hoy como hace diez años: la natalidad palestina baja, mientras que la de los israelíes, en concreto la de los colonos, sube. Lo que a menudo se ha dado en llamar la guerra de los vientres ya no resulta desfavorable a los israelíes, lo que lleva a algunos judíos mesiánicos a querer materializar el Gran Israel, concediendo derechos iguales a los palestinos con la convicción de que seguirán siendo minoritarios.

La otra hipótesis, que nunca se ha negociado oficialmente pero que algunos responsables admiten en privado, como este consejero de la derecha de la Knesset (Parlamento), consiste en “deshacerse de Gaza e integrar Cisjordania en Israel; así tendremos un balance demográfico que nos es muy favorable a corto y medio plazo. A largo plazo, ya veremos”. Nadie se aventura a adivinar la suerte de dos millones de habitantes de Gaza, pero el Gobierno de Israel no ha ocultado nunca que le gustaría devolver este territorio a Egipto.

Todo esto parecen movimientos en un tablero. Hoy como casi siempre, la llave se encuentra en las manos de los Gobiernos israelíes. Durante 25 años, han fingido querer la creación de un Estado palestino, mientras hacían que resultase imposible sobre el terreno (las colonias impiden un Estado viable que no sea un mero bantustán).  Ahora, gestionan el statu quo, manteniendo su ventaja y esforzándose por contener el enfado palestino, a base de represión aquí y descarga allí (permiso de trabajo, paso de mercancía, autorización de infraestructuras, como la instalación de 3G en Cisjordania recientemente).

Pero el statu quo no podrá perdurar indefinidamente, ahora que ya no hay nada que negociar, tal y como creen los jóvenes palestino. Y si, por el contrario, se lleva a cabo un cambio completo de paradigma con la emergencia de un movimiento palestino a favor de la igualdad de derechos en un Estado único, será Israel quien esté obligado a repensar su estrategia. Rechazar la igualdad de derechos humanos ya no es lo mismo que rechazar la creación de un Estado vecino. _______

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

 

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