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Las respuestas que rehúyen los partidarios de la reactivación nuclear en plena escalada de precios de la energía

Campaña de Greenpeace frente a la central nuclear de Almaraz.

Jade Lindgaard (Mediapart)

Los residuos nucleares pueden ser el único rastro de nuestra civilización que quede en 100.000 años. Este pensamiento, expresado por responsables suecos de seguridad nuclear en el documental Into Eternity, sobre el enterramiento de paquetes radiactivos en Finlandia, da idea del problema.

Cada segundo de producción de electricidad en las centrales nucleares produce nuevos residuos. Cada vez que se desmantela un reactor, también; porque estos equipamientos son muy radiactivos tras décadas de uso. Y sin embargo, este tema ineludible estará ausente en los discursos de quienes defienden la reactivación de la energía nuclear en nombre de la acción climática. En el Consejo Europeo que se celebra los días 21 y 22 de octubre se abordará la producción de energía, en un contexto de subida de los precios del gas, la gasolina y la electricidad. Pero no habrá tiempo para los residuos nucleares.

Los residuos “de alta actividad”, los más radiactivos, tienen una vida infinitamente superior al tiempo de una existencia humana: varios miles, varios cientos de miles o varios millones de años, como explica Delphine Pellegrini, subdirectora de la oficina de peritaje e investigación sobre las instalaciones de almacenamiento del IRSN (Instituto de Protección Radiológica y Seguridad Nuclear). Por ejemplo, el neptunio 237, el producto de fisión más abundante, tiene el período radiactivo más largo: dos millones de años. El Pu 239, un isótopo del plutonio, tiene una vida útil de más de 24.000 años.

Los combustibles compuestos de pastillas de uranio, que permiten a las centrales nucleares producir enormes volúmenes de electricidad, se consideran “usados” tras tres o cuatro años de uso. Después se retiran de los reactores y se colocan en una piscina de refrigeración durante unos 60 años. Pero siguen emitiendo grandes cantidades de radiación, muy peligrosa para el ser humano y su entorno, durante decenas de miles de años. El agua en la que se sumergen sirve de barrera de protección radiológica y permite que se enfríen. Pero sin protección contra la radiación, la tasa de dosis de los conjuntos de combustible usados puede aumentar de 1 a 100 grays por hora tras diez años de enfriamiento, explican los autores del Informe Mundial sobre Residuos Nucleares(World Nuclear Waste Report).

El gray es una unidad de medida utilizada en la industria nuclear para medir la peligrosidad de la radiación. Una dosis de 4 a 5 grays se considera letal. Así, un elemento de combustible usado, recién descargado de un reactor, sin protección, proporciona una dosis letal a un metro en menos de un minuto. La radiactividad del combustible usado es 100 millones de veces mayor que la de las pastillas de uranio nuevas. Sin embargo, la Agencia Internacional de la Energía estimó en 2010 que la cantidad de combustible nuclear usado en el mundo era de 340.000 toneladas de metal pesado (la unidad utilizada para presentar las cantidades de material radiactivo).

En su discurso sobre el plan de inversiones Francia 2030, Emmanuel Macron anunció una inversión de 1.000 millones de euros para “desarrollar tecnologías de vanguardia” y, en particular, “pequeños reactores nucleares”, sin ninguna propuesta específica sobre los residuos.

En Francia, la investigación pública sobre el centro de almacenamiento geológico profundo de residuos radiactivos Cigéo, cerca de Bure [noreste de Francia], concluye el 23 de octubre. Casi no ha sido objeto de declaraciones públicas por parte de las numerosas figuras políticas aspirantes a presentarse a las presidenciales. La ministra para la Transición Ecológica, Barbara Pompili, responsable de la energía y la seguridad nuclear, no ha promovido ningún debate público al respecto. El problema es que este proyecto de almacenamiento de los restos más radiactivos y peligrosos del sistema nuclear nacional, a 500 metros bajo tierra, para las siguientes decenas de miles de años, es esencial para la industria electro-nuclear francesa.

En la actualidad, la mayor parte de los residuos radiactivos se almacenan en la planta de Orano (Mancha, norte de Francia). Pero está llena y se calcula que alcanzará la saturación en 2030, a lo sumo. Electricidad de Francia (EDF), Orano y la Comisión de Energía Atómica y Energías Alternativas (CEA) son los principales productores de residuos nucleares en Francia. A finales de 2018, la agencia nacional francesa de gestión de residuos radiactivos, Andra, estimó la cantidad de residuos de alta actividad en 3.880 m3.

Si Cigéo se autoriza y entra en funcionamiento, envíos con sustancias ultrarradioactivas, vitrificados y encerrados en contenedores sellados, tendrán que atravesar Francia durante aproximadamente un siglo para su enterramiento en las galerías subterráneas de Lorena durante decenas de miles de años.

¿Es buena idea enterrar tanto material peligroso en un solo lugar, en la corteza terrestre? ¿Cuáles son los riesgos para los trabajadores que conducirán estos trenes y manipularán estos envíos? ¿Para los habitantes de las zonas por las que pasarán estos trenes? ¿Para los que viven cerca del futuro centro? ¿Se han cumplido las condiciones necesarias para un debate democrático, cuando sabemos hasta qué punto la oposición a Cigéo ha sido objeto de represión judicial y acoso policial?

Estas cuestiones no parecen preocupar a mucha gente fuera del sector y de los círculos activistas. Sin embargo, tienen un alcance mundial. Y hasta la fecha, ningún Estado ha encontrado respuestas duraderas a las mismas.

Ningún país ha conseguido todavía llevar a cabo el enterramiento profundo de los restos radiactivos de su sistema nuclear. Estados Unidos cuenta con un vertedero profundo, el Waste Isolation Pilot Plant (WIPP), en Nuevo México. Pero sólo contiene residuos de larga duración procedentes del sector militar. En 2014, sufrió un grave incendio que provocó su cierre durante tres años. El anterior proyecto de Yucca Mountain fue abandonado.

Por lo tanto, no hay garantía de que esta técnica sea viable en la actualidad. Sólo Francia, Suecia y Finlandia han elegido oficialmente un lugar. Finlandia es el país más avanzado en esta tecnología, con un emplazamiento actualmente en construcción en Onkalo, cerca de la central eléctrica de Olkiluoto, al sur de su costa occidental. Se trata de la única obra que se está llevando a cabo en el mundo para construir un almacén subterráneo permanente.

Los países que han optado por el almacenamiento geológico profundo pretenden hacerlo en granito: Finlandia, Suecia, Canadá, Estados Unidos y China, según la revista Global Chance. Hasta ahora, Francia es el único país que ha elegido la arcilla.

Francia presenta otra particularidad económica: es el único Estado, junto con Rusia en menor medida, que reprocesa el combustible gastado para producir plutonio. El reprocesamiento de residuos consiste en separar los distintos componentes del combustible nuclear usado: uranio, plutonio y productos de fisión. Se utiliza para fabricar otro tipo de combustible, el MOX (combustible de óxido mixto), que se utiliza en algunas centrales nucleares. Pero los residuos resultantes de la irradiación del MOX son aún más radiactivos y peligrosos que los demás; una vez utilizado el MOX, sus residuos requieren otro siglo de almacenamiento en una piscina, explica el  informe World Nuclear Waste. Los activistas anti-Cigéo acusan al enterramiento de hacer invisibles los residuos y, por tanto, de hacer aceptable uno de los más graves callejones sin salida nucleares.

El “eclipse del público” en favor de los expertos

¿Existen alternativas? “En otros países con centrales nucleares, el combustible irradiado no se reprocesa y constituye el residuo final para el que se plantea el problema de la gestión a largo plazo”, explica el físico Bernard Laponche. “Mientras tanto, el combustible irradiado, tras unos años en una piscina cerca de los reactores, se almacena en contenedores de acero y hormigón en el emplazamiento de la central”, prosigue el especialista, según el cual “este sistema de almacenamiento es muy elaborado, en contenedores de muy alta calidad suministrados en particular por Orano, y puede durar más de 100 años”. En su opinión, “la cuestión del almacenamiento definitivo existe, pero... hay tiempo”. Este almacenamiento en seco es lo que reclamaban las ONG en Francia. En Bure y alrededores, los activistas contrarios a Cigéo exigen el abandono de la energía nuclear. Y han organizado una jornada de movilización para el sábado 23 de octubre, una vez concluida la investigación pública.

Más alla de los aspectos técnicos y económicos –según el Tribunal francés de Cuentas, el coste de la gestión de los residuos radiactivos asciende a 32.000 millones de euros, y el Gobierno ha cifrado el coste de Cigéo en 25.000 millones de euros según un cálculo opaco–, el vertiginoso asunto de los residuos nucleares se topa con un muro democrático. Los autores del informe World Nuclear Waste señalan que “un enfoque puramente científico y técnico no responde a los retos que plantean estos programas de alto riesgo”. Sostienen que hay que dar importancia a la “gobernanza” de estos proyectos, a la “coconstrucción” de las políticas de gestión y eliminación de residuos y al “papel de las comunidades afectadas”.

A principios del siglo XX, el filósofo estadounidense John Dewey se preocupaba por el “eclipse de lo público” en favor de una nueva categoría profesional: los expertos certificados que pueden sumirse en la complejidad sociotécnica, explica la socióloga Geneviève Pruvost en su libro Quotidien politique. Dewey concluía que: “Cualquier gobierno de expertos en el que las masas no tienen la oportunidad de informar a los expertos de sus necesidades sólo puede ser una oligarquía administrativa en interés de unos pocos”.

El destino de los residuos nucleares, tanto en sí mismo como por su desaparición del espacio público, parece prestarse especialmente bien a esta confiscación democrática.

Traducción: Mariola Moreno

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