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Una violación colectiva en Israel provoca un #MeToo en diferido

Una manifestación en Tel Aviv el 23 de agosto para denunciar la violencia sexual.

Salomé Parent-Rachdi (Mediapart)

Tel-Aviv, Israel.- Todo comenzó en Eilat, ese Las Vegas israelí del extremo sur del país, con sus discotecas, sus barcos-casino y sus temperaturas asfixiantes. A causa del coronavirus, los israelís han pasado el verano en las estaciones balnearias del país. Como mucha gente, una muchacha de 16 años decide alquilar una casa con sus amigas. Una tarde, el grupo de amigas se une a otro grupo en el bar del hotel Mer Rouge. En estado de embriaguez, la presunta víctima sube entonces a la habitación a echarse en la cama y allí habría sido violada por unos treinta hombres, que al parecer hicieron turno en la puerta. Los hechos se remontan al 12 de agosto, pero el escándalo explotó una semana después, cuando los medios lo llevaron a portada.

Todo empieza ahí. O más bien todo vuelve a empezar: ya el verano pasado, la absolución de una banda de jóvenes israelíes en Chipre, acusados de violación colectiva, dejó dividido al país. En el asunto de Eilat, han sido detenidos al menos catorce sospechosos, menores y mayores de edad, además de la gerente del hotel, acusada de haber obstaculizado la investigación y de no haber impedido esos actos. “Los hechos se habrían desarrollado en una o dos horas como mucho”, precisa Micky Rosenfeld, portavoz de la policía, que trata de conseguir los vídeos de vigilancia del establecimiento. Varios sospechosos han reconocido haber tenido relaciones sexuales con la víctima, para niegan haberla forzado.

La indignación política ha sido inmediata y unánime. El primer ministro, Benjamin Netanyahu, lo ha calificado como un “crimen contra la humanidad”, y Yair Lapid, líder de la oposición, además añadió la frase: “Sois una vergüenza, canallas”. Y reclamó la publicación de las fotos de los presuntos violadores. El ministro de defensa, Benny Gantz, se preguntó: “¿Qué pretende probar un hombre que hace cola con decenas más esperando a entrar en una habitación en la que está tumbada una chica inconsciente?”.

Según la prensa israelí, no está previsto un cara a cara entre la víctima y sus presuntos verdugos porque “su estado psicológico no lo permite”. En espera de un posible procesamiento, la calle se ha movilizado e incluso varias grandes empresas, donde han tenido lugar paros espontáneos.

“Tenemos la impresión de que algo se va a aclarar”, dice la activista Illana Weizman, cuyo colectivo HaStickeriot se inspira en las activistas parisinas que pegaron carteles con testimonios de las mujeres víctimas de violencia. Para ella esto es “como un #MeToo desfasado”, que recuerda a la violación múltiple de La Manada en España.

Pero lo que se impone es el paralelismo con el asunto chipriota. Un año antes, una docena de turistas israelíes, de entre 15 y 22 años, fueron acusados de haber violado a una turista inglesa, pero fueron rápidamente exculpados gracias a la retractación de la adolescente, conseguida, según ella, bajo presión de los policías locales.

La acogida triunfal que se reservó a los chavales en su llegada al aeropuerto de Tel-Aviv provocó la indignación en Israel, sobre todo porque la británica fue condenada por falso testimonio después de más de cuatro semanas de detención. Durante su procesamiento, feministas israelíes estuvieron yendo a Nicosia en vuelos low cost de ida y vuelta en el día para apoyarla.

En 2019, la Asociación de Centros de Lucha contra la Violación en Israel (ARCCI), recibió 192 llamadas de mujeres víctimas de violaciones colectivas. Sólo 19 de ellas presentaron una denuncia.

¿Cómo se explica ese desajuste? “Por falta de confianza en el sistema”, resume Noya Rimalt, profesor de Derecho en la Universidad de Haifa y especialista en criminología y estudios de género. “Presentar una denuncia ante la policía significa ser interrogada, a menudo en una dinámica de 'su versión contra la de ellos' en la que no siempre se cree a las mujeres. Y si la creen, siempre hay un reflejo de culpar a la víctima: había bebido, llevaba una falda demasiado corta, etc.” Un 84% de las denuncias por violación se archiva sin más.

De este “sistema” fallido ha hecho su caballo de batalla la diputada laborista Merav Michaeli. “La legislación israelí es adecuada. El problema reside en su aplicación”, asegura. Esta diputada está a favor de la aprobación de una ley que cree departamentos específicos dedicados a la violencia sexual, tanto en las comisarías como en los tribunales.

¿Existe una cultura de la violación en Israel? Esta pregunta, explosiva, divide a la sociedad y da pie a acusaciones de antisemitismo. “Sí”, responde sin embargo Orit Sulitzeanu, directora del ARCCI, para quien la imagen de hombre “gever gever” (viril viril) está muy anclada en el ethos israelí, en el que el Ejército ocupa un papel fundamental. “Hay que ser un hombre que no muestre sus sentimientos y que multiplique las conquistas”. Y Noya Rimalt añade: “Una vez que una sociedad está implicada en la violencia, aunque sea oficialmente contra un enemigo, ésta acaba siempre por volver a salir en la esfera privada”.

Illana Weizman prefiere hablar de “matices culturales” y de un patriarcado globalizado. No acepta que se califique a los presuntos violadores de Eilat de “monstruos” o de “animales”, como hacen los políticos y los periodistas. “Al decir eso, se les pone fuera de la sociedad y se dice que son excepciones. Porque no hace falta violar para estar en el sistema”. Según ella, la palabra “Eilat” ha sido muy utilizada por la web PornHub como clave para buscar posibles vídeos de violadores.

También la religión, y el conservadurismo al que induce, juega un papel para Noya Rimalt. “Vivimos en una sociedad en la que algunos religiosos se creen capaces de juzgar si las mujeres son suficientemente 'púdicas' o no, como si ellos fueran los propietarios de los cuerpos femeninos”. “No hay que olvidar que durante los años 60 al 70, cuando los Estados Unidos vivían una revolución feminista, Israel estaba ocupada combatiendo a sus enemigos”, precisa Merav Michaeli. “En aquella época, el militarismo era el centro de la vida. Sólo a partir de los años 90, primera década sin guerras, se empezó a hablar de la violencia contra las mujeres”.

A propósito de las reacciones impactantes de los principales actores de la clases política, la diputada es severa: “Está bien que lo condenen, porque antes este tema simplemente no existía para ellos. Pero dista mucho de ser suficiente. Hace falta voluntad política, no sólo palabras”. En 2017, el gobierno de Netanyahu aprobó un presupuesto de 250 millones de séquels (62 millones de euros) para la lucha contra esta violencia, pero tres años después todavía no ha sido adjudicada cantidad alguna.

Para Orit Sulitzeanu, “se dice a menudo que hace falta todo un poblado para educar a un niño. También hace falta todo un país para luchar contra la violencia a las mujeres”. Y para hacer evolucionar las mentalidades de manera sostenible, comenzando por ejemplo por hacer obligatorios cursos de educación sexual en el colegio, como ha prometido el ministro de educación, Yoav Galant, justo después del caso Eilat.

Este principio de cambio se ha materializado en una de las playas de Tel-Aviv, donde el ayuntamiento ha mandado borrar un fresco que ya estaba siendo atacado regularmente por las feministas locales. Se trataba de un hombre observando a mujeres cambiarse en una cabina de playa, una escena inspirada en una película culta israelí de 1972 Les Voyeurs.

Traducción de Miguel López.

Texto en francés:

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