El yen cae en picado frente al dólar y muestra el callejón sin salida de la economía en Japón
Los turistas extranjeros que vayan a Japón este verano tienen motivos para alegrarse. Su poder adquisitivo local alcanzará niveles récord. De hecho, la caída del yen japonés parece no tener ya límites.
A principios de julio de 2026, la moneda japonesa se ha situado en niveles inéditos desde el 17 de diciembre de 1986. El 1 de julio se alcanzó un mínimo de 162,84 yenes por dólar en la sesión bursátil y, tras una ligera subida, una semana más tarde, el 8 de julio, la moneda nipona se situó en 162,71 yenes por dólar.
Hace casi cuarenta años que el dólar no había estado tan caro en el archipiélago. El mundo era entonces muy diferente: el yen se estaba fortaleciendo de forma inédita tras los acuerdos del Plaza de 1985, en los que las grandes potencias de la época se habían puesto de acuerdo para debilitar el dólar. Entre febrero de 1985 y diciembre de 1986, el yen se había apreciado casi un 38 % frente al dólar.
Hoy la tendencia es la contraria. Desde su mínimo de abril de 2025, el yen ha perdido un 13,5 % de su valor y, si se analiza una perspectiva más amplia, se observa una caída vertiginosa desde el máximo histórico del yen, alcanzado el 31 de octubre de 2011, de 75,72 yenes por dólar. La caída alcanza casi el 55 % y la tendencia a la baja parece inexorable.
Para comprender las fuerzas del mercado que arrastran al yen, hay que recordar que, a finales de abril, el banco central del país, el Banco de Japón (conocido por sus siglas en inglés, BoJ), intervino para respaldar su moneda, que había superado los 160 yenes por dólar.
Se habían utilizado nada menos que 11,7 billones de yenes —el equivalente actual a más de 63 mil millones de euros— durante un mes para situar el dólar en 143 yenes al 1 de abril. Pero, a pesar de esta cantidad récord, la tregua duró poco y el yen volvió a caer. El 1 de junio se volvió a superar el umbral de los 160 yenes, lo que puso de manifiesto el carácter temporal e infructuoso de esa intervención.
Fuerzas que empujan al yen a la baja
¿Cómo se explica este movimiento? En primer lugar, existen razones estructurales, lo que se conoce como el carry trade, que consiste en pedir dinero prestado en un país con tipos de interés muy bajos para invertirlo en otro con tipos muy altos. Japón es, desde hace varias décadas, el lugar de préstamo preferido por esos operadores, ya que el Banco de Japón (BoJ) aplica tipos muy bajos para intentar reactivar una economía estancada.
Esas operaciones favorecen una salida de yenes de Japón, ya que el dinero prestado se cambia a otra moneda más rentable. El carry trade ejerce, por tanto, presión a la baja sobre el valor del yen. Pero durante mucho tiempo este fenómeno se vio compensado por el superávit comercial del país y permitía garantizar entradas de divisas. A ello se sumaba la imagen de seguridad que el yen transmite en la región en caso de crisis.
Así, incluso cuando el BoJ redujo su tipo de interés de referencia al 0,1 % a partir de 2009, el yen siguió apreciándose, ya que los operadores buscaban protegerse frente a la crisis de las hipotecas subprime y, posteriormente, frente a la de la zona euro. No obstante, en 2015 el BoJ situó su tipo en terreno negativo, en −0,1 %, lo que aceleró la presión del carry trade. Los flujos de salida de yenes se aceleraron, al tiempo que las tensiones con China mermaban la imagen de seguridad del país.
A partir de marzo de 2024, el BoJ comenzó a subir sus tipos y el tipo principal de refinanciación se sitúa actualmente en el 1 %. Pero este endurecimiento no ha frenado la salida de yenes, ya que este tipo sigue siendo el más bajo del mundo entre los principales bancos centrales. La diferencia con el tipo de referencia de la Fed, por ejemplo, es de 2,75 puntos porcentuales. Quien quiera realizar un carry trade sigue pues pidiendo prestados yenes y cambiándolos por dólares.
Pero este movimiento no explica por sí solo la actual debilidad del yen. También existen razones coyunturales, en particular el fortalecimiento general del dólar, que se ha apreciado un 2,12 % en seis meses frente a una cesta de seis divisas (euro, franco suizo, libra esterlina, dólar canadiense, yen y corona sueca), frente al 2,91 % del yen por sí solo. La burbuja de la inteligencia artificial (IA) y los tipos de interés relativamente altos atraen capitales hacia Estados Unidos.
Al mismo tiempo, Japón se ha visto afectado por la guerra en Irán. La mayor parte del petróleo que el país necesita para el funcionamiento de su economía pasa por el estrecho de Ormuz, y el encarecimiento del oro negro ha tenido un impacto directo en la demanda de dólares procedente de Japón. Esto explica en gran medida la caída del yen en abril y, posteriormente, tras la intervención del Banco de Japón a principios de junio.
La debilidad estructural de Japón
Pero el yen es fundamentalmente débil por otra razón. Japón se encuentra en una situación de crecimiento débil y elevada deuda. Desde el estallido de la burbuja inmobiliaria a principios de la década de los 90 (favorecida por la subida del yen descrita anteriormente), el país se enfrenta a un importante debilitamiento que se ha acelerado aún más desde la crisis de 2008 y la de 2020. Así, en el primer trimestre de 2026, el PIB en volumen era solo un 1,6 % superior al nivel del primer trimestre de 2019.
La política particularmente acomodaticia del BoJ no ha logrado frenar el estancamiento del país, sino todo lo contrario. Y la razón es que se trata de un problema estructural. Es cierto que Japón cuenta con un importante sector manufacturero, moderno y competitivo, fruto de su “milagro” de los años 1960-1980, pero, en la actualidad, los beneficios de este sector no son suficientes para garantizar el crecimiento y el empleo.
El archipiélago ha desarrollado, en paralelo a esta industria, un amplio sector de servicios muy poco productivo y muy poco rentable que mantiene los salarios bajo presión debido a la falta de ganancias por productividad. Esta lógica alimenta una tendencia subyacente a la deflación, ya que la dinámica salarial es inexistente y la rentabilidad global de la economía es baja.
En este contexto, los beneficios obtenidos por las exportaciones apenas se reinvierten en la economía japonesa, lo que agrava el problema. Además de los bajos tipos de interés, la otra forma de sostener la demanda interna es el gasto público: cualquier Gobierno japonés que se precie lleva más de diez años viéndose obligado a poner en marcha planes de reactivación a gran escala. Pero esos planes no logran corregir una situación agravada aún más por el descenso de la población, que reduce la demanda.
Cada vez más déficit y cada vez menos crecimiento: lógicamente, las cuentas públicas japonesas se han deteriorado considerablemente, lo que ha resultado aún más fácil dado que el BoJ compraba sin cesar esa deuda en los mercados. La ratio de deuda pública sobre el PIB, que era del 54,8 % en 1990, pasó al 153,4 % en 2005 y luego superó el 200 % en 2008. A finales de 2025 se situaba en el 204,4 %.
El país no corre riesgo de quiebra, ya que la deuda está denominada en su mayor parte en yenes y es propiedad del BoJ y de los ciudadanos japoneses. El país también presenta un superávit por cuenta corriente muy holgado. Sin embargo, el déficit público y los planes de reactivación contribuyen a la caída del yen. El Gobierno de Sanae Takaichi, reforzado por una amplia victoria electoral en febrero, anunció así a finales de junio un nuevo plan de reactivación de 3,7 billones de yenes, es decir, unos dos mil millones de euros, para los próximos catorce años.
Al mismo tiempo, el Gobierno se esfuerza por mantener el nivel de vida de los japoneses, que se encuentra bajo presión. Sanae Takaichi prometió reducir el IVA y mantuvo, en plena crisis iraní, las subvenciones a la gasolina. La medida permitió mantener bajo control la tasa de inflación e incluso hacer repuntar los salarios reales. Tras haber retrocedido constantemente desde 2021, los salarios registraron cinco meses de aumento entre enero y mayo. Sin embargo, este repunte de recuperación apenas se refleja en el gasto de los hogares.
Para garantizar la financiación a bajo coste de esta deuda, el Gobierno japonés podría verse tentado a mantener los tipos reales en mínimos y, por lo tanto, a frenar la política de “normalización” del BoJ. Es más: un yen débil garantiza una ventaja competitiva para las industrias exportadoras y, por tanto, para el crecimiento japonés. En junio, el índice Tankan del BoJ, que mide el clima empresarial en el sector manufacturero, mejoró hasta alcanzar su nivel más alto desde 2018.
Sanae Takaichi es conocida por haber defendido durante mucho tiempo una política de tipos bajos y su llegada al poder no ha ayudado al yen. En su hoja de ruta publicada a finales de junio, su Gobierno, que se ha fijado como misión reforzar el crecimiento, señaló que “es extremadamente importante una política monetaria adecuada que respalde la demanda privada mediante la estabilidad de los precios”.
Esas palabras provocaron una nueva caída del yen: si el BoJ no endurece su política, no se detendrá el flujo de salida de yenes. El propio ministro de Política Económica, Minoru Kiuchi, tuvo que intervenir una semana más tarde para asegurar que “no hay absolutamente nada de cierto en los artículos que sugieren que el Gobierno fomenta los tipos bajos”. Pero los mercados tienen tan poca confianza en el Gobierno japonés que, al día siguiente, el yen alcanzó su nivel más bajo en cuarenta años.
Un país en un callejón sin salida
En realidad, la situación actual es un callejón sin salida. El yen débil lastra al sector no exportador y a los hogares al encarecer las importaciones de las que Japón depende en gran medida. En abril, el índice de confianza de los hogares se había desplomado casi siete puntos, pasando de 40 a 33,3, algo nunca visto desde la pandemia. Desde entonces, se ha mantenido cerca de ese nivel y en julio se situaba en 33,8.
Lo más preocupante es que las quiebras se han acelerado. Japón es el país de las empresas “zombis”, poco o nada rentables y que dependen de la deuda para sobrevivir. El aumento de los costes derivados de la debilidad del yen, que se suma al de los salarios y al endurecimiento de las condiciones de financiación, no ha podido sino llevar a declaraciones de quiebras. En el primer semestre de 2026, el número de quiebras en Japón fue así el más alto desde 2022, con un aumento del 30 % respecto al año anterior.
Al lado, la recuperación del sector manufacturero, que se beneficia especialmente de la burbuja de la IA, es modesta. En mayo, la producción industrial creció un 0,5 % interanual, un aumento menor de lo previsto que no permite compensar las pérdidas anteriores: en términos interanuales, el descenso es del 1,7 %.
La situación es, por tanto, difícil. El FMI prevé un crecimiento del 0,7 % para Japón este año y del 0,6 % el próximo, es decir, la mitad del modesto crecimiento del 1,2 % previsto para 2025. El yen débil no supone, por tanto, un apoyo para la economía, sino todo lo contrario. Es más, el escaso crecimiento reduce la demanda de moneda japonesa.
Por su parte, los mercados financieros internacionales y los economistas bancarios defienden una política radical a favor del capital financiero: austeridad presupuestaria y subida de los tipos de interés. Este jueves 9 de julio, el tipo de interés a diez años de los bonos del Estado japoneses alcanzó el 2,884 %, un nivel nunca visto desde julio de 1996. Se trata claramente de una presión de los mercados sobre Tokio para obligarle a modificar su política presupuestaria y permitir que el Banco de Japón endurezca los tipos.
Pero una política así sería catastrófica para un Japón que sigue marcado por una lógica deflacionista subyacente. Los dos pilares actuales del débil crecimiento, las exportaciones y la deuda, se verían debilitados, al tiempo que la demanda interna sufriría los efectos de la austeridad y las empresas “zombis” caerían de forma masiva. La clave sigue estando en las ganancias por productividad globales más que en las decisiones de política económica. Y ni los economistas de banca, ni el Gobierno, ni el BoJ disponen de soluciones para responder a este problema.
Mientras tanto, muchos esperan que el yen siga debilitándose bajo la presión de la política expansionista de Sanae Takaichi, la cautela del BoJ y las condiciones internacionales. Las opciones indican que los mercados estiman que hay un 15 % de probabilidades de que el dólar alcance los 180 yenes.
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Si el yen siguiera retrocediendo, Tokio podría volver a intervenir, aunque quizá de forma más indirecta, pidiendo, en particular, a los fondos de pensiones y a las aseguradoras —grandes tenedores de títulos en dólares— que repatriaran una parte de ellos. La subida de los tipos de la deuda japonesa podría favorecer este movimiento, aunque el tipo a diez años de Estados Unidos sigue ofreciendo 1,67 puntos porcentuales más que su equivalente japonés.
Pase lo que pase, las intervenciones en el mercado de divisas suelen ser infructuosas cuando persisten las causas de la debilidad de la moneda. Es más, denotan impotencia y pánico, lo que incita a los operadores a vender sus yenes. En resumen, Japón no ha salido del atolladero.
Traducción de Miguel López