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Los diablos azules

Drácula y el superhombre

  • ¿No será que tras las supuestas certezas intelectuales y morales de la burguesía estos autores –y los monstruos que imaginan— detectan la profunda barbarie que anida en las vísceras de la civilización misma?
  • No importa si el novelista quiere que deseemos el triunfo del bien sobre el mal, lo fascinante de su relato es la forma en que el vampiro hipnotiza a los personajes

David Pablo Montesinos Publicada 21/07/2017 a las 06:00 Actualizada 20/07/2017 a las 13:37    
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El actor Edward Van Sloan como Van Helsing en la película 'Drácula' de 1931.

El actor Edward Van Sloan como Van Helsing en la película 'Drácula' de 1931.

La novela de Bram Stoker es una obra inabarcable. Ahora que se cumplen 120 años de su aparición, desde Los diablos azules hemos decidido celebrarlo con un dossier especial dedicado a esa fascinante narración titulada Drácula.

Alejandro Lillo, especialista en la novela, comenta un conjunto de anécdotas y misterios que aún persiguen a la creación de Bram Stoker. David Montesinos nos ofrece aquí, desde el pensamiento filosófico, una perspicaz lectura de Drácula y Nietzsche. Antonio Ballesteros, experto en literatura fantástica victoriana, reflexiona sobre lo femenino en Drácula y su poder transformador. Por último, Justo Serna, especialista en historia cultural, centra su atención en Jonathan Harker y en su concepción de la verdad. Cuatro enfoques diferentes para una historia que significó un antes y un después en nuestra concepción del terror, pero que también ha transformado nuestra noción de la muerte y el deseo. Apenas una muestra de la riqueza de una obra que podemos considerar ya un clásico de la literatura universal.
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Algunos estudiosos han querido ver en el Conde Drácula un trasunto del superhombre de Nietzsche. Quizá sea eso, o quizá solo su parodia. La obra más célebre de Bram Stoker es para las multitudes una novela gótica en la que un tipo macabro que hiede a cripta clava sus colmillos en los cuellos de lánguidas damiselas victorianas. Demasiadas vulgarizaciones cinematográficas, demasiado perfil de terror de masas para acercarse a la resplandeciente aurora del anticristo nietzschano. Acaso la pregunta no es si el Conde se parece al superhombre, sino qué hay en el incuestionable poder seductor del vampiro que amenaza con infectar la hipócrita moral burguesa. Ese efecto, con las pertinentes matizaciones, sí puede asociarse al efecto perturbador que sobre los valores de Occidente desencadena la transgresión reclamada por el autor del Zaratustra.


Un joven abogado inglés entra una noche “libremente” en un castillo de Transilvania... ¿Qué presentimos en la fascinación que sobre Jonathan Harker –y sobre todos nosotros— proyecta el submundo de Drácula en el cual está a punto de internarse? Es objetivo de este escrito averiguar si la respuesta a esa pregunta enlaza con los síntomas de la crisis de civilización que Nietzsche analiza con encarnizada precisión en los mismos años en que Stoker concebía su célebre relato.

Plenamente instalada en los centros de poder económico y político, a finales del siglo XIX la alta burguesía europea hacía patente su hegemonía cultural a través de lo que hoy conocemos como Era Victoriana. La gélida razón tecnocientífica que dominaba el modo productivo resultante de las revoluciones industriales se contrapesaba con el estrecho corsé moral del puritanismo. El resultado es un entramado social basado en el ahorro, la disciplina y la represión de los impulsos, empezando por los eróticos.

No hay duda de que las teorías de Karl Marx y otros pensadores del movimiento obrero habían cuestionado la legitimidad del orden burgués, cuyos fundamentos ideológicos habían sido minuciosamente desenmascarados por el autor de El capital. Pero Nietzsche fue más allá. Desde el estilo relampagueante de sus aforismos cuestionó el subsuelo de valores desde el que se construyó durante milenios una civilización que, en aquel entonces, se sentía triunfante y creía poder imponer al mundo sus principios, como si fueran la encarnación misma del bien moral y la razón.

Lo que desde El nacimiento de la tragedia plantea Nietzsche es la necesidad de rescatar elementos esenciales de la vida que la llamada sociedad científica ha decidido dejar atrás, creyendo ingenuamente poder eliminarlos para siempre. En los orígenes más remotos de ese movimiento histórico, que fusiona el culto al racionalismo con el ideal ascético, Nietzsche se encuentra con Sócrates. Culpa al ateniense de haber extendido la ilusión de que el pensamiento es capaz de llegar hasta las fibras más profundas del ser. Esa chifladura teorética abre el camino para nuestra civilización metafísica, cuyo gesto fundacional sería el desgarramiento entre el mundo verdadero y el mundo aparente, entre el espíritu y la materia, entre el alma y el cuerpo. Platón asume ese principio supremo para construir sobre su base el mapa de la razón más influyente de la historia.

René Descartes recogería esa herencia llamada por Nietzsche “platonismo” para blindar en los albores de la modernidad los derechos de conquista del alma sobre el cuerpo. Nada, ni siquiera la vigilancia de los inquisidores, parece angustiar tanto como el riesgo de la locura al autor de las Meditaciones metafísicas. El miedo a perder la razón es asociado en todas sus obras al mal moral, es decir, al riesgo de una descomposición de valores cuya metáfora sería la figura del Genio Maligno. Descartes imagina un mundo dominado por un demonio que, lejos del amor de un reino de Dios, nos sostendría sobre la tierra con el único fin de mantenernos en la confusión permanente y reírse de nosotros. La victoria del cogito, ese yo pienso supuestamente indubitable, abre paso a una nueva mirada sobre el mundo empeñada en arrancarnos de las tinieblas del Medioevo.

¿Qué nos induce, cuando el principio racionalista cartesiano ya se ha impuesto a través de la revolución científica, la Ilustración o la industrialización, a repensar lo que Occidente se dejó en el camino? ¿Por qué recuperar la hipótesis del genio maligno en los albores del siglo XX? Algunos sólo sabrán contestar recordándonos que Nietzsche estaba loco y que la fama del personaje de Stoker responde al hastío de lectores ávidos de monstruos y otras criaturas terroríficas como entretenimiento. Aquí no nos conformamos con tales simplezas. Quizá convenga recordar que sólo catorce años después de la muerte de Nietzsche y dos de la de Stoker estalló la mayor tragedia bélica de la historia, a la que sucedería, dos décadas después, otra aún peor. ¿No será que tras las supuestas certezas intelectuales y morales de la burguesía estos autores –y los monstruos que imaginan— detectan la profunda barbarie que anida en las vísceras de la civilización misma?

Lanzaré otra pregunta: ¿qué habría dicho Nietzsche del personaje de Van Helsing? Del líder de los cazavampiros sabemos que es un experto intérprete de signos, es decir, un hermeneuta. Su condición de metafísico le convierte en la síntesis ideal para la época: ciencia y religión. La victoria que él y su grupo de desinfección se apuntan sobre Drácula al final de la novela se presenta al lector como el triunfo final del conocimiento y la integridad moral sobre las últimas tenebrosidades del mundo aristocrático.

Nietzsche nos amenaza con terribles ansiedades si no tenemos el coraje de revisar la legitimidad de ese triunfo. Frente al ascetismo de Van Helsing, Nietzsche proclama el sentimiento trágico, que asume la vida en la máxima extensión de la palabra, con todo lo que contiene, incluyendo lo que consideramos horrible y empezando por lo irremediable de la muerte. Más profundo que la misma ciencia, el autor de Zaratustra encuentra el sentimiento de “lo dionisiaco”, ese juego interminable de construcción y destrucción de la vida cuyo primer profeta sería el viejo Heráclito.

En Stoker esa problemática se sustancia en el conflicto entre el poder civilizador del conocimiento y el egoísmo de los impulsos. No importa si el novelista quiere que deseemos el triunfo del bien sobre el mal, lo fascinante de su relato es la forma en que el vampiro hipnotiza a los personajes, alentando en ellos esa confusión que Descartes asociaba a la demencia y a las arteras maniobras del Genio Maligno. Así, el bien deja de sentirse invulnerable a la contaminación del mal, el deseo de lo incívico envenena la gris comodidad de lo socialmente aceptable, lo masculino deja de ser tranquilamente dominante mientras lo femenino revela su inquietante poder de emancipación... El Conde llega a Europa para hacer que se estremezcan los pilares del alma ascético-racional. ¿Es macabro el Conde? Sin duda, pero antes que macabro es voluptuoso... y acaso esa tentación que nos inclina hacia el deseo de poseer, de hacer daño o de desobedecer ya habitaba el corazón de Harker en el momento en que se abrió la puerta del castillo.

El superhombre de Nietzsche no se presenta como un simple enemigo de los valores establecidos; su antagonismo es más profundo, pues asume el desafío de crear otros nuevos. Esto supone revolver todos los criterios sobre el bien y el mal, que el cristianismo ha basado secretamente en el sentimiento de venganza de los esclavos contra lo que Nietzsche llama la “vida superior”. Ese culto a los valores aristocráticos que la sociedad burguesa ha enterrado podría muy bien encarnarse en la figura del Conde. De formas corteses y seductoras, dueño de un pasado glorioso, el noble ya sólo puede aspirar a ser un muerto viviente que vaga entre nosotros a la espera de un resurgir que sólo se produce en las pesadillas. Su transgresión consiste en inclinarnos hacia el placer, en enfrentar los derechos del cuerpo frente a la doctrina de la inmortalidad del alma que la tradición metafísica ha validado en sus distintas tradiciones durante milenios, desde Platón y la teología medieval hasta Descartes y sus herederos racionalistas e ilustrados.

He aquí la terrible verdad a la que nos abocan los anunciadores de la deriva monstruosa que podía estar tomando la confianza ciega en la Razón y su poder para conquistar ética y tecnológicamente el mundo: el corazón humano contiene todas las contradicciones, empezando por el conflicto eterno entre Dios y el diablo. El mal, o lo que la civilización ha condenado en nosotros para convertirnos en eunucos, en obedientes criaturas destinadas a no perturbar el orden social, anida dentro de cada uno de nosotros. Y se proyecta de forma tanto más amenazante en la medida en que creamos poder erradicarlo. No hay estaca que pueda aniquilar para siempre al egoísta impulsivo e inmoral que llevamos dentro. El relato no concluye con la victoria de Van Helsing.

*David Pablo Montesinos es Doctor en Filosofía.
 
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3 Comentarios
  • Javier Delgado Javier Delgado 01/09/17 00:12

    No solamente el orden tecnológico, social, político y económico que Occidente ha heredado de tan diversas fuentes, bien expuestas por el autor en su artículo, nos ha hecho "eunucos", por ponerlo en palabras del doctor, en términos de esclavos obedientes que no perturbamos el orden, sino que también ha pretendido sepultar lo que de lúdico tiene el ser humano. La capacidad de destrucción, junto con la de diversión o placer, siempre estará ahí, porque forman parte de lo humano, junto con nuestros aspectos más racionales o ascéticos. Llamar a esos impulsos "el mal" es pura ideología.

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  • Agu47 Agu47 27/07/17 09:28

    ¿Existe algún "tipo" de realidad que no se pueda conocer mediante el método científico? Para mi no. Este método es la esencia de lo humano. Creo que hablar de "chifladura teoretica" de uno de los fundamentos de este método me parece una desproporción, por no decir una chifladura.

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  • Sancho Sancho 21/07/17 03:06

    Placer, placer...qué placer...

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