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Un resplandor intermitente

  • Mariana Enriquez ilumina las zonas más oscuras del presente y del pasado argentinos, explorando espacios ocultos y tenebrosos en sus diferentes formas 
  • Las protagonistas de Ese verano a oscuras viven su adolescencia en el Buenos Aires de 1989, cuando el país acaba de salir de la dictadura y de las Malvinas

Publicada el 13/12/2019 a las 06:00
Ese verano a oscuras
Mariana Enriquez
Ilustraciones de Helia Toledo
Páginas de Espuma
Madrid
2019
  Mariana Enriquez (Buenos Aires, Argentina, 1973) ilumina con luz intermitente las zonas más oscuras del presente y del pasado argentinos, y acompaña a los lectores a explorar espacios ocultos y tenebrosos en sus diferentes formas y manifestaciones: el miedo, el terror y el pánico, incluso ese concepto que denominamos, horror, y que, en ocasiones, se traduce en violencia. Los asesinos en serie, la dictadura, el machismo, la homofobia y, por la época en que se desarrolla su relato, el estigma social del sida, aunque el tema que mueve la acción de Ese verano a oscuras es la violencia, la curiosa constatación que dos jóvenes tienen de los asesinos en serie y de su extrema crueldad, hecho puntual que inquieta a estas quinceañeras, en tanto que llama poderosamente su atención, y verán asesinos por doquier, incluso entre sus vecinos más cercanos. Las protagonistas se recrean en una violencia irreal y extravagante, desenfadadas y de tonos en blanco y negro, escuchan música y emulan a estrellas de rock o punk, como única y exclusiva forma de escapar de la realidad, en la que la sangre es roja y la gente muere de verdad.

La narradora y su amiga Virginia tienen 15 años y viven su adolescencia en la ciudad de Buenos Aires de 1989, cuando Argentina acaba de salir de la dictadura y de la guerra de las Malvinas. Por su actitud, se muestran como dos chicas góticas que, en el verano en el que transcurre la narración, época en la que se producen cortes de luz en el país, se obsesionan con un libro de asesinos en serie que han conseguido en una feria celebrada los domingos frente a la Catedral. Esta obsesión se dilata a lo largo de este breve relato de 70 páginas, motor de la historia que conforma las incógnitas e inquietudes de las dos adolescentes: lo único que pueden hacer cuando es de noche, y hace calor, es salir a la calle a respirar un poco de aire, leer a la luz de las velas y fumar Malboro y algún que otro porro.

La realidad que viven las protagonistas es muy distinta a la que viven los adultos, aunque eso no significa que la de ellas sea descabellada o, por convencimiento, una exclusiva ilusión, sino que la actitud ante determinados temas evidencia una gran diferencia generacional. El mejor ejemplo lo encontramos en sus muestras de simpatía hacia Pity, el quiosquero al que un vecino, que califican de viejo y patético, desprecia por maricón. Saben, gracias al colegio, cómo se contagia el VIH y, sobre todo, cómo no, pero, por más que tratan de explicarlo, nadie las escucha, quizá porque la narradora les ha otorgado esa juventud que, ante los mayores, les niega tener voz. El desconocimiento conduce al temor y al odio, y las protagonistas son conscientes de ello.

Usan la escalera del edificio donde viven para pasar al fresco las tediosas tardes y, sobre todo, para fumar tranquilas en el lugar más oscuro, sin la luz que ilumina los pasillos, y proyecta la del ascensor. Allí parecen estar en una tumba amplia y concurrida, aunque, eso sí, los vecinos van y vienen, mientras ellas fantasean con el vecino del séptimo piso, a quien conocían como Carrasco, y que había matado a su mujer y a su hija durante una noche, de lo que se habían enterado a la mañana siguiente por la presencia de bomberos y policía; sin embargo, él había escapado de madrugada.

Mariana Enriquez formula en Ese verano a oscuras una expresa carga política de calculadas dimensiones sociales; trata aspectos y situaciones históricas con una naturalidad apabullante pese a lo escabroso de su propuesta narrativa. Es conciente de la mirada adolescente de su narradora, morbosa y no del todo inocente, porque ya empieza a tener conciencia de lo que ocurre a su alrededor, y le otorga el juego enigmático suficiente a la hora de contar esta historia de evidente minimalismo, y en la que no debemos olvidar que los hechos resultan de por sí interesantes, y lo son, precisamente, desde el punto de vista en que son narrados.

Las ilustraciones de Helia Toledo (Madrid, 1994) de tonos marrones, naranjas, negros, blancos y un verde azulado, consiguen que percibamos otra perspectiva diferente, quizá el punto de vista externo de un relato en el que se ven esas cosas que la protagonista no puede ver. La narrativa de Mariana Enriquez, autora de las novelas Bajar es lo peor (1995 y 2013), Cómo desaparecer completamente (2004) y Este es el mar (2017) y de las colecciones de cuentos Los peligros de fumar en la cama (2009 y 2017) y Las cosas que perdimos en el fuego (2016), empieza a conocerse en España, y ahora suma a su obra el Premio Herralde de Novela por Nuestra parte de noche.

La narradora Enriquez y la ilustradora Toledo nos adentran, con su curiosa propuesta, y desde un plano diferente, en un mundo oscuro y triste, tan cerrado como asfixiante, lleno de sombras, de prejuicios, salpicadas todas y cada una de sus páginas de una absoluta y preconcebida violencia.
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Pedro M. Domene es escritor.

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