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Luces Rojas

Pasión por el Derecho

Publicada el 24/05/2018 a las 06:00 Actualizada el 23/05/2018 a las 21:15
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Sobre Derecho y pasiones

Vivimos tiempos de paradojas, de tensiones y contradicciones, a veces rayanas en lo incomprensible. El mundo del Derecho no escapa a ello. Creo que algunas de las que hemos conocido en los últimos meses en
nuestro país, en el que día sí y día también se discute en los programas de máxima audiencia tal o cual sentencia, esta o aquella decisión publicada en el BOE y hasta los arcanos penales y procesales más abstrusos, pueden

explicarse en términos de pasión por el Derecho o pasión contra el Derecho. Trataré de argumentarlo, inspirado en no poca medida por el análisis que proporciona un reciente y —como acostumbra— provocador librito de un buen colega y amigo belga, el profesor François Ost —Le droit, objet des Passions?, Académie Royale de Belgique, 2018—, subtitulado shakespearamente I crave the Law, por las palabras con las que comienza el conocido alegato de Shylock en El mercader de Venecia: “My deeds upon my head! I crave the law, the penalty and forfeit of my bond!”.

Convendría comenzar por obviedades, como la que nos recuerda que el del Derecho no es ese mundo frío, artificial, desencarnado, que algunos pretenden. No lo es, porque el Derecho arraiga en los intereses, necesidades, sentimientos y pasiones humanas: lo comprendió muy bien Jhering al hablar del motor de la lucha por el Derecho. Han sabido mostrarlo la novela y el teatro, de Aristófanes y su juez Filocleón —quizá el primer justiciero, en el sentido de obseso por la justicia— a Sófocles y su Edipo, probablemente, como advirtió Foucault, el primer texto en que se plantea la relación entre verdad, poder, justicia y pasiones, núcleo de la biopolítica.

En la lista de esos justicieros que viven la pasión por la justicia sin las riendas de la razón (tal el brocardo fiat iustitia et pereat mundus) se inscriben Shylock y el Michael Kohlhaas de Kleist. Patológicos obsesivos son también los extremos opuestos representados por el Raskolnikov de Dostoievski y, en la línea de la difícil cordura, la magistrada Fiona Maye de McEwan. Por no hablar de los testimonios de pasiones jurídicas que nos ofrece el cine, desde Charlot o Keaton a Buñuel, Ford, Zhang Yimou o Kore-Eda.

Sí. El Derecho, como producto humano, histórico, es una creación cultural que no se explica sin la existencia de pasiones: de la venganza y el despecho, a la codicia o los celos, de la envidia a la ira o al afán de gloria, al igual que sucede, sin ir más lejos, con la economía, según nos explicaron aquellos escoceses dieciochescos que, al tiempo que economistas, eran filósofos dedicados al estudio de los sentimientos y pasiones morales (Hume, Smith, Mandeville). El Derecho no se entiende sin ese pathos que, advirtámoslo, es complejo.

Al mismo tiempo, el Derecho encuentra su mejor sentido en el marco del proyecto civilizatorio sobre el que cavilaran Platón, Aristóteles y los estoicos: no trata de eliminar las pasiones —una tarea, por lo demás, imposible— sino de someterlas a la razón, mediante hábitos virtuosos. Ese proyecto, recuerdo, encuentra distintas vías civilizatorias. La de la paideia, la buena educación consiste en enseñarlas, aprenderlas y hacerlas propias. La del Derecho, más realista, consiste en proponerlas como normas, esto es, con el refuerzo de la fuerza, la coacción, que permite imponerlas.

El peso de la fuerza que acompaña inexorablemente al Derecho, disminuirá en la medida en que el proceso civilizatorio alcanza lo que llamamos legitimidad democrática del Derecho: es decir, en la medida en que lo que se propone como pautas de comportamiento (hábitos virtuosos) se haya convertido en virtudes cívicas exigibles y aceptables. Eso sucede cuando esto se proponen como pauta a seguir comportamientos que la mayoría acepte, racionalmente, como virtuosos, en el sentido de imprescindibles e incuso deseables para los objetivos de convivencia que se han decidido por común (mayoritario) acuerdo. Pero no desaparece.

E incluso puede retornar con mayor acuidad, haciéndonos sentir que ese Derecho es sólo pasión desbocada, violencia. No olvidemos que, frente a quienes sostienen una caricatura del Derecho y de los juristas, en particular de los jueces, como un mundo frío, ajeno a los sentimientos de la gente común y corriente, alejado de lo que preocupa en la calle, cabría apuntar que, en no pocos casos, podría ser más bien que esas normas y, sobre todo, esas interpretaciones de los juristas que nos chocan, fueran el fruto de intereses, sentimientos y pasiones propios, ajenos a los de la mayoría.

Las pasiones, ante el Derecho

Hay pasiones por el Derecho y pasiones contra el Derecho. Sin duda, la experiencia del terribile diritto, que dijera Rodotá, genera pasiones negativas frente al Derecho (miedo, desconfianza, e incluso ira antijurídica), aunque en no pocas ocasiones de forma contradictoria, como creo que sucede hoy, tal y como se ejemplifica sobre todo en las redes sociales pero también en no pocos medios de comunicación tradicionales: prensa, radio, televisión.

De un lado, hay que estar ciego para no detectar hoy el crecimiento exponencial de ese anhelo del Derecho que ejemplificaba Shylock: cómo crece sin medida la pasión litigante, cómo florece la pasión legiferante, reglamentista sobre los aspectos más nimios, hasta qué punto bordeamos esa otra pasión de monopolio del Derecho que lleva al extremo del RichterStaat, un gobierno de quienes en puridad no deben ser gobernantes sin guardianes, los jueces, o como la pasión vindicativa propia del justiciero, al que da alas el populismo penal, desarrolla una marea prohibicionista que, a 50 años de mayo del 68 y de su prohibido prohibir, parece querer prohibir y castigar sin descanso.

Al mismo tiempo, asistimos también a un aparente descrédito o desconfianza generalizada sobre el Derecho que generalmente se presenta como miedo ante la fuerza del Derecho, pero que a veces alcanza otro grado, otra pasión: la furia contra el Derecho, al menos contra quienes nos dicen qué es Derecho. Y, entre ellos, abogados y jueces, contra los que nuestro refranero nos previene (“tengas pleitos y los ganes”). Es lo que ejemplifica Shakespeare en boca del carnicero Dick de su Enrique VI: “Let’s skill all the lawyers!”.

Pues bien, creo que hoy abunda otra pasión que, a falta de mayores precisiones, describiría como menosprecio por el Derecho, desde trincheras ideológicas que no son las habituales (las tesis anarquistas, comunistas o libertarias) sino muy otras: por ejemplo, ciertas versiones del nacionalismo, ciertas versiones del feminismo. Pero también desde las alturas —o abismos, quizá— de la ciencia, en particular de parte de un tipo de científicos sociales al alza (mediáticos, digámoslo), a los que no se les cae de la boca la advertencia sobre lo importante que es “la política” y la necesidad de superar el torpe recurso al Derecho y a sus instrumentos, algo secundario, claro. Una displicente actitud a la que no son ajenos no pocos periodistas y comunicadores.

Hablo, por ejemplo, de esos escenarios que dominan escribidores y locutores (me cuesta llamarles periodistas) que jalean el linchamiento de jueces machistas, prevaricadores, corruptos y demás despreciable ralea y que nos explican —desde su contacto privilegiado con la realidad y, al parecer, de su dominio sobre los más recónditos arcanos del Derecho— cuándo tal o cuál comportamiento es ilícito, cuándo es justa o abominable una sentencia (que no acostumbran a leer, ya no digo estudiar, sino que critican en el momento mismo en que se anuncia), todo ello adornado con insólitos conocimientos procesales, que deben sobre todo a gargantas profundas de los pasillos de tribunales, más que a las aburridas y nada glamurosas horas de estudio. Y lo hacen porque saben lo que piensa y quiere como justo la calle, que es algo muy distinto de lo que han secuestrado como justo los clérigos que administran (usurpan) el (verdadero) Derecho.

Aún más preocupante me parece el caso de admirados politólogos que, desde la tribuna de la ciencia (que muchas veces parece más bien púlpito de predicador) nos aleccionan sobre cuándo hay un delito de rebelión, sedición o simplemente una manifestación cívica con algún toque gamberro, a base de lecturas de Wikipedia sobre el Código Penal, como si el Derecho no mereciera mayor atención. Lo hemos visto recientemente en artículos que argumentan sobre la menudencia o aun irrelevancia jurídica y política de las actuaciones del Govern nacionalista de la Generalitat de Catalunya y de su Parlament, frente a la que proclaman única amenaza real para la democracia, la del monstruo del nacionalismo español: todo ello sin haber leído aparentemente una página de las que Kelsen dedica a los coup d’Etat jurídicos en su Teoría pura del Derecho. Parece como si quisieran instruirnos: dejemos esto del Derecho, que al fin y al cabo lo podemos cambiar cuando queramos y vayamos a lo importante.

No me resisto a apuntar, por cierto, que aún estamos esperando que esos gurús nos expliquen cómo se puede hacer política, no ya excelsa sino simplemente civilizada —es decir, algo mejor que la nuda imposición de la voluntad del que más puede—, sin el recurso al Derecho. Y que nos expliquen también dónde quedarían los intereses del común —no digamos de los más vulnerables— si todo fuera negociación (“pónganse a hablar”, conminan esos iluminados), olvidando que, si se trata de negociar sin más, como pregonan, más allá de los tediosas y estériles normas, instituciones, procedimientos y sanciones del artefacto jurídico, la palabra quedaría como atributo exclusivo de los que están de facto en condiciones de hacer o dictar el negocio. Monopolio de una élite que ya no son reyezuelos perezosos y viciosos, ni tampoco juristas entogados, sino elegantes CEO y ejecutivos con más desprecio e ignorancia por las necesidades y preocupaciones del común de los mortales que la que exhibían aquellos déspotas con los que aún quieren asustarnos.

Claro, lo de negociar adquiere un tinte distinto si se trata de negociar bajo el imperio del Derecho (hablo del Estado de Derecho), lo que, por cierto, no tiene nada que ver con esa pretensión —a mi juicio, inaceptable— de “negociemos sin condiciones previas” como, por ejemplo, ha vuelto a enunciar por enésima vez el Sr. Torra en nombre de una Catalunya que dice representar (cuando está enfrentado a la mitad de los catalanes). Eso, a mi juicio, es incitar al enfrentamiento de pasiones, a ver quién resiste y puede más, reafirmándose en las suyas.

Al cabo, sabemos que la pregunta sobre la desaparición de las pasiones, convertidas en normas que sirven para racionalizarlas y obtener acuerdos respetables, tiene una respuesta negativa. Las pasiones siguen ahí, presentes en todos los ciudadanos y más difíciles de someter cuando se trata de quienes tienen poder. También, evidentemente, en los propios juristas, por más que a ellos les exigimos un plus, que está implícito en la iconografía de la justicia: la balanza, el equilibrio, nos habla de esa racionalización de las pasiones, como también la venda que cubre los ojos de la justicia. En caso contrario, la espada con que se adorna nos parecería una exacción y, como planteara San Agustín, no habría al cabo distinción entre el mandato del Derecho y el de una banda de ladrones. La consecuencia es clara: hay que vigilar con mayor atención las pasiones de quienes tienen el poder. No hace falta haber leído a Foucault para llegar a esa conclusión, pero su lectura ayuda a entender de qué poder y de qué justicia debemos hablar.
______________

Javier de Lucas es catedrático de Filosofía del Derecho y Filosofía Política y director del Instituto de Derechos Humanos (IDH).

 
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4 Comentarios
  • irreligionproletaria irreligionproletaria 24/05/18 12:06

    "¡Caigan mis actos sobre mi cabeza! Sólo exijo la ley y el castigo, y el cumplimiento del contrato." (Shylock, Acto IV, El Mercader de Venecia, W. Shakespeare).

    "I crave the Law" Yo pido justicia; todxs pedimos justicia. Pero, la ley, su aplicacion, en cada tiempo y en cada Estado...además, admite interpretaciones...

    Portia, es mi personaje en la espléndida comedia shakesperiana que refiere en su texto. El resto de abandonos, no concierne al proceso judicial (en mi humilde interpretación).

    Portia, no es letrado...

    -Shylock, la suma que te ofrecen es tres veces ésta.
    -¡Lo he jurado! ¡Lo he jurado! al cielo puse por testigo. No dejaré que mi alma lleve la carga de un perjurio. ¡Ni por Venecia entera!
    - Bien, muy bien, el contrato ha caducado, y, según la ley, este hebreo puede reclamar una libra de carne que él mismo cortará de la parte mas cercana al corazón del mercader. Se misericordioso, acepta el triple de la suma y deja que el contrato sea roto.
    -Si, cuando me hayan pagado según dicen las cláusulas.
    Vos pareceis un magistrado íntegro y conocéis la ley, pués vuestra exposición del caso estuvo llena se sabiduría. Yo os insto en nombre de esa ley, de la que sois muy sólido pilar, a dar sentencia. Por mi alma, juro que no hay palabras en el mundo con fuerza suficiente para disuadirme...Al contrato estricto me atengo.
    -Aquí la tenéis: preparad vuestro pecho para su cuchillo.
    ...
    -En efecto. ¿Tenéis una bslanza para pesar su carne?
    -Aqui la tengo.
    -Shylock, tendrás que contratar un cirujano por tu cuenta que cure sus heridas de forma que no se desangre hasta morir.
    -¿eso dice el contrato?
    -No, no lo menciona; mas, ¿qué importa? Podrías hacerlo sólo por caridad.
    ...
    -¡Un momento! No es todo. Este contrato no os concede ni una gita de sangre. Las pakabras exactas son "una libra de carne" Tomad, pues, lo estipulado: vuestra libra de carnr, pero si al cortarla llegais a derramar una sola gota de sangre cristiana, vuestros bienes y tierras serán -según la ley de Venecia- confuscados y se entregarán al Estado de Venecia...."

    Modestamente, escuchemos razones anarquistas, comunistas, libertarias...y, respetemos interpretaciones...

    Gracias, Prf. Lucas.

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    • irreligionproletaria irreligionproletaria 24/05/18 13:27

      Errores: *gota*, *palabras*, *carne*, *confiscados* Disculpen.

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  • ArktosUrsus ArktosUrsus 24/05/18 09:27

    Señor de Lucas, su razonamiento es impecable, pero adolece de un defecto (en mi humilde opinión de abogado en ejercicio): parte de una base equivocada. El Derecho es un instrumento que permite codificar qué comportamientos permiten convivir con cierta apariencia de civilización. Pero la forma de codificarlo no es siempre justa lo que le resta capacidad. Casi siempre lo codifican los poderosos, por lo que no atiende a los intereses de todos en común sino de la forma en que el común beneficia a los poderosos. Un ejemplo es la codificación de la propiedad, desde cómo se adquiere, pasando por cómo se transmite hasta cómo se pierde, y el derecho accesorio básico de la misma (hay otros): la posesión. No ha existido aún una norma que permita un concepto flexible de la propiedad, para aplicar prohibiciones cuando la propiedad ofrece al propietario una posición de excesivo reconocimiento sin contrapartidas. Para que sea justo, todo derecho debe estar compensado con otro de signo si no contrario, sí opuesto, para evitar el abuso de Derecho o la posición dominante. El problema es que las contrapartidas a la propiedad (especialmente la propiedad excesiva que no se deriva del propio esfuerzo, por decirlo en términos coloquiales) son muy débiles. Por ejemplo, disponer de una enorme finca no exige a su propietario su aprovechamiento, aunque este sea imprescindible para el bien común, incluso la naturaleza. El propietario puede dejar que la finca se agoste, puede incluso "librarla de alimañas" sin atender al necesario equilibrio ecológico. Para que a un propietario se le reproche jurídicamente un comportamiento, su ilegitimidad tiene que ser de enormes dimensiones para convertirse en antijurídico. Hay más ejemplos, como el de la permanencia de leyes contrarias a la justicia (nuestra propia Constitución es injusta cuando, por ejemplo, prefiere al varón sobre la mujer en la sucesión al trono). La forma de modificación y elaboración del Derecho lo convierte en una figura extraña. Difícil de sustituir, salvo cambiarlo por la fuerza bruta. La alternativa es peor, pero eso no hace bueno al Derecho. Dos males no significan un bien en ningún sentido. Dicho sea en términos de defensa.

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  • christopher lee christopher lee 24/05/18 09:24

    Señor mío, creo que usted es el exponente de porque ese desprestigio. Existen sentencias aberrantes, porque si un tipo es un HdeP, no deja de serlo porque apruebe una oposición. Es necesario reformar el acceso a la judicatura, el ministro Bermejo (dep) habló del sistema MIR que tan buenos resultados había dado en su campo.

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