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La gente

Antoni Cisteró
Publicada el 13/06/2020 a las 06:00

Siguiendo anteriores artículos sobre la participación social, vino a mí una reflexión leyendo Campo cerrado de Max Aub. Un personaje secundario lanza una frase principal, lapidaria: “La gente vale por buena, no por mucha”. En la conversación, aludiendo a ciertos modos precipitados de acercarse al futuro, añade otra frase intemporal, o al menos, atribuible también al temporal de zafiedad barriobajera de algunas derechas actuales: “Acabamos siempre en trozos. Sí, en trozos escogidos. Hechos trizas”. ¿Una premonición?

Iniciar esta senda es un arriesgado trayecto hacia la fuente de la democracia. Los millones, muchos, la “gente” que vota a Trump o a Bolsonaro, ¿son mejores?, ¿son peores?, ¿suicidas quizás? ¿Quién se atribuye a sí mismo la razón? (Casi todos). Lo peor, cuando un “trozo” se considera superior, aludiendo a méritos propios o, lo más frecuente, realzando los deméritos de los “no-trozo”. Es la clave del populismo: no se potencia el “tenemos razón”, sino el “somos mejores (y/o muchos), y por lo tanto lo dicho va a misa” (al hilo, lo practicado por la Iglesia cuando vende la idea de ser “hijo de Dios”), a lo que podemos añadir: “¡cómo no vamos a tener razón, si “los otros” son tan despreciables! (saludo a Torra)” ¡ahí es nada! Siendo tan excelso, es casi un imperativo el imponer mis ideas a los no-excelsos.

El dilema no es baladí. Y ante la duda, la democracia ha optado por el promedio, el menos malo de los remedios, pero en absoluto garantía de un futuro sosegado. Persiste la inquietud: ¿Valen todos los votos lo mismo? Por el lado de la dignidad humana la respuesta es que sí, pero si entramos en la ley electoral, imperfecta de origen, ello no está tan claro, ya que si es cierto que en ella un voto de un catedrático es igual a un voto de un analfabeto, esta igualdad se deshace cuando se mira dónde viven cada uno de ellos y el peso electoral de la demarcación. Esto lo marca la ley (por cierto, empecinadamente mantenida a pesar de las evidentes mejoras que podrían aplicársele). Además, cada día es más necesario sopesar otro factor, no basado en el conocimiento ni en la residencia, sino en la capacidad individual y colectiva de evitar la influencia nociva de publicidades engañosas cuando no directamente fraudulentas. No sé si, por ejemplo, el exigir un “registro de votante” (al estilo de los Estados Unidos, excepto Dakota del norte), significaría ya un avance, al significar un mínimo de implicación e interés, aunque visto lo visto, no parece ninguna garantía.

En cualquier caso, persiste el problema de base frente a lo que pudiera considerarse una democracia ideal, donde los elegidos lo son para que lleven a cabo la voluntad del pueblo, de la gente. Cada vez más, dicha voluntad es la inoculada por los medios de comunicación y las redes sociales, a menudo gestionados por oligarquías invisibles (las mismas que mantienen a partidos que les favorecen a ellos y no a “la gente”).

La duda sobre “quién orienta a quién” se ve acentuada por la patente falta de fluidez en la comunicación. Quizá sea ésta una de las victorias de las actuales estrategias de ruido cerril orquestadas por las derechas y sus serviles colaboradores. El ruido no permite oír; su objetivo es que, ante la sordera de la gente, o del Gobierno, se harten de hablar. Sería su victoria definitiva: el silencio cómplice, a evitar a toda costa.

Respecto a la sociedad también hay mucho que hacer, en especial por parte de los colectivos sociales. Éstos son el puente entre el ciudadano de a pie, la gente, y el ámbito político que ha de recibir sus inquietudes, a la vez que, de vuelta, les habría de comunicar durante la legislatura cómo piensa gestionarlas y el resultado de tal empeño. Dicho así parece simple, pero se hace cada vez más difícil en los tres niveles de actuación. Es lógico que quien tenga un problema, pida que se le solucione al 100%. También es procedente que si varias personas lo comparten, se unan en un colectivo para dar mayor realce a la petición. Por fin, es de ley que esta llegue a los partidos políticos, que deberían responder honestamente cómo piensan, si lo piensan, darles satisfacción o no, hasta qué grado, y el porqué. Y debiera culminarse el proceso inverso, ya que son los grupos reivindicativos los que, honestamente, pueden trasladar a los afectados o interesados cómo está el patio. Sube y baja: afectados-colectivos-política-colectivos-afectados.

Solo con respeto, empatía, transparencia y honestidad se conseguirá una participación amplia y consistente, que cada vez se hace más imprescindible. Lo demás es encerrarse cada uno en su burbuja, donde tarde o temprano nos ahogaremos todos.

Pero ¿qué pasa cuando el patio está alborotado, los profesores se están peleando entre sí, y los alumnos hace siglos que no estudian? Es muy frecuente que los partidos intenten penetrar en los colectivos que debieran informarles de las inquietudes ciudadanas, inoculándoles peticiones sesgadas, interesadas, ya sea para justificar su acción, ya para socavar la capacidad de gestión de sus oponentes. No olvidemos que incluso los colectivos aparentemente inocuos son una fuente inagotable de votos. Aquella subvención a un coro (y no a otro que canta igual), aquella cesión de un local, aquel viaje gratuito a una asociación vecinal (Pujol fue un artista en este sentido, de aquellos polvos…), van tejiendo una espesa red de complicidad que no solo refuerza el estatus de los miembros del colectivo frente a la sociedad en general, sino que deteriora la imagen pública de “los otros”. Se genera una servidumbre de la que es muy difícil librarse.

Para mejorar la dinámica, sería precisa una independencia de criterio, a la que debiera añadirse ecuanimidad en la valoración de los problemas y de los avances hacia su solución. Se trata de una labor pedagógica del ámbito político hacia los miembros del colectivo y la sociedad en general, que debiera poner de relieve a los causantes de los desatinos, las debilidades de las soluciones propuestas, pero también los impedimentos que aquellas encuentran para llevarse a cabo ya sean estructurales o políticos. No es nada fácil buscar salidas a los gravísimos problemas actuales en un mundo que navega al viento de la codicia, con una mayoría parlamentaria fruto de una escuálida estructura de alianzas, más que variables histéricamente bipolares. ¿Lo llegan a entender quienes, pidiendo 100, consiguen 70? ¿Se dan cuenta que la alternativa no es el cero, sino el negativo? O no fue así durante la gestión de la crisis del 2008 por Rajoy y compañía (cuatro ministros de sanidad en siete años: Mato, Alonso, Báñez y Montserrat, ¡ahí es ná! ¿Cómo hubieran reaccionado a la pandemia?, ¿cómo lo habrían explicado?).

Vendrán más pandemias, se generarán más crisis económicas y ambientales. Las soluciones no vendrán solo por las manifestaciones de los colectivos. Son necesarias, pero no suficientes. Pero tampoco se generará una política abiertamente solidaria y justa sin la colaboración, y la presión, de “la gente”. ¿Podrían los colectivos sociales transmitir el sentir de que, sin ser lo ideal, lo excelso, hemos afrontado el mayor reto del siglo, de pautas desconocidas, con la mejor disposición posible, entre las posibilidades existentes?, ¿que solo una opción que piense en “la gente” y no en unos pocos puede establecer un sistema con garantías para afrontarlas en el futuro? Y por lo tanto: ¿cómo se reflejarán el miedo, el ruido, la gestión vigentes hoy en día en las siguientes elecciones a Cortes?

Recuerdo una anécdota de hace años. Se celebraban unos comicios a nivel estatal y, en la calle, al lado del colegio electoral, había una mesa en la que pedían firmas para algún objetivo medioambiental. Estuve charlando con varios jóvenes que estaban en ella y, después de firmar, les pregunté: ¿ya habéis ido a votar? Y la respuesta fue que ellos no votaban, que no creían que sirviera para nada. Mi respuesta fue: “Sobre que no sirva para nada, un no rotundo; para algo, seguro que sí, ya sea para avanzar o para retroceder. Quizá no se eliminarán de golpe y porrazo las centrales nucleares, quizá no se prohibirán totalmente las térmicas, pero la situación dentro de unos años no será la misma si ganan unos que si ganan otros”. No les pedí borrar mi firma, creía en su causa, pero reflexionar sobre la conversación fue el detonante que me impulsó a iniciar mis reflexiones sobre el papel de los colectivos en la evolución política de un país, puesto que en su mano está el aportar mucha de la información que utilizará el ciudadano, la gente, en el momento de decidir la papeleta que pondrán en la urna. Aún sigo en ello.

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Antoni Cisteró es sociólogo y escritor. También es miembro de la Sociedad de Amigos de infoLibre

 
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6 Comentarios
  • Quim Balcells Quim Balcells 16/06/20 16:30

    Es un artículo excelente donde se aborda de forma lúcida el impacto que, sobre nuestra democracia, son capaces de ejercer los medios de comunicación. Un exceso de información o ruido mediático podrá tener un impacto diferencial en los colectivos sociales sin embargo todos se transformarán en entes menos insensibles y de respuestas más imprevisibles.

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    • ACistero ACistero 18/06/20 11:13

      Gracias Quim, por tus comentarios. Es un triángulo diabólico: Los medios del ruido, que influyen en "la gente", que a su vez conforman los grupos sociales, que presionan en función del ruido.
      No se me ocurre otra cosa que tratar de formar una "mancha de aceite" de reflexión que se extienda y genere una aproximación crítica a la información. Por ejemplo, leyendo InfoLibre.

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  • Angel Viviente Angel Viviente 13/06/20 13:21

    Buen artículo en el que se desgranan algunas de las grandes dudas sobre el funcionamiento de nuestra democracia. Surgen preguntas que son difíciles de responder, pero que engranan con el descreimiento o no por la política de esa gente de que se habla en el artículo:
    ¿Tenemos consciencia del origen de la abstención que se da elección tras elección? A lo mejor resulta que una parte importante de esa abstención se nutre de las grandes bolsas de la población más desfavorecida, marginada, diría yo. ¿Cómo atraer a esos posibles votantes a posiciones políticas que sientan defienden su situación? ¿Cómo podrían incidir esos movimientos sociales en la acción de atracción de esos colectivos a la acción política? Es más, ¿Cuanta de esa gente participa en las acciones de esos movimientos sociales con sus reivindicaciones?
    A mí me da la impresión que todo ello está unido al traspaso de los métodos y formas de funcionamiento de la potencia de mayor influencia en occidente como es USA. No solo están haciendo cambiar formas de vida y de actividades, economía, consumo, asueto... también se filtra a Europa lo que significa en ese país la política. El descreimiento por la política en ese país por parte de las capas más desfavorecidas, es total. Su sensación es la de que da lo mismo votar a unos u otros, porque todos representan a unos lobbys u otros que son los que manejan el cotarro electoral, por medio del potencial económico que poseen para manejar a los medios.
    ¿Cómo influyen esos movimientos sociales al otro lado del Atlantico? me temo que poco o nada, salvo en movimientos esporádicos, puntuales e impulsivos, como el que se está dando ahora, sin ningún tipo de organización, estrategia, etc. Así se da que en ese país es muy difícil que se llegue al 60 % de participación en ninguna elección.
    Si ese es el modelo, aviados vamos. Pero la gran pregunta es ¿Cómo luchar contra eso? ¿Qué labores han de abordar movimientos sociales y los partidos políticos que optan por ser su representación en el escenario político, para que efectivamente esta sea una democracia participativa real y no solo de nombre?

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    • ACistero ACistero 14/06/20 10:07

      Gracias por tu comentario. En mi opinión, se ha unido el hambre con las ganas de comer. A la progresiva complicación de la gestión de los temas públicos (muy pocos pueden seguir, adquiriendo opinión, el juego de administraciones, desde el ayuntamiento a la UE, además de los laterales FMI, OCDE, etc...), se ha añadido el consumo desenfrenado. Todo ello lleva a un alejamiento de los asuntos ciudadanos, con algún brote verde, esporádico, a raíz de hechos puntuales, que sí se captan.
      ¿Qué pueden hacer los movimientos sociales? Mi teoría es que, no solo por eficacia, que seguro, sino también por exigencia moral, deben seguir e incrementar la micropolítica, la gota malaya, pero abriéndose, en mancha de aceite, no, como pasa frecuentemente, cerrándose en un "círculo de iniciados". Duro, difícil, pero imprescindible.

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  • ArktosUrsus ArktosUrsus 13/06/20 12:57

    Gracias por un análisis pausado. Lamentablemente corto (no queda otra en un artículo) pero me permito añadir un punto de vista adicional (y es mucha vanidad por mi parte) a los suyos. Una de las cosas que mejor atada dejo el régimen franquista fue la identificación de la "política" (así, a lo bruto) con algo malo. Vació el concepto de contenido. Hasta el punto que quienes luchan por una sociedad mejor, salvo quienes tienen cierta cultura y no todos, rechazan la política y sus derivados (politiqueo, por ejemplo). La RAE en su diccionario, por ejemplo, no ofrece una definición de "política" hasta la 7ª acepción. Curiosamente lo define como "Arte" cuando habla de gobierno y "actividad" (8ª acepción) cuando habla de quienes aspiran a regir los asuntos públicos, y el concepto "ciudadano" no entra en liza hasta la 9ª acepción. No creo que ello sea porque los ciudadanos de las polis griegas (actores de la política) eran una extraordinaria minoría que decidía por todos. Me producen escalofríos las defensas de "democracia", vocablo que ha adquirido un significado muy alejado de su realidad etimológica. Más bien al nulo valor que en la sociedad actual le damos al concepto "ciudadano". Franco y su caterva afirmaban que no eran políticos. Y como ellos, hoy vemos que la inmensa mayoría que dicen no ser políticos, en realidad son conservadores, cuando no reaccionarios, que sólo pretenden que todo siga igual, inmutable o mejor aún, que retrocedamos 50 años. Es lógico: el vértigo del futuro no tiene nada que hacer frente a la comodidad del pasado que sabemos cómo sucedió. Olvidan estos apóstoles de la no política que volver en el tiempo es imposible, por lo que el futuro no es tan previsibles como el pasado (inamovible). El descrédito de la política es monumental en España. Parece una actividad casi ilegítima, que sólo practican algunos iluminados pertenecientes a una facción (partido, como su propio nombre indica) política que no pretende lo mejor para la convivencia (algunos definitivamente no lo pretenden salvo que la convivencia se conduzca según sus normas) sino el mantenimiento de sus propias estructuras. Mientras eso no cambie, todo lo demás penderá de un hilo.

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    • ACistero ACistero 14/06/20 10:14

      Muchas gracias por su comentario. A mi entender, uno de los problemas que provocan el descrédito de la política es el "cortoplacismo" de la gestión política. ¿Nos hemos dado cuenta que cada cuatro años, al acercarse las elecciones presidenciales en EEUU, suceden cosas graves? Aquí, en nuestro país, un efecto de tantas convocatorias en poco tiempo, ha sido la necesidad de los políticos de diferenciarse, de mostrar "paquete" radicalizando más allá de cualquier sentido común sus posturas. En Cataluña, donde vivo, hace cuatro años que estamos en lo mismo. El pulso entre partidos les obliga al histrionismo, al trazo grueso, que en nada ayuda a que la gente perciba la política como lo que debiera ser: un método de gestión de lo público en beneficio de lo ídem, en el que los anhelos y necesidades de la ciudadanía se plasman en debates democráticos en el Parlamento.

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