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Hilar más fino

Publicada el 09/04/2021 a las 06:00

El advenimiento del aniversario del primer confinamiento, ocurrido tan solo hace unas semanas, parece el momento adecuado para revisar cómo se han desarrollado los acontecimientos desde que la pandemia estallara y también para reflexionar sobre el rumbo que deberíamos tomar a partir de ahora en relación con esta cuestión. Más, si cabe, cuando hay elecciones convocadas en una de las Comunidades más importantes económica y políticamente del país, y que peores resultados ha obtenido en la lucha contra la pandemia, como es la Comunidad de Madrid.

El pasado 14 de marzo de 2020, el Gobierno de España decretaba el primer confinamiento de todo el territorio nacional. Tras 6 prórrogas, el confinamiento se extendió exactamente hasta el 21 de Junio del mismo año. Ello aseguró que, aunque con restricciones, los españoles, y también algunos extranjeros, pudieran irse de vacaciones a nuestras  playas. Nadie pensaba, pese a las constantes alertas de las voces más autorizadas, tanto nacionales como extranjeras, en materia de lucha contra las pandemias, que llegaríamos a la situación actual, en la que hemos vivido, desde la vuelta del verano, dos, o casi tres, olas adicionales de la pandemia y confinamientos sucesivos en diverso grado, en función de la Comunidad Autónoma de residencia de cada uno de nosotros. En la fecha en la que se escribe este texto, el 6 de abril de 2021, seguimos en una situación de seudo-confinamiento cuya intensidad depende, una vez más, de la Comunidad Autónoma de residencia. En Comunidades como la de Madrid, la expresión “seudo”, que he acompañado a la de confinamiento, ha adquirido un doble significado, doblez que, si no fuera por la tragedia sanitaria y económica que estamos viviendo, solamente produciría hilaridad: el confinamiento supone que nuestros conciudadanos de otras Comunidades Autónomas no pueden venir a Madrid ni viceversa, pero los extranjeros, fundamentalmente nuestros conciudadanos comunitarios, sí que pueden venir a la capital del Reino de España para salir de cañas en las primaverales noches de Madrid.

El hartazgo de la sociedad española ante esta situación tiene múltiples expresiones. De acuerdo con el CIS, casi 6 de cada diez españoles dicen encontrarse tristes como consecuencia de la pandemia. Abundando en esta realidad, el Consejo General de Farmacéuticos ha publicado recientemente que el consumo de ansiolíticos se duplicó durante el año 2020. Según la última encuesta del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones, el consumo de alcohol, de cocaína y de cannabis, así como la frecuencia de las borracheras, descendieron durante la pandemia, pero aumentó sin embargo de manera notable la compra ilegal de hipno-sedantes, lo que probablemente hace sospechar que el descenso del consumo de alcohol y drogas se debe a cuestiones de disponibilidad de oferta, además de que probablemente exista un cierto efecto de sustitución.

Más allá de ello, la situación actual nos ha puesto ante el espejo de los límites de nuestra propia resiliencia: no hace falta ser un anticapitalista radical para darse cuenta de que nuestras sociedades, tras años de letargo inducidos por la bonanza, no están, simplemente, preparadas para aguantar mucho más la situación en la que estamos. Esto nos daría para reflexionar mucho y muy profundamente, pero como decía uno de mis directores de tesis, “una vaca es una vaca, no importa cómo la llames”. Tenemos por tanto que partir de que el estado actual de nuestra sociedad es el que es, y no es otro, por mucho que pensemos en la deseabilidad de su transformación.

Es por ello por lo que sorprende que los esfuerzos de las autoridades, sean del signo político que sean, sean del país que sean, y sean de la órbita continental que sean, no se hayan centrado en intentar adoptar medidas que permitan hilar mucho más fino en la lucha contra la pandemia. A partir de ahora, y desde hace ya un tiempo, las medidas de aluvión valdrán cada vez menos, serán menos creíbles y difíciles de sostener, al mismo tiempo que cada vez habrá mayor defección.

No es necesario, por tanto, que ningún economista norteamericano nos venga a decir que el fracaso en el proceso de vacunación de la Unión Europea ha sido un desastre “muy europeo”: deberíamos decírnoslo nosotros a nosotros mismos. Por lo tanto, a partir de ahora, tenemos que empezar a ser mucho más imaginativos, flexibles, adaptables, y selectivos en el diseño y la aplicación de medidas. A muchos de nosotros nos produce, cuando menos, sorpresa comprobar cómo las agencias europeas responsables de la protección de datos personales señalan que el pasaporte covid puede plantear problemas en materia de protección de la privacidad: estamos en una guerra y en una guerra la privacidad no puede ser el bien superior objeto de protección.

Por tanto, se debería imponer el pasaporte covid, de manera obligatoria y de forma inmediata, al mismo tiempo que se acelera de manera dramática la vacunación en toda España y en toda la Unión Europea, con la autorización de las vacunas rusa y china de manera coordinada en el nivel europeo (no de forma unilateral), porque, igualmente, en la situación bélica en la que estamos, no hay razones geopolíticas que valgan para establecer límites a la necesidad.

Es verdaderamente inexplicable cómo nadie ha ideado un test rápido, barato y eficaz del covid, una especie de “test de embarazo” del covid, que todos podamos hacer en casa con la máxima seguridad y en un tiempo realmente breve. Todos deberíamos de poder incorporar el resultado de esta prueba en nuestro pasaporte covid, de manera sencilla, para poder movernos, al menos con relativa libertad, por la geografía nacional e internacional. Todos aquellos que han pasado la enfermedad de forma grave, y que han sido vacunados, deberían de tener un trato diferente a aquellos que desgraciadamente no han podido disfrutar de lo segundo y no han tenido que sufrir lo primero: a los primeros, como compensación por su sufrimiento, y a los segundos, por una suerte de justicia distributiva. Quizá haya un punto en el que libertad e igualdad no sean reconciliables, y este punto puede haber aflorado como consecuencia de la pandemia.

No pretendo agotar en esta breve reflexión el tipo de medidas que podríamos empezar a adoptar a partir de ahora para pasar de la sal gorda al grano fino, pero lo que sí que me gustaría indicar es que deberíamos empezar a dejar de introducir humo en la discusión sobre el rumbo futuro que podría adoptar la gestión de la pandemia: la liberalización de las patentes de las vacunas a través de la OMC plantea un problema de expectativas de las empresas farmacéuticas que es irresoluble, sobre todo en un entorno en el que sabemos a ciencia cierta que el SARS-COVID-2 no será el último virus que generará una pandemia en la humanidad. Invirtamos, por tanto, nuestros esfuerzos en dar soluciones mucho más pragmáticas al problema que tenemos planteado.

En definitiva, en el falso y torticero dilema entre comunismo o libertad, siempre queda una tercera vía: la inteligencia. Somos inteligentes como especie: ahora solamente queda demostrarlo.

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Antonio Estella es Catedrático Jean Monnet "ad personam" de Gobernanza Económica Global y Europea en la Universidad Carlos III de Madrid.

 

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