¡A la escucha!

¿Y si hablamos de otra cosa?

Helena Resano

Venga, no se agobien. No voy a hablarles de mi odisea con el covid y los rastreadores, no les voy a dar la turra con las negociaciones de los Presupuestos ni les voy a hablar de líos judiciales. Hoy quiero comentar con ustedes otra cosa, pero empecemos por el principio.

Termina una semana en la que no hemos ganado para sobresaltos. Empezamos con la noticia del descubrimiento de vida en Venus, una vida microbiana pero al fin y al cabo vida, con sus gases y sus cosas. Luego seguimos con el anuncio de posibles confinamientos selectivos en Madrid y la terminamos con la fusión de dos grandes entidades, Bankia y CaixaBank. Son tiempos de covid y eso ya lo hemos asimilado o traducido como tiempos de absoluta sorpresa, todo es posible, al menos, mientras dure este 2020.

Durante estos días me he permitido el lujo de poder observar la actualidad desde otro punto de vista, como mera espectadora, al margen de la adrenalina de la última hora, de la confirmación de los datos, de buscar la reacción de tal o cual formación política. Y ser una mera espectadora te permite ver todo con más calma, con otra mirada. Puedes sorprenderte con mayor naturalidad, no a destiempo como nos ocurre a los periodistas. Puedes ver el contexto de todo y aceptar que hay absurdeces que no aguantan una pandemia más. Que si algo tenemos que sacar de todo esto es quitar las capas de surrealismo de nuestras vidas y vivir sin trampantojos.

Por eso me atrevo a abordar un tema que me va a granjear muchos enemigos, lo sé, pero que tengo ganas de analizar. Allá voy, abro el melón: ¿no creen que es un tanto surrealista que, con la que está cayendo, se sigan pagando sueldos desorbitados a los jugadores de fútbol? Estos días se habla de traspasos, de compra de tal o cual jugador, de cláusulas de rescisión. Y se tratan cifras de locos con una naturalidad que me pasma. ¡33 millones de euros! Por un jugador. No sé si muy bueno, muy malo o mediocre. Da igual. Es un negocio, un negocio que mueve mucho dinero, lo sé, en derechos y patrocinios. Pero que con toda esta situación ha demostrado que es completamente desproporcionado. 30, 40, 80 millones o más por una persona que tiene un talento para correr detrás de un balón, hacer pases o marcar goles. Y ya.

Estamos en un momento de cambio de ciclo, de priorizar en ciencia, en investigación, en servicios, en sanidad. En saber valorar lo importante que es tener salud y tener un sistema sanitario fuerte. Un cambio que también tiene que llegar a nuestros valores, a quiénes tenemos como referentes. A quién admiramos y por qué. Qué persona nos inspira, nos motiva… Y un jugador de fútbol puede serlo, por supuesto, pero por algo más que por su forma de jugar. Por cómo se comporta en el campo, con el rival, en el vestuario, por su capacidad para hacer equipo, por su elegancia a la hora de asumir una derrota. Y hay jugadores que lo hacen. Pero, admitamos, no son mayoría.

El culebrón de Messi, por ejemplo, me parecía tan irreal este verano que no lo acababa de entender. Escuchar a aficionados al borde de la lágrima pedirle que se quedara o llamarle traidor porque había decidido irse era algo que no me cabía en la cabeza. Sé que no todo, las 24 horas del día, tiene que girar en torno a qué es lo correcto o no. Que necesitamos evadirnos, unos lo hacen con música, otros practicando deporte y otros viendo deporte. En este país, mayoritariamente fútbol, cierto, pero creo que debemos revisar las cifras que se manejan. Y que sí, que nuestra liga es un valor que se exporta al extranjero, lo sé, que genera beneficios no sólo a los clubes sino a todas las empresas y negocios que hay alrededor de este deporte. Pero creo que hay que ponerle un poco de sensatez a todo esto. Que nos echamos las manos a la cabeza porque no tenemos para pagar rastreadores o suplentes en la Sanidad y aplaudimos a rabiar cuando un chico de un equipo de fútbol sale con su último coche o se marca un post en Instagram hablando de fiestas de lujo y de desmadres varios. Y eso no tiene sentido. Y no quiero mezclar cosas ni hacer un totum revolutum. Pero es que esto de ser espectadora es lo que tiene.

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