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Buzón de Voz

Siete apuntes urgentes sobre un discurso (poco) real

Jesús Maraña nueva.

Hace sólo unas horas advertía aquí José Miguel Contreras que el discurso real de esta Nochebuena habría que analizarlo bajo dos criterios: "Tan importante es lo que diga, como lo que no diga". Desde ese prisma (que uno comparte) merece poco reproche (aunque sí alguno) el grueso de lo que ha dicho Felipe VI en lo referido al asunto central de la pandemia, pero barrunto que va a cosechar una clara decepción su forma de despachar los temas que atañen directamente al monarca, a su padre y a la credibilidad de la institución que ambos representan.

Me explico, o al menos lo intento:

1.- Lo obligado, lo obvio y lo más fácil ha sido el eje de su discurso (ver aquí): empatizar con quienes más han sufrido y sufren el azote de la pandemia. Recordar a los fallecidos, solidarizarse con sus familias, con los enfermos y con millones de ciudadanos y familias que viven "la angustia del desempleo o la precariedad" es lo mínimo que podía esperarse del jefe del Estado. He echado de menos alguna referencia expresa a los mayores, a las residencias, a esa 'zona cero' de la pandemia (ver aquí) que muchos sentimos como mochila vergonzante por la que deberíamos pedir perdón y exigir responsabilidades sin descanso. (Ver aquí).

2.- Sólo un desalmado o un sectario podría no sentirse representado en las palabras de agradecimiento del monarca al personal sanitario y a los trabajadores de los servicios esenciales; a todas aquellas personas que se la han jugado por los demás en los momentos más difíciles con "los medios a su alcance", que desde luego no eran todos los que necesitaban, y que merecen "ser mejorados y reforzados". He echado de menos una reivindicación transversal del valor de lo común, de lo público, de cuidar y reforzar ese paraguas que nos saca de las situaciones más difíciles cuando los más privilegiados prefieren el 'sálvese quien pueda' que sólo salva a los de siempre (los mismos que no se cansan de exigir la socialización de las pérdidas sin renunciar nunca a sus beneficios).

3.- Ha acertado el rey a la hora de infundir esperanza, confianza y ánimo hacia el futuro: "Ni el virus ni la crisis económica nos van a doblegar". Superaremos esto "gracias a la ciencia y a la investigación", en forma de tratamientos y vacunas, si somos capaces mientras tanto de no olvidar la responsabilidad individual y de "no bajar la guardia". Nada que objetar, salvo el hecho mismo de que la ciencia y la investigación no habrían podido acelerar tanto sus descubrimientos sin la garantía pública (estatal y europea) de que entre todos asumimos los riesgos que cada laboratorio no asumiría por sí mismo en ese empeño prioritario.

4.- Empieza el discurso a alejarse de 'lo real' (con permiso de Belén Gopegui) cuando alude a "una sociedad que se ha sentido más unida que nunca en su lucha y resistencia frente a una situación tan adversa". Sería completamente cierto si se refiriera exclusivamente a la España de los balcones, a la del aplauso diario al personal de la sanidad y de los trabajos esenciales. Pero todos sabemos (y el rey debería reconocerlo también) que la mayor diferencia entre la gestión de la pandemia en España y en otros países ha sido precisamente la polarización extrema, el intento de algunas formaciones políticas concretas (PP y Vox fundamentalmente) de deslegitimar a un gobierno legítimo en mitad de la mayor crisis de salud pública conocida. Es obligación del jefe del Estado no entrar en disputas partidistas, pero las apelaciones genéricas a "la unidad" no bastan. Es irresponsable ignorar lo que apuntan estudios ya contrastados: la confrontación política resta eficacia a la lucha contra la pandemia (ver aquí).

5.- Se acerca más a la realidad Felipe VI (o quien redacta su discurso) cuando cita la "oportunidad histórica para progresar y avanzar" que nos facilita la Unión Europea. Y es quizás la mayor verdad de este relato institucional de Nochebuena que la UE "abre una nueva época para que España se una en un proyecto común para modernizar nuestra economía" y para "adaptar nuestras estructuras productivas a la nueva revolución industrial, tecnológica y medioambiental que vivimos". Así sea.

6.- Llegamos a los puntos clave de las expectativas despertadas y posiblemente defraudadas. Su defensa de la Constitución sigue cayendo en una interpretación excluyente ("nos garantiza nuestro modo de entender la vida...", como si no cupiera en ella más de uno). Y sólo alude a las Fuerzas Armadas para resaltar su ejemplo (indiscutible) de "eficacia y entrega" y su "vocación de servicio y su plena sintonía con nuestra sociedad". Clamorosa oportunidad perdida de aclarar a militares retirados que expresan en chats colectivos sus ensueños de fusilar a "26 millones de hijos de puta" (ver aquí), y que a la vez escriben cartas públicas contra el gobierno legítimo disfrazados de "constitucionalistas", que la Corona no permitirá ser manipulada por nostálgicos golpistas ni por formaciones políticas extremistas que la utilizan en sus delirios antidemocráticos. Ha callado Felipe VI, y con ello pierde la ocasión de representar a la democracia por delante de la monarquía.

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7.- Finalmente el rey aborda (es un suponer) el 'elefante en la habitación', ese asunto que todo el mundo sabe que está presente aunque nadie lo mencione. Y lo que hace para no citar explícitamente al emérito (cosa comprensible porque es a la vez su padre) es simplemente recordar su propio discurso de entronización ante las Cortes Generales: "...Los principios morales y éticos que los ciudadanos reclaman de nuestras conductas. Unos principios que nos obligan a todos sin excepciones; y que están por encima de cualquier consideración, de la naturaleza que sea, incluso de las personales o familiares". A veces uno piensa que seguimos condicionados por elipsis más propias de regímenes autoritarios que de democracias modernas. ¿En serio consideran suficiente aludir a "principios morales y éticos" para hacer convincente que vivimos un "cambio de época" que no admite "excepciones"? Establecer un nexo entre este discurso de Nochebuena y el de coronación de 2014, en el que Felipe VI estableció un compromiso firme con la transparencia y la ejemplaridad, pierde cualquier crédito posible al obviar el comunicado del 15 de marzo pasado, en el que la propia Casa del Rey señalaba la existencia de fundaciones opacas en las que el emérito ocultaba un dineral al fisco (ver aquí). Si Felipe VI renunció públicamente a una herencia contaminada aunque jurídicamente eso no sea posible mientras su padre viva, cuesta entender por qué en las actuales circunstancias no ha dado el rey pasos más convincentes y acordes con ese "espíritu renovador" que pretende identificar con su reinado. Podría haber anunciado esta Nochebuena su disposición a renunciar a la "inviolabilidad" constitucional o a someterse a los baremos de control y transparencia que marque una Ley de la Corona pendiente desde hace más de cuarenta años. No lo ha hecho. Él y sus asesores sabrán por qué.

Es probable que este discurso de Nochebuena marque récords de audiencia, y ya sabemos que el éxito o el fracaso de cualquier discurso depende en buena parte de las expectativas creadas. No basta con cambiar las fotos familiares de la repisa o con limitar a dos únicos y sobrios planos la realización televisiva para que el elefante desaparezca del escenario. Sostenía Unamuno que "a veces el silencio es la peor mentira". Dibujar el inicio de una "nueva época" exige además romper con los silencios y elipsis que infantilizan a esa sociedad adulta a la que uno dice servir.

P.D. "No será difícil que el año 2021 mejore a este 2020". Coincidiremos en esto con Felipe VI republicanos y monárquicos, mayores y jóvenes, izquierdas y derechas. Feliz nuevo año, con más concordia y menos ruido. ¡Salud!

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