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La unidad, valor de izquierdas

Javier Valenzuela nueva.

Decía el poeta valenciano Juan Gil Albert: “Solo hablando en nombre propio logra el hombre coincidir, si no con la verdad, que resulta una meta demasiado abstracta, con la autenticidad al menos. Ser auténtico vale tanto como ser verdadero y está más al alcance de nuestra buena voluntad”. Hablaré, pues, del próximo ciclo electoral español como lo pienso y como lo siento, sin pretender jamás que lo mío va a misa.

La unidad es el criterio que en estos momentos más valoro de cara a ese ciclo. La unidad de las fuerzas progresistas, quiero decir, que yo no oculto mi color. Intuyo lo que nos dirán todos en ese campo durante las próximas campañas electorales: que hay que impedir que la derecha/ultraderecha del nacionalismo españolista y el capitalismo gansteril añada el poder gubernamental a los muchos que ya tiene en su zurrón, desde el judicial hasta el mediático, pasando por el financiero. Dirán también que, para los intereses de las clases populares y medias, es importante que un Gobierno como el actual prosiga su acción de intentar corregir las injusticias, desigualdades y corruptelas más sangrantes de la patria.

Apruebo ambas ideas, pero no veo modo alguno de llevarlas a la práctica a partir del espíritu ególatra, sectario y cainita del Frente Popular de Judea. Me temo que una variedad descomunal de ofertas progresistas en los próximos comicios municipales, autonómicos y nacionales solo servirá para darles más concejales y diputados al PP y Vox, y menos a los progresistas. La ley electoral prima la cohesión y castiga la dispersión.

Los votantes de la derecha y la ultraderecha saben perfectamente que el PP de Casado o Ayuso, que ya veremos quién gana de ellos, y el Vox de Abascal se entenderán sin mayores problemas tras los comicios para formar mayorías de gobierno en ayuntamientos, comunidades autónomas y, si pueden, el Congreso de los Diputados. Los de las izquierdas, en cambio, vivimos con angustia las grescas del PSOE y Unidas Podemos tras las dos legislativas de 2019. A punto estuvieron de perder la mayoría relativa conjunta que alcanzaron en abril y noviembre por preferir subrayar lo que les separaba a los que les unía, un vicio tradicional de las izquierdas en nuestro país y en todo el mundo.

No tengo el menor problema en que el PSOE de Pedro Sánchez afirme en las próximas elecciones que busca mayorías absolutas para gobernar en solitario. Tiene todo el derecho a intentarlo, sí señor. Pero apreciaría que dejara claro como el agua que, de no conseguirlo, repetiría la actual fórmula de coalición gubernamental con las fuerzas nacionales a su izquierda y alianzas parlamentarias con formaciones como el PNV y ERC. Así es ahora eso que llamamos la España plural.

La experiencia de Sánchez, y la de tantos otros en la Unión Europea, demuestra que las coaliciones no solo son legales y legítimas, sino también útiles y hasta resistentes. Era patán negarse a practicar aquí esa fórmula por el mero hecho de que nunca se había hecho a escala estatal desde el restablecimiento de la democracia.

En el caso español, además, los dos años de vida del actual Gobierno demuestran que, si queremos que el PSOE practique alguna que otra política tibiamente socialdemócrata, conviene que gente más de izquierdas se siente en el Consejo de Ministros o, al menos, le apoye desde los escaños del Congreso. Así está ahora el centroizquierda europeo, necesitado de muletas.

En el campo de Unidas Podemos, sigo con simpatía los esfuerzos de Yolanda Díaz para intentar impedir que las fuerzas a la izquierda del PSOE ofrezcan en los próximos comicios una sopa de letras: Podemos, Izquierda Unida, Compromís, En Comú Podem, Más País, Recupera Madrid, Adelante Andalucía, etcétera, etcétera. Y agradezco que, en su reciente cónclave de otoño, Podemos haya expresado su voluntad de ceder protagonismo individual para contribuir a la más amplia propuesta de la vicepresidenta segunda, en estos momentos la política española más popular. Recuerdo que agradecí en su momento la generosidad de Pablo Iglesias al renunciar a cualquier cargo institucional y partidista, recomendar el nombre de Díaz y asumir que también se puede contribuir a la res publica desde el pensamiento y la comunicación.

Yolanda Díaz ha hecho saber que no persistirá en sus esfuerzos si, como se teme y es perfectamente posible, le van poniendo zancadillas los egos desmesurados de unos, la pasión por los particularismos de otros, el odio visceral hacia antiguos compañeros de tantos. Bien sabemos que tales bajas pasiones dominan a más de uno y una, a esos que prefieren mantener su propio chiringuito a federarse o confederarse.

Pero la correlación de fuerzas es la que es, y, a tenor de los sondeos, las izquierdas –el PSOE y la galaxia situada a su izquierda– no disponen de una mayoría tan amplia como para permitirse el lujo de seguir cultivando el fraccionalismo, de seguir prefiriendo caminar desde la diferencia que hacerlo desde la unidad. Todos y cada uno de nosotros, los progresistas, tenemos nuestros ideales, todos tenemos nuestras preferencias personales y políticas, pero, en mi opinión, si no queremos que vuelva Trump a la Casa Blanca, que siga Bolsonaro en Brasil, que Éric Zemmour o Marine Le Pen presidan Francia, que Casado o Ayuso ocupen La Moncloa con el apoyo de Abascal, debemos valorar la unidad. La hora es grave, en España y en todo el planeta.

Derecha envalentonada, PSOE acobardado, perroflautas al trullo

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