Democracia pixelada

¿Por qué Ana Iris Simón duele tanto en la izquierda?

Miguel Álvarez-Peralta.

Un fantasma recorre el mundillo de la izquierda: el fantasma del rojipardismorojipardismo. Yo no sé muy bien qué es eso, la verdad, pero veo al tertulianato de izquierda muy preocupado con ello y alborotado con su último capítulo, que encuentran en el reciente discurso de Ana Iris Simón en la Moncloa.

Leo que roji-pardos serían un tal Monereo, un tal Lenore o un tal Armesilla y me preocupo, porque veo que tienen orígenes ideológicos muy distintos. ¿Habrá una nueva familia en ciernes, en la ya cuarteadísima izquierda española? Leo que rojipardos son aquellos que juegan a mezclar discursos de izquierda (como el anticapitalismo) con valores de derecha rojipardos(como el nacionalismo o la familia) y viceversa. Mezclan lo que no deben, y como aquella trabajadora de mantenimiento de piscinas, la lían parda. Nunca mejor dicho.

Pregunto, ¿pero alguien fuera del “mundillo” conoce a alguno de esos apellidos? ¿Por qué son tan peligrosos? ¿Mueven masas, encarnan alguna tradición que las haya movido alguna vez? ¿Tanto tráfico llegó a haber en la pasarela entre PCE y Falange, más allá de algún ilustre pasante? ¿O hace falta viajar un siglo atrás, a Alemania o a Rusia para explicar este peligro?

Quizá en la Italia de Salvini, otro tal Diego Fusaro logre influir más en la esfera pública. El país vecino siempre tuvo una izquierda sui géneris, más gramsciana que soviética, y de ahí quizá su cato‑comunismo, sus curas cantando Bella Ciao en misa, su conservadurismo de izquierdas, su PCI rondando el 30% del voto y con la mayor afiliación comunista de occidente. Porque allí la izquierda de postguerra mantuvo una tradición muy heterogénea desde el campo calabrés hasta la fábrica turinense y, gracias a eso, bastante masiva. Pero aquí era otro cantar, los curas rojos tenían menos acogida en el PCE, Franco no cultivó la retórica proletaria de Mussolini, aquel 30% ni soñarlo, como mucho 10%, y la cosa esa del rojipardismo no ha movido demasiado en el último siglo. Aquí los hitos electorales de la izquierda a nivel nacional, en cierto sentido, los han firmado y pensado un tal Anguita, un tal Iglesias y un tal Errejón, a los que, ahora que googleo, también se ha tildado de rojipardos en algún momento, siendo ellos tan distintos. ¿Y no será rojipardo, desde esta perspectiva, todo discurso que se aparte del prefijado, que trate de salir de Lavapiés para asimilarse al país real? Lo plantea un señor de Leganés que ha vivido en Madrid Centro muchos años, pero trabaja en Cuenca desde hace diez.

Si lo que denuncia el antirrojipardismo (disculpen el heptasílabo) es la estrategia de cooptar una retórica obrerista o revolucionaria para los intereses de la ultraderecha y, por ende, en última instancia, de los poderosos de siempre (allí donde la estabilidad de su poder entre en crisis), entonces de lo que hablamos no es de rojipardismo, sino de pardismo a secas, del de toda la vida, sin necesidad de prefijo. Eso es lo que han hecho históricamente los fascismos, cuando han crecido. La diferencia entre su retórica y su práctica. Pero es que la ideología de la clase trabajadora, mal que nos pese, no es patrimonio de la izquierda, y en el último medio siglo menos que nunca. La izquierda no deja de sorprenderse y lamentarse ante el obrero de derechas, y cuanto más lo hace más encerrada queda en su aula universitaria y su centro social urbanita.

Ahora bien, si de lo que se duele este revuelo es de que haya conservadores y nostálgicos que asumen valores o discursos considerados de izquierdas (ojo ¿no podría ser esto leído como un avance en la disputa cultural?) o, al revés, de que haya izquierdas que se desprenden del pack del izquierdismo prêt-à-porterprêt-à-porter, y, en su exploración para salir de la impotencia permanente, redescubren la necesidad de disputar formas, símbolos y asuntos que se habían regalado a la derecha (como por ejemplo el concepto de libertad, el derecho a la nación o el derecho a la familia), entonces, discúlpenme, no veo el motivo de queja.

Sólo aborrecerá esas mixturas, esas evoluciones ideológicas necesariamente aberrantes respecto al canon de partida, quien necesite mantener cada fenómeno ideológico en su cajita de siempre, quien concibe la victoria como el momento en que por fin su cajita, su ideario y discurso, domine de una vez la esfera pública, con las menores modificaciones posibles y las demás cajitas intactas. Pero la victoria política jamás ha sido así, ni a izquierdas ni a derechas, en ningún momento histórico. Hegemonizar cualquier valor o proyecto social equivale a conceder y negociar, a transformar la realidad dejándose transformar por ella. A gobernar escuchando, y revolcando todas las cajitas para siempre. Concebir la victoria política de otro modo es, seguramente, el mejor preventivo para evitar acceder jamás a ella.

Si lo que manifestó Ana Iris Simón en la Moncloa fuese simple conservadurismo o peor aún, falangismo en papel de celofán, habiendo viralizado de forma transversal y entusiasta por toda la geografía ibérica, entonces tendríamos un serio problema. Habría entusiastas filofascistas en todos los partidos y medios, en todos los entornos. Lo que veo más bien es un tic de cierta corrección política (muy transversal a las corrientes de izquierda, aunque más bien urbanita) atenta para aspaventar ante aquello que se aproxime a sus líneas rojas.

Aspaventar ante quien trate de resignificar la semiosis nacional, incluida la rojigualda, como planteaba Pablo Iglesias en 2015 (“cada vez que un izquierdista madrileño habla de ‘Estado español’ se impide hacer política en España”, advierte en su último ensayo Alba Rico). Aspaventar ante quien denuncie, como ha hecho Ana Iris, que la alternativa al discurso de “abajo las fronteras, papeles para todos”, que siempre ha puesto en un brete complicadísimo a las izquierdas con ambición electoral, tampoco puede ser concebir la emigración como mero recurso, que responde a nuestras necesidades, justificando esa fuga de cuerpos y cerebros que tanto criticamos cuando nos pilla del otro lado, en base a que “alguien tiene que pagar nuestras pensiones”. Ana Iris Simón no dijo otra cosa en su intervención en la Moncloa. Conozco sus elogios a Ledesma, y también a Anguita. Pero ayer no llamó a cerrar fronteras, ni a expulsar a nadie, y más bien se posicionó del lado de quienes han tenido que migrar y a quienes hemos robado sus recursos. Tan sólo puso un pedazo de sentido común incómodo ante el discurso economicista hegemónico, me parece. Y creo que la sobreactuación le está haciendo una excelente publicidad, ya veremos con qué resultado.

Creo que, si Ana Iris Simón levanta tanto revuelo en España, más que por lo que dice, es por lo que encarna. El personaje que crea en su novela autobiográfica y sus apariciones mediáticas pone rostro a la desorientación de época, acopia muy bien la confusión de más de una generación, a la que la idea neoliberal de progreso dejó tirados, que encuentra en el parlamento más decepciones que esperanzas, y que es efectivamente potencial carne de cañón para alimentar los dextropopulismos en todo el mundo. Por eso hay que leerla y no desdeñarla.

El populismo progresista acierta hoy al plantear que el desencanto ante el neoliberalismo debe vehicularse como hambre de futuro y no como nostalgia por un pasado irrecuperable, que no se puede regalar el campo semántico de la modernidad o la vanguardia a las fuerzas antidemocráticas del libremercado. Y sin embargo, haría bien en no perder de vista que en toda revolución ideológica y cultural hubo siempre un cierto sentido de recuperación, de retorno simbólico a una tierra prometida o “regreso al futuro”. La hegemonía sugiere siempre un cierre coherente (y por tanto ficticio, pero necesario) entre pasado y futuro.

El 15M estalló proponiendo “recuperar una democracia” que en verdad nunca había disfrutado, la revolución francesa es hija del “Renacimiento” de un clasicismo idealizado, los avances democratizantes de los pueblos americanos siempre se han dado bajo la consigna de cumplir al fin el proyecto de algún prócer fundador, se llame Zapata o Bolívar. El posicionamiento dogmático anti-nostalgia también entrega posiciones fuertes a la reacción.

En el Make Whatever Great Again va inscrito, aunque sea indefinido, el pasado a recuperar, tanto como en su pretendidamente opuesto, Yes We Can. ¿Qué es lo que Sí se puede? ¿Qué es eso que Unidas Podemos? UnidasPodemosEso tan conocido, tan largamente deseado, que no hace falta ni nombrar, porque se puede sobreentender. Ningún significante vacío proyecta hambre de futuro, sin enraizar en un pasado necesariamente dinámico, la memoria común construida en presente. Caer en un automatismo anti-nostálgico sería el colmo del moderneo vacuo, y desde luego tampoco ayudará a las izquierdas a reconectar con un país en pleno duelo por sus múltiples pérdidas, como el discurso de Simón ante el presidente ha evidenciado.

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