El disparate de Olona defendiendo a los gais

El pasado lunes, en el debate electoral andaluz, Macarena Olona ofreció un vívido espectáculo. Con un lanzallamas a pleno gas contra todos y cada uno de los otros cinco candidatos, incluyendo su socio Juanma Moreno, del PP, hizo una enmienda a la totalidad del sistema mismo. Todo está mal. Chiringuitos, burócratas desalmados y corruptos, dictadura progre, catastrofismo climático, inexistencia de una específica violencia contra las mujeres… En esto Moreno y ella funcionan bien en comandita.

Es la estrategia universal de la llamada “derecha alternativa”, sinónimo de filo o neofascismo, o ultra o extrema derecha. La misma de Trump, Bolsonaro, Orban, Salvini, Le Pen y Zemmour, o el novísimo Rodolfo Hernández en Colombia. Nacionalismo antiglobalista, racismo, negación del desastre ecológico, rechazo a la intervención del Estado –para evitar de hecho el control sobre la riqueza de los ricos–, reducción de impuestos y tasas que donde mejor están es “en el bolsillo de los ciudadanos”, defensa de las familias de toda la vida, libertad de elección (en Estados Unidos, hasta para poder llevar armas o para poder educar a los niños en casa y evitarles “adoctrinamiento”; aquí, para poder separar a los niños de las niñas o para imponer la educación religiosa o igualar el creacionismo al evolucionismo). Facha, cómo funciona el fascismo y como ha entrado en tu vida, de Jason Stanley, describe muy bien la narrativa de la derecha alternativa que recorre el mundo.

El mensaje ofendido y agresivo de Olona durante el debate aportó otra de las características del movimiento neofascista, que en coalición de intereses con la derecha clásica que en España representa el PP, es un peligro para los avances extraordinarios que la socialdemocracia, hoy devaluada, produjo y produce en las sociedades más avanzadas. Se trata de la apropiación de la protesta popular, de la canalización del desencanto, de la indignación. Esa que tradicionalmente encontró el vehículo en la izquierda, hoy ha sido usurpada, al menos parcialmente, por la extrema derecha antiestablishment. ¿La rebeldía se volvió de derecha? Sí, claro, así lo explica Pablo Stefanoni en un libro con ese mismo título.

La izquierda asiste aturdida a la hipocresía de quienes protestan contra la maquinaria del Estado y los “chiringuitos” pagados por la burocracia, que son precisamente sus usuarios más destacados. La propia Macarena Olona estudió en la Universidad pública de Alicante, es abogada del Estado y trabajó para la Delegación del Gobierno en el País Vasco y para la sociedad pública Mercasa. Olona lleva viviendo toda su vida del erario público y gracias a las decisiones de los “burócratas” que la nombraron tras aprobar su oposición. La pertenencia al poder establecido (político y económico) contra el que dicen combatir es cualidad general de los líderes de Vox, como lo es de casi todos los líderes de la derecha alternativa internacional.

Esa aberrante impostura de Olona y de Vox contra el sistema establecido, que es una ofensa en toda regla a la inteligencia del elector con un mínimo de sentido de la justicia social, llega a puntos insospechados cuando, en el debate, para negar la existencia de una específica violencia machista contra las mujeres, o para ponerse del lado del colectivo LGTBI, Olona se erige en portavoz de las mujeres, todas ellas, en pacífica unión con los hombres… ¡y de los gais!

Ahora el neofascismo esconde una homofobia recalcitrante tras la apariencia de una benevolente integración en la nación. Lo más importante es que sean patriotas, lo de gais es accesorio y ya veremos…

Esto último se llama “homonacionalismo”. La extrema derecha siempre estuvo en contra de la “anomalía biológica y social” que puede llevar “a la desaparición del mundo” (lo recuercda Stefanoni, citando a Jean-Marie Le Pen). Su hija, sin embargo, se dirige también a ellos: “Sea hombre o mujer, heterosexual u homosexual, cristiano, judío o musulmán, primero que todo somos franceses”. Vive la France! Si se hubieran educado en la Francia de los años 30 habrían enviado a judíos y homosexuales a correccionales o campos de concentración. Si hubieran nacido en esa misma época en España, los habrían asesinado, como a Lorca, por maricón y comunista.

Pero igual que en aquella época las políticas homófobas y racistas se escondían tras la promesa de la integración o de la defensa del orden y de la pureza (recordemos el vomitivo arco de entrada a Auschwitz, “el trabajo te hará libre”), ahora el neofascismo esconde una homofobia recalcitrante tras la apariencia de una benevolente integración en la nación. Lo más importante es que sean patriotas, lo de gais es accesorio y ya veremos…

Algo idéntico sucedió ya –con éxito– con las mujeres, que votan a la extrema derecha solo ligeramente menos que los hombres: apelando a la moral de la esforzada mujer que no necesita que nadie la defienda, mezclada con la de la abnegada mujer madre, hermana y esposa, origen sagrado de la vida humana, la extrema derecha sublima el tradicionalismo más casposo, más retrógrado, más fundamentalista. Las iglesias salivan detrás calladas –aunque el Obispo de Huelva no pueda evitar hablar–.

Ni la derecha supuestamente moderada, ni la extrema, movieron un dedo jamás por los derechos de los trabajadores ni de las mujeres, ni menos aún de los gais o los inmigrantes. Jamás estuvieron en ningún movimiento emancipatorio. Eso es precisamente lo que los hace conservadores. Las argucias propagandísticas, en las que los populistas se afanan con maestría, son muy eficaces para remover el estómago y el hígado de las masas, especialmente en momentos de incertidumbre y crisis. Pero son solo propaganda gregaria y fundamentalista, atractiva para muchos, pero falaz y tramposa.

Las andaluzas y los andaluces tienen una ocasión para evitar su avance. El voto a la derecha, que es el voto al PP y es el voto a Vox, permite acceder al Gobierno de Andalucía al mismísimo establishment económico y religioso, a quienes reniegan de los avances fascinantes que Europa ha hecho en derechos y en igualdad de oportunidades. El voto a la izquierda es un voto de orgullo por la solidaridad, la tolerancia y la equidad. No será fácil, pero los andaluces pueden hacerlo con el sencillo gesto de poner una papeleta en la urna.

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