Desde la tramoya

Sánchez y un nuevo tiempo

Luis Arroyo nueva.

El indulto de los nueve líderes independentistas catalanes decretado el martes no es un elemento aislado en la estrategia política del presidente Pedro Sánchez y del Partido Socialista, aunque sí uno de los más importantes. Quiero decir que hay que entender la decisión en el contexto en el que se toma, y dentro del conjunto de previsiones que se hacen desde el Gobierno.

En ese sentido, Sánchez, su Gobierno y su partido, buscan, como acertadamente ha titulado La Vanguardia, la apertura de “un nuevo tiempo”. Las características de este momento nuevo son bastante obvias.

En primer lugar, el ecuador de la Legislatura, con un Gobierno ya rodado, para lo bueno y para lo malo, y muy probablemente pendiente de una próxima remodelación. Nada mejor para demostrar que se está en una fase nueva que cambiar y ajustar algunas piezas, y de paso reducir el volumen, que un día se amplió excesivamente para diluir en él el poder de los aliados de Unidas Podemos.

Segundo, el fin de la pandemia, y con él el cambio en el estado de ánimo de la población. Un tiempo que traerá cierto optimismo y ganas de fiesta, lo cual ayudará a enderezar la economía. Como es natural, el crecimiento del PIB en 2021 y en 2022 será grande, pues tomará como referencia 2020, un año terrorífico. La cifra de crecimiento actuará como un trampantojo.

Tercero, una derecha dividida como mínimo en dos. Ciudadanos probablemente no sobreviva. Es una situación relativamente nueva para los socialistas que en la oposición haya más de un partido. Y como el PP ha decidido competir con Vox para ver quién es más duro con Sánchez, se le está dejando a éste expedito el espacio de la moderación, del encuentro y de la concordia.

Y cuarto, un Gobierno nuevo en la Generalitat, con un presidente que, aun perteneciendo a un partido declaradamente independentista, se ha mostrado recientemente tan pragmático como la extinta Convergencia i Unió, y desde luego mucho más que sus herederos. El Gobierno sabe que portándose bien con Junqueras y con ERC deja aún más fuera de juego a Puigdemont y a Junts.

¿Qué mejor contexto que éste para marcar también la diferencia en la gestión del desafío del procés? El Gobierno sabía muy bien que tendría que aguantar las críticas brutales de las derechas y que la decisión levantaría serias discrepancias incluso entre los suyos. Pero igualmente sabe que dos tercios de los catalanes están a favor del indulto (como casi siempre, en el resto de España la cifra se invierte: dos tercios de los españoles en conjunto están en contra). Y sabe también que contará con una lealtad mínima por parte del Govern, que no reiniciará un proceso unilateral de nuevo.

Todos los actores saben que el independentismo no va a renunciar a su objetivo. Pero desde hace al menos dos décadas, incluso los más recalcitrantes soberanistas han notado que su base social apenas llega o supera la mitad de la población, y comprenden que con esos mimbres no puede generarse el cesto de un Estado catalán.

Las dos partes más directamente involucradas en la solución del problema, la que gobierna en España y la que gobierna en Cataluña, han asumido que lo mejor para ambas a corto y medio plazo es, fanfarronerías e imposturas obligadas aparte, cohabitar en un clima de distensión. De ese modo, podrán capitalizar el apoyo de sus respectivos electorados.

Hay que entender el indulto, en definitiva, como parte de una estrategia más amplia que consiste en marcar el inicio de una nueva época, de inaugurar, en la imaginación y los planes del Gobierno, unos “felices años 20” en los que, liberada de mascarillas y restricciones, en la ciudadanía reine el optimismo, el hedonismo y la tolerancia. Un nuevo tiempo que deje fuera de la pista de baile a los cenizos, los cabreados y los tristes. Creo que por ahí va la idea.

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