En Transición

¿Por qué lo llaman debate?

Tras el paréntesis vacacional, que en este país puede incluso con unas elecciones generales en las que todos se la juegan, empieza la segunda parte de la campaña. Salvo que se produzca alguna sorpresa en los últimos días, todo apunta a que el debate a dos vueltas que se librará hoy lunes en TVE y mañana martes en Antena 3 dotará de contenido a la recta final.

Los debates electorales en España son relativamente recientes. Los primeros, también a dos vueltas, hay que buscarlos en 1993, entre González y Aznar. El primer duelo ante las cámaras se desarrolló en Antena 3 bajo la dirección de Manuel Campo Vidal y recabó la atención de diez millones de espectadores –algo que contrasta con el 1.800.000 de la semana pasada–, pero la siguiente convocatoria electoral, en 1996, no consiguió convencer a los principales candidatos. Fue en aquel momento cuando González, para explicar la famosa "derrota dulce", sentenció: "Nos ha faltado una semana más de campaña o un debate televisado".

Estos días se han publicado numerosos artículos que recuerdan la historia de los debates electorales en España y subrayan la normalidad que supone que se celebren a dos vueltas, como pasó ya en 2008 o 2015, o que la aceptación y el formato dependan en buena medida de la voluntad del partido en el gobierno y de cómo valore el riesgo de acudir al debate.

Un debate es una contrastación de argumentos y razones en la que cada cual defiende su posición. Por ejemplo, si se debate sobre cambio climático, un evento digno de calificarse de "debate" debería servir para que cada partido contrastara con los demás sus propuestas para hacer frente al calentamiento global y defendiera por qué esas propuestas y no las de los otros son las que le han parecido más oportunas. No sólo eso; en el mundo de la democracia soñada podría suceder –como pasa muchas veces a puerta cerrada– que un partido descubriera que sus propuestas coinciden en buena medida con las de otros, y que otras pueden ser complementarias y dar mejores resultados si se ponen en marcha a la vez. Sí, llámenme ingenua, pero esto es, a grandes rasgos, lo que supone un debate, que nada tiene que ver con lo que vimos hace unos días en TVE ni con lo que veremos esta noche o mañana.

¿Motivos? Varios. En la historia de esos debates hay un antes y un después desde el momento en que el bipartidismo –imperfecto, pero bipartidismo- que dominaba la política del país saltara por los aires. La incorporación de nuevos partidos a los debates televisados, junto con unas reglas del juego procedentes de una ardua negociación previa entre los responsables de comunicación de los candidatos, hacen que lo que ahora llamamos debate se parezca más a un panel o a una mesa redonda donde cada cual expone sus propuestas o sus exabruptos, en función de la estrategia.

En primer lugar, un contraste de ideas de esta naturaleza es más fácil que se de entre dos que entre más de dos. Lo cual no quiere decir que tengan que celebrarse debates solo entre los dos candidatos con mejores perspectivas en las encuestas. Podría ser de lo más interesante conocer los puntos de encuentro y discrepancias entre los partidos de la izquierda por un lado y los de la derecha por otro, o de los partidos nuevos en cada elección –como en cierta manera hizo Évole en aquella entrevista a Pablo Iglesias y Albert Rivera en vísperas de las últimas generales-, o entre independentistas vascos y catalanes, o entre Ciudadanos y Esquerra Republicana, o entre los candidatos que encabezan las listas en provincias que no necesariamente han de ser Madrid, etc, etc.

Por otro lado, para que los debates fueran dignos de tal nombre, deberían eliminarse todas las rigideces propias del formato que pactan los jefes de comunicación de cada partido. Más allá de intentar respetar un equilibrio en los tiempos de intervención, ¿por qué no dejar espacio a la improvisación, a la contestación directa, a la incorporación de temas que no necesariamente han de estar tasados? Y ya puestos ¿sería demasiado pedir dejar que los periodistas ejercieran de tales y no de meros cronometradores?

Si se dieran todos estos elementos, que no son más que los habituales en otros tipos de debates, podríamos hablar de un auténtico intercambio de argumentos con el objetivo de que el elector pudiera formarse una mejor opinión y decidir así su voto, fin último de estos eventos. De lo contrario, más bien estamos hablando de paneles en los que cada cual, durante 100 minutos y de pie, intenta proyectar una imagen general de sí mismo acorde a lo que cree que sus votantes quieren, intentando no cometer errores y seguro de que al final, los comentaristas, tuiteros y analistas afines entrarán en escena para hacer ver que son ellos quienes han ganado la contienda. No es de extrañar que los estudios hablen de que estos "paneles" televisados no tienen una incidencia de más del 4% en los electores.

Es conocido que las campañas electorales tienen cuatro funciones: confirmar a los votantes que ya habían decidido que te iban a votar, activar a aquellos que podrían estar dispuestos a hacerlo, crear dudas en los que van a votar a otros y en último lugar intentar convencer a quienes van a optar por otra papeleta que tu propuesta es mejor. Con estas estrategias y cortapisas destinadas a evitar un auténtico debate, los candidatos dan muestra de sus miedos, dejan ver su debilidad y renuncian así a conquistar un mayor pedazo de la tarta.

Para poder disfrutar de debates dignos de tal nombre, las campañas electorales deberían llenarse de valientes: candidatos y candidatas que salgan a seducir al conjunto del electorado, seguros de contar con las mejores propuestas y de ser capaces de llevarlas a cabo. Cuando esto sucede, encontrar puntos de encuentro y tender la mano al acuerdo es mucho más fácil de lo que parece, además de un acto de inteligencia.

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