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Muy fan de...

Betty no entiende algunas cosas, ¿y tú?

Hace una semana, Betty entró en mi vida y yo en la suya. Es inquieta, muy lista y extremadamente cariñosa. Nos gustamos nada más conocernos y, a los tres días, lo dejó todo y se vino a vivir conmigo. Ella es más bajita que yo, además nunca lleva tacones, pero salta tan alto que, a la que me descuido, me da un beso en la boca.

Betty es una perrita mestiza, acabo de adoptarla. Solo tiene un año, me quedan muchas cosas por enseñarle y explicarle de la vida.

Esta semana, además de hacerle entender que su cama no es la mía, que mis zapatillas no son comestibles y que si salta junto a mi madre, con tanta energía como la que emplea conmigo, puede que acabemos en urgencias, he tratado de resumirle algunos asuntos de la semana y se ha quedado con esta cara. Muy fan.

 

El martes le conté que, cada Primero de Mayo, muchos humanos salen a la calle para celebrar el Día del Trabajo y flipó. Betty no entiende que salir a la calle sea algo extraordinario que solo se hace una vez al año, ella sale muchas veces al día y se vuelve loca cada vez que abro la puerta, le encantaría pasarse la vida trotando por las calles y haciéndose oír.

Claro que ella no trabaja, solo come, da cariño, juega y duerme. Ojo, también sufre sus penalidades, por ejemplo ir controlada con una correa enganchada a un collar que lleva una chapita con sus datos –por si se pierde–, eso los trabajadores no lo llevamos… Perdón, un momento, me dicen por el pinganillo que los curritos también llevamos una correa invisible con una bonita inscripción –por si se nos olvida– que dice: “¿Y si te despido?”.

En vista de que lo del Día del Trabajo no suscitaba en ella interés alguno, pasé a otra fiesta: la de la Comunidad de Madrid.

Cuando le dije que habían faltado al evento todos los expresidentes, no lo entendió. ¡Ella, que no vive si algún miembro de la familia se ausenta, que llora amargamente cada vez que me marcho a la radio y solo suspira hondo, de satisfacción, cuando estamos todos, se puso muy triste!

Para consolarla, traté de explicarle la apasionante historia de esta, nuestra Comunidad de Madrid, pero cuando iba todavía por Esperanza Aguirre no pudo más, resopló, cayó rendida y durmió durante horas…

 

Cuando despertó, probé a mostrarle la foto de una vicepresidenta y una ministra –del mismo Gobierno– separadas por una silla vacía, similar a la zona desmilitarizada del paralelo 38 que divide las dos Coreas.

 

Pero Betty tampoco mostró especial entusiasmo. Yo creo que no le pareció relevante porque ella tampoco hace migas con todos sus homólogos caninos.

Algunos nos preguntábamos esta semana por la intención de ambas gobernantes al exhibir abiertamente su distancia, pero a Betty no le impresionó. Claro, ella se pasa el día emitiendo señales de afabilidad u hostilidad hacia sus iguales con las orejas, con el rabo, con el hocico y, si hace falta, enseñando los dientes… Así que me miró con cara de… ¿Pasamos a otro tema?

 

Y tiré de un asunto que me pareció infalible, el último charco que ha pisado el ministro de Justicia con sus declaraciones sobre el problema singular del juez del voto particular. Pero cuando le hablé de la separación de poderes, Betty ladeó la cabeza como preguntándose: ¿Montesquieu qué será, un collar antiparásitos como el Excalibur...?

Entonces le hablé de la famosa sentencia y, cuando pronuncié la palabra “manada”, sus ladridos se oyeron en el último piso del bloque. El cabreo de Betty, cuya idea romántica del término “manada” se refiere al grupo de seres que la quieren, la cuidan y le dan seguridad, aquellos que la protegen, era monumental.

Sentí envidia de no saber ladrar, ya no quedan palabras para expresar la mezcla de rabia, miedo, tristeza –y “ascazo” me añadía con sabiduría mi querida Luz Sánchez Mellado vía tweet– que me produce este asunto.

Como percibí que Betty se contagiaba de mi angustia –la empatía y la intuición perruna son muy superiores a la de tantos humanos– traté de animarla con una buena noticia: la del malo que se está haciendo bueno, el líder norcoreano que iba a volar el planeta y, de repente, se ha puesto a hacer méritos para que le den el Nobel de la Paz. No se rían, piensen en algunos de los que han obtenido el galardón…

Lo de Kim Jong Un tampoco le impresionó a Betty, la nuclear no es su guerra, a ella solo le acojona que no haya agua y pienso en el comedero o que nos vayamos y la dejemos sola, los misiles se la soplan bastante.

A punto de desistir, porque no conseguía captar su interés –ni siquiera con la noticia de Popeye, “ el asesino de confianza” de Pablo Escobar que promocionó las gambas de Almería por encargo de un concejal de Turismo–, un estruendo inesperado asustó tanto a Betty que se puso en guardia de un salto y comenzó a gemir y a temblar. Era el vaciado del contenedor del vidrio en el camión municipal, si lo han escuchado alguna vez, saben a qué ruido me refiero.

La mente, con su capacidad caprichosa de enlazar ideas, me llevó inmediatamente a la noticia de la semana, del año, de la última mitad del siglo. La noticia que tantos periodistas soñamos contar algún día, esa que tantos ciudadanos anhelamos que nos contaran, la noticia que, cargados de pesimismo, pensamos que nunca llegaría, la disolución de ETA. Entonces recordé al antecesor de Betty en el sofá de casa, Manolín, mi gato.

Era el año 2001, ETA había atentado una vez más, esta vez en mi ciudad. Lo recuerdo, especialmente, porque ese día yo presentaba Protagonistas Madrid en Onda Cero y tuvimos que convertir un programa entretenido en luctuoso, como tantas otras veces.

Lo recuerdo, especialmente, por la angustia que viví en las primeras horas, cuando no conseguía localizar a mi padre, que solía frecuentar la zona del atentado durante la mañana.

Lo recuerdo, especialmente, porque al llegar a casa, después de la tensión del día, al ver las imágenes en televisión de cristales rotos y personas heridas –una de ellas tenía tres años– me derrumbé y rompí a llorar.

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Manolín, mi gatito de tres meses, recién llegado a mi vida, se acurrucó entre mis piernas, como si intentara consolarme, la empatía y la intuición gatuna son muy superiores a la de tantos humanos…

 

Mi padre ya no está, ni Manolín, pero ETA, tampoco está. La vida tiene momentos terribles y otros maravillosos. Ahora, si me permiten, les dejo, Betty tiene ganas de salir a la calle a respirar y yo también.

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