Ultreia

Iñaki y el agua potable

"La discrepancia es la esencia misma de la democracia, pero si no hay elementos en común, se pierde el sentido común". Parece una obviedad y, sin embargo, encierra una profunda reflexión (y una seria advertencia) sobre un momento en el que la diversidad parece haberse convertido en trinchera y la libertad en una selva

Hace tiempo que Gabilondo pasó a ser Iñaki a secas, incluso para muchos que no lo conocen en persona gracias a dos claves bien combinadas en su trayectoria: solvencia profesional y cercanía. Porque la lucidez tiene en la sencillez un brillo especial. De ello dio prueba el martes, en una entrevista con Aimar Bretos en la Cadena Ser con la que anunció su retirada definitiva. 

Reconozco que escuché la conversación con una sensación agridulce. Me refrescó muchos de los motivos por los que siempre he querido ser periodista. Se mantienen vigentes. Al mismo tiempo, me recordó el reto inmenso, exigente y diario, que supone si lo asumes con responsabilidad. Que nadie se engañe: las tres o cuatro reglas del periodismo son sencillas (muy sencillas), pero en tiempos de precariedad, competencia feroz y arriesgados cantos de sirena, el oficio parece muchas veces un campo de minas. 

Sin mencionarlos, Gabilondo repasó varios de los pecados capitales que ayudan a comprender por qué el periodismo y los periodistas han visto mermado su prestigio social. Uno de ellos es la soberbia. El periodista "tiene que entender la importancia de la humildad de su tarea", según él, porque "el que escribe un libro, mete un gol o hace una ley" es más importante que el que lo cuenta. No trabajamos para nosotros mismos sino para otros y sobre lo que les ocurre a otros.

Sí, estoy de acuerdo con Gabilondo en que ser periodista es un privilegio para los que se creen esto de verdad: el de tener un pase VIP para conocer el mundo que no te otorga casi ninguna otra profesión. También creo que estar vivo es un privilegio (absurdamente extraño) para aquel decidido a vivir con esperanza y los pulmones llenos de aire. Y eso no esconde ni justifica los excesos cometidos en nombre del romanticismo o la vocación periodística: la precariedad, los sueldos de miseria o las jornadas interminables, lacras que deben precuparnos a todos. También, y especialmente, conciernen a los ciudadanos, que pueden decidir comprometerse y apoyar a los medios que merezcan la pena. Como decimos en infoLibre, la información que recibes depende de ti. 

Otro pecado: el sectarismo, tan lucrativo (literalmente) para algunos. Cuando aparece por la puerta, la profesionalidad salta por la ventana. "Tenemos derecho a la afinidad ideológica, pero compatible con una celosa independencia. El problema es que en España se piensa que ser independiente es no tener ideología", dijo el otro día. 

Uno más: la proliferación masiva de la opinión, que va arrasando cual planta invasora el árbol más noble, la información sin aditivos, desde el lugar de la noticia, con el testimonio directo de sus protagonistas. "Hay más opinión porque es más barata. Sólo por eso. Es mucho más fácil que yo esté aquí sentado a que esté un corresponsal o un enviado especial. Es más fácil tener a una persona delante de un ordenador para contarte lo que está pasando en Afganistán que mandar a alguien a Afganistán". 

Cuántos silencios incómodos provocan los debates sobre estas cuestiones incluso entre aquellos que más presumen. "Los medios de comunicación tienen como primerísima tarea ir perfilándose como pozos de agua informativa potable", explica. "Nos jugamos la vida". 

La marcha de Iñaki Gabilondo no debería ser tan difícil de digerir. Al fin y al cabo, está a punto de cumplir 79 años y lleva varios fuera de la primera línea. Ganado tiene su descanso, su tiempo para leer y seguir pensando sin agobios. Por otra parte, el propio Gabilondo se esfuerza en no tener el ceño fruncido y combina su "sensación de fatiga sociológica y psicológica" con el reconocimiento de que hay esperanza en los muchos jóvenes haciendo bien las cosas y la mayúscula oportunidad de un mundo en una reinvención casi diaria.

De nada sirve ponerse más solemnes y cenizos de la cuenta cuando, a pesar de todo, sigue habiendo medios y periodistas honestos, en parte por el camino abierto por el propio Gabilondo. Hay esperanza y depende de personas como quien lee estos artículos y quienes los escriben.

Su adiós tiene algo de cambio de época y, ya se sabe, las interinidades ("lo viejo no termina de morir, lo nuevo no termina de nacer") son terreno abonado para los nervios. En España llevamos una década, más o menos, cambiando de piel sin saber cuándo termina el proceso. Preguntémonos qué somos en vez de adónde queremos llegar juntos. Si hay quien lamenta y mucho su marcha es porque nos vamos sobrados de referentes a los que agarrarnos en unos tiempos en los que la política se convierte en un espectáculo, o "en una sucesión de cosas interesantes" (difícil expresarlo con más crudeza y elegancia), en la que oposición equivale a demolición y en la que enfatizamos más las diferencias que los puntos de encuentro.

Viendo los debates en el Congreso no es fácil ser en esto muy optimista. Por eso lo echaremos de menos. Gabilondo, Iñaki, gustase a unos o disgustase a otros, es también parte de ese terreno de juego con reglas a las que atenerse, de ese consenso perdido, de ese sentido común que urge recuperar.

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