Verso Libre

Sin dejar a nadie atrás

Luis García Montero nueva.

Algunas frases hechas se repiten de forma inevitable en la actualidad hasta convertirse en estribillo. Justifican una opinión, simplifican argumentos, concentran los debates amplios en un punto de especial importancia. De todas las frases hechas, como no podía ser de otra manera, hay algunas que me gustan más que otrascomo no podía ser de otra manera. La creación de sentido pone en juego no sólo la posibilidad de información, sino también la de comunicación, y es en los vínculos que establecen los procesos comunicativos donde se juega el estado de ánimo de las comunidades que necesitan ser informadas.

Confieso que me preocupa siempre la frase ha venido para quedarseha venido para quedarse. Aunque se aplica a muchas modas y fenómenos sociales, es un estribillo que nos acompaña cada vez que aparecen las cuestiones del teletrabajo o de otros asuntos relacionados con la transformación digital. El impacto de las nuevas tecnologías sobre nuestras vidas es evidente. Pero lo que pone en movimiento el estribillo, con su aire de hospitalidad amable y su autoridad de recién llegado dogmático, es una idea del futuro en la que no caben discusiones, modos, matices, análisis de causas y de efectos. Es decir, se comunica que los efectos del recién llegado se escapan a nuestra capacidad de decisión. Parece que tiene el derecho a instalarse en cualquier habitación de la casa, desalojando al anterior inquilino, imponiendo sus costumbres y sin obligación de contarnos de dónde viene, a quién sirve y cuáles son sus intenciones.

La frase nos convence de que hablamos de progreso, ciencia, tecnología y economía. Y de lo que hablamos en realidad es de política, es decir, del sentido que daremos al progreso, la ciencia, la tecnología y la economía.

Confieso, por el contrario, que me gusta oír como estribillo la intención de no dejar a nadie atrás. Salir de la crisis, tomar decisiones, pensar en el futuro sin dejar a nadie atrás comunica algunos matices que merecen ser considerados.

En primer lugar, hay una modesta reivindicación del progreso. Las democracias están lejos de la perfección, los valores surgidos de la civilización occidental se han llenado de sombras y contradicciones, pero utilizar la traición o el error para negar el concepto de progreso facilita con frecuencia la pérdida de pudor a la hora de actuar como los bárbaros y nos invita, además, a la renuncia, el cinismo y la indiferencia. Los que prefieren perder el sentido histórico, dejando el mundo en manos de la biología y el tiempo abstracto, dan por perdido el progreso con satisfacción porque así pueden olvidar, dejar de juzgar y no sentir mala conciencia al desentenderse del futuro. Prefiero reconocer con Machado que se hace camino al andar y hasta murmurar de forma precavida el marchons de La Marsellesa.

Digo de forma precavida porque, en segundo lugar, el pretender que nadie quede atrás supone un reconocimiento de que se han sucedido muchas formas injustas de progresar, sobre todo cuando la reivindicación de la libertad se separó del derecho a la igualdad. El mal uso de la ciencia y la tecnología han llegado incluso a generar dinámicas de producción destructiva y a sustituir la legitimidad de los derechos humanos por algunas legalidades fundadas en la avaricia y la prepotencia. Por eso está bien la voluntad de caminar sin que nadie se quede atrás, dispuestos a meditar la senda, empezando por cuidar el suelo que pisamos y la habitabilidad del planeta.

Y, en tercer lugar, la frase comunica la idea de que se camina en grupo, un paseo que tiene que ver con lo común, con la unidad amistosa o familiar de necesidades y de destinos. Siempre es importante que las palabras y las ideas bajen a la calle, respiren el mundo cotidiano, tomen conciencia de su ladera humana. Cuidado con la abuela o con el niño, ¿por dónde van? Caminar así, sin que nadie quede atrás, hace posible que el destino no se imponga como una meta competitiva que autoriza a negar nuestro presente, a violarlo con la coartada del paraíso que nos espera.

Sin que nadie se quede atrás, podemos pensar y hablar del futuro desde el presente. Nos defenderemos de los caudillos que nos hablan desde el futuro, porque han llegado antes que nadie, para imponernos sus ideas sobre el presente.

Madrid, madrid, madrí

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