Desde la tramoya

¿Volverá el bipartidismo?

Si el país habló el domingo, lo cierto es que habló raro, a tenor del bloqueo en que se encuentra la política española y del que no va a salir fácilmente. Si esta era la revolución de la "nueva política" y el fin del ominoso "turnismo" de los viejos partidos, yo casi que suplico "virgencita, que me quede como estoy".

¿Es posible que alguien, a la luz del espectáculo, pueda defender aún eso que se viene a llamar "la inteligencia de las multitudes", o la teoría según la cual el agregado de las opiniones individuales da como resultado una decisión sabia? Ese mito es sencillamente falso. Funciona, según experimentos del siglo XIX en adelante, para estimar el peso de una vaca, o para acertar la respuesta correcta en ¿Quiere usted ser millonario? Pero no funciona para la política. Los pueblos "se equivocan" o, más bien, toman decisiones disfuncionales o irracionales para el buen avance de la sociedad.

Los pueblos apoyan a sátrapas que luego les llevan al desastre. Se fían de cretinos que les engañan. Se meten en guerras por las que dan las vidas de sus hijos, y luego aún lo celebran. Se empeñan en enfrentarse con los extranjeros sobre la base de prejuicios ridículos... O llevan a su país a una situación de bloqueo institucional absurdo que no permite ir ni para atrás ni para adelante.

En el caso de las elecciones del domingo, lo que sucede es que en realidad no hay una España con voz unívoca y nítida. Hay varias Españas. Al menos las cuatro Españas que han votado a los cuatro grandes partidos, porque ahora ya no se puede hablar de dos.

Si alquien cree que esas cuatro Españas son fácilmente reconciliables, que espere a ver lo que sucede las próximas semanas. Naturalmente, ahora se hablará de la altura de miras, de las razones de Estado, de la voluntad de acuerdos y de la política del pacto y el acuerdo. Se escribirán artículos sobre la Transición, y de cómo en aquellas circunstancias hubo acuerdos para traer la democracia a España. La mitificación de la Transición nos lleva a pensar que si no hubiera sido por esos grandes hombres del momento, España aún viviría una dictadura militar. Jocoso. España sólo podía entonces transitar a la democracia y el 90 por ciento de los españoles lo deseaban.

Pero, ¿y ahora? ¿Qué hacemos ahora? Lo único que está en juego ahora es quién gobierna, porque incluso las políticas económicas y sociales que podemos aplicar están sometidas a unos estrechos márgenes de maniobra. Todos estamos más o menos de acuerdo en lo esencial, incluso en que Cataluña debe seguir en España. Pero estamos divididos en tribus que no van a ceder lo más mínimo. Porque son parecidas en su fuerza, porque pelean sobre cuestiones realmente menores y porque están muy debilitadas. Nada peor para una batalla que esas penosas circunstancias.

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Como es sabido que de una elección popular no siempre sale un resultado nítido, se inventaron las segundas vueltas. En la primera hay más opciones, pero en la segunda se limitan. El sagaz lector o la sagaz lectora ya sabrá cuál es el resultado habitual: sí, el bipartidismo.

Como aquí no tenemos segunda vuelta y es improbable que nuestros cuatro líderes se pongan de acuerdo en quién de los cuatro y con quién puede gobernar, me temo que lo más probable es que en dos meses o en un año tengamos elecciones. Y como habremos aprendido la lección, el resultado puede que también esté escrito: un bonito bipartidismo, que puede ser de viejo o de nuevo cuño, pero que ya no nos parecerá tan pernicioso.

Aunque visto lo visto y recorrido el camino hasta aquí, un servidor sólo se encuentra ya seguro de una cosa. Tal como escribí por aquí hace año y medio, sin que por entonces previéramos lo que hoy vivimos, no tenemos, no tengo, ni puta idea de nada.

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