Muros sin Fronteras

La izquierda desnortada

Más allá de Susana Díaz, Patxi López y Pedro Sánchez, el PSOE se enfrenta a una dinámica internacional perversa: el hundimiento de la socialdemocracia europea nacida de la Segunda Guerra Mundial (la anterior era más radical). Fue uno de los impulsores de la creación del Estado del bienestar y adalid en la defensa de los derechos sociales y humanos. Además fue uno de los motores, no el único, de la construcción de la UE.

La memoria es corta en los agradecimientos y los errores propios acumulados muchos. Nada de lo hecho en el pasado justifica una siesta de décadas. Cambiamos de siglo hace 17 años, pero no todos los dirigentes parecen haberse dado cuenta de la mudanza. Ya no es solo un asunto de lenguaje, lo es de ideas. Vamos hacia la robotización, el reparto del trabajo, la renta básica. Se ha perdido el impuso en la profundización de la igualdad. Y no hablemos de los refugiados sirios. O de la eutanasia en España.

Tras los hundimientos socialdemócratas en Grecia (PASOK, del 43,94% de los votos en 2009 al 4,75% en 2015), Holanda (PvdA, de 38 escaños a nueve en las elecciones de 2017) y el que se anuncia como inevitable en Francia, los socialdemócratas europeos se aferraban al SPD alemán y a su nuevo líder, Martin Schulz, la nueva esperanza, el clavo ardiendo. Le llegaron a presentar como un serio aspirante al trono de Angela Merkel en las elecciones legislativas de septiembre.

El SPD ha fracasado en tres elecciones regionales consecutivas, la última en Renania del Norte-Westfalia, el land más poblado y el más progresista, en teoría. Schulz parece noqueado antes de empezar el combate. Vuelven a soplar vientos de Gran Coalición, pero con los demócrata cristianos con la manija del poder. El clavo ardiendo se quemó.

No parece que los laboristas británicos, atropellados por el Brexit, estén en mejor situación. En las elecciones que se celebran el 8 de junio se juegan mucho. Su líder, Jeremy Corbyn, más. Las últimas encuestas otorgan una ventaja de 20 puntos a los conservadores de Theresa May. May parece seguir un camino inverso a los partidos conservadores europeos. Ha lepenizado su discurso escondida en el British First, que parece menos xenófobo. Pero en el fondo el debate es la identidad.

Los laboristas han perdido Escocia, que era su gran caladero de votos y escaños en favor de los independentistas de SNP (Partido Nacionalista Escocés), que en las elecciones de 2015 pasó de seis escaños a 56. El Partido Laborista se desplomó de 41 a uno. Sin Escocia no pueden aspirar a Downing Street y cualquier pacto con el SNP pasaría por un segundo referéndum.

Los laboristas dudaron con el Brexit. Por valores e ideas debieron pelear por la permanencia del Reino Unido en la UE. Corbyn dudo, aplicó la lógica del miedo. Muchos de sus votos están en circunscripciones pro Brexit. Temieron ser borrados del mapa. Las elecciones locales emiten señales de alarma.

El vacío que deja el laborismo lo tratan de ocupar los liberal demócratas y el Partido Verde de Caroline Lucas. Es el único que habla sin tapujos de la necesidad de un segundo referéndum. El empuje de este joven partido está condicionado por el sistema electoral mayoritario. En 2015 solo consiguió un escaño.

El hundimiento socialdemócrata tiene una sonora excepción en Portugal. El socialista Antonio Costa gobierna desde 2015 con el apoyo del Partido Comunista y del Bloco de Esquerda con un programa que ha puesto fin a las políticas de ajuste. Además de la población, lo notan también las cifras macroeconómicas a las que son tan aficionados en el FMI y BCE. El Gobierno de Costa ha conseguido recortar el déficit y situar el desempleo en un 10,5%. Un éxito que no encuentra eco en los medios de comunicación que cotizan en Bolsa.

Lo que ocurre en Portugal es una lección para Alexis Tsipras y Syriza, que después de llevar su pulso con los acreedores hasta el borde del precipicio, decidieron pisar el freno. La troika ganó el juego de la gallina. Aquel frenazo tuvo el efecto inmediato de la dimisión del ministro de Economía Yanis Varoufakis, el rostro del desafío.

Syriza había ganado las elecciones dos veces desplazando del espacio natural de la izquierda al PASOK, tan enfrentado en 2009 como lo está hoy el PSOE. Syriza se socialdemocratizó y repitió los errores que denunciaba. Si hubiera hoy elecciones en Grecia ganaría la derecha de Nueva Democracia. Fueron ellos los que mintieron con el déficit y los que propiciaron todo lo que vino después. Pero en Grecia tampoco hay memoria, solo cansancio y desesperanza, algo que beneficia a los neonazis de Amanecer Dorado.

Todo se descuadró con la globalización. Las urnas, los Gobiernos y los Estados perdieron fuelle en una economía mundial convertida de nuevo en un casino. Los apostadores podían atacar la deuda de los países más frágiles o jugar con las monedas, como sucedió con el euro. Ya no son necesarios los ejércitos para obtener una claudicación. Los Ejércitos están para extender o para proteger los negocios en materias primas, petróleo, oro o minerales estratégicos.

La globalización pone en jaque conceptos básicos de la democracia y la soberanía. La derecha siguió su guión ideológico: lo que digan los mercados. A la socialdemocracia le pasó como a Corbyn con el Brexit, quiso jugar a varios palos y terminó por acatar el ajuste: Zapatero en mayo de 2010. Si todos juegan a lo mismo y aplican recetas similares, ¿de qué sirve el voto? Si las élites dejan de ser útiles surgen movimientos que tratan de reemplazar a las élites.

Si líderes socialistas como Susana Díaz consideran que el 15-M fue un cabreo por no poder comprarse el apartamento en la playa, se puede afirmar que no han entendido nada. Belén Barreiro, socióloga de referencia, ex directora del CIS, dijo en Jot Down: "Podemos se ha sentado en la silla del PSOE y el PSOE momento se ha quedado de pie". La ventaja para el PP es que el Podemos que surge de Vista Alegre 2 también se ha puesto de pie. La silla está vacía y los votantes desorientados. En la izquierda solo Ada Colau parece entender la magnitud del desafío y la existencia de una gran oportunidad.

Las élites en su laberinto

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