Violencia radical Aroa Moreno Durán
Hace poco se han cumplido cuatro años desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania y este conflicto se ha consolidado como la mayor tragedia humana y económica en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Lo que inicialmente se planteó como una operación relámpago se ha transformado en una guerra de desgaste total, con centenares de miles de personas muertas o heridas, provocando una destrucción y unas pérdidas de billones de euros y cuya recuperación tardará décadas, además de extenderse sus efectos por la economía global, reconfigurando alianzas y sumiendo a regiones enteras en la incertidumbre.
Los estudios más recientes sitúan el total de bajas militares –muertos, heridos y desaparecidos– de ambos bandos cerca de los dos millones, algo sin precedentes en Europa desde 1945. Un análisis del Center for Strategic and International Studies (CSIS) estima que Rusia habría sufrido alrededor de 1,2 millones de bajas, con hasta 325.000 soldados muertos, mientras Ucrania habría acumulado cerca de 600.000 bajas militares.
Otras investigaciones independientes, como la del portal ruso Mediazona y la BBC, han logrado identificar por nombre a más de 200.000 rusos muertos, subrayando que 2025 fue probablemente el año más letal para el ejército ruso. La inteligencia británica señala que estas pérdidas masivas han obligado al Kremlin a depender de personal con escasa preparación, degradando la calidad de su fuerza. The Economist, mediante sus propios modelos, estima que uno de cada 25 hombres rusos en edad militar (18-49 años) ha muerto o resultado gravemente herido.
La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha verificado cerca de 15.000 muertes de civiles desde 2022
Por otra parte, las fuerzas ucranianas también han pagado un precio altísimo por la defensa de su país. El CSIS cifra las bajas ucranianas entre 500.000 y 600.000, de las cuales entre 100.000 y 140.000 serían muertes. Aunque en números absolutos es una cifra menor que la rusa, el impacto demográfico es aún más significativo para Ucrania, ya que representa aproximadamente uno de cada 16 hombres ucranianos en edad de combatir antes de la guerra.
La intensidad del combate y el uso masivo de artillería implican un flujo constante de nuevos heridos de por vida, con necesidades de prótesis, rehabilitación y apoyo psicológico que suponen una pesada carga futura para los sistemas sanitarios y de protección social de ambos países.
En lo referente a víctimas civiles: la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha verificado cerca de 15.000 muertes de civiles desde 2022, aunque advierte que la cifra real es "considerablemente mayor". Solo en 2025, se registraron más de 2.500 muertes y alrededor de 12.000 heridos entre la población civil, convirtiéndolo en el año más mortífero para los no combatientes desde 2022. La guerra ha provocado asimismo el desplazamiento interno de millones de ucranianos y la salida de otros tantos hacia países de la Unión Europea, con consecuencias demográficas muy profundas. Se estima que 4,6 millones de ucranianos están desplazados internamente y que más de 6 millones han huido al extranjero.
En lo referente a los gigantescos costes económicos, si diferenciamos el análisis de cada uno de los países, podemos señalar, en primer lugar, que Ucrania constituye actualmente una verdadera economía de supervivencia, que ha sufrido en estos años una metamorfosis traumática, y tras una caída del 40% del PIB en 2022, el país ha logrado una estabilización precaria gracias a la ayuda externa, aunque a pesar de ello la economía sigue siendo un 20% más pequeña que antes de la guerra, y las cicatrices son profundas en muy distintos ámbitos:
En lo referente a Rusia, cabe destacar que este país ha transformado su economía en una maquinaria de guerra, pero a un precio estructural altísimo:
Para Ucrania, el camino será una larga y penosa reconstrucción. Para Rusia, el conflicto representa un lastre que hipoteca su futuro y la degrada como potencia
Aunque puedan considerarse en estos momentos como meras elucubraciones, dada la poca certidumbre actual de la llegada de la paz a este conflicto, vamos a recoger algunas consideraciones y estimaciones respecto a ese posible escenario futuro. Así, según la evaluación conjunta de febrero de 2026 realizada por el Banco Mundial, la Unión Europea y la ONU, el coste estimado de dicha reconstrucción ascendería a 588.000 millones de dólares (más de 500.000 millones de euros) durante los próximos diez años, cifra que equivale a casi tres veces el PIB anual ucraniano, y de los que cerca de 200.000 millones corresponden a infraestructuras físicas: viviendas (14% del parque inmobiliario dañado), puentes, carreteras y plantas industriales.
En cuanto a las vías de financiación de estos gigantescos costes, la comunidad internacional busca mecanismos para cubrir este vacío financiero masivo, tales como:
En conclusión, cuatro años después, la guerra de Ucrania se ha cobrado un precio insoportable en vidas y ha originado la destrucción económica en dos naciones. Para Ucrania, el camino será una larga y penosa reconstrucción. Para Rusia, el conflicto representa un lastre que hipoteca su futuro y la degrada como potencia. En definitiva, la paz, si llega, no significará solo un final del enorme sufrimiento, sino el inicio de otra dura batalla: la de la recuperación.
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Jesús Lizcano Álvarez es académico de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras, cofundador y expresidente de Transparencia Internacional España y director de la revista 'Encuentros Multidisciplinares'.
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