Plaza Pública

El eslabón

El líder del PP, Pablo Casado, se abraza con la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en la noche de las elecciones del 4 de mayo.

Antoni Cisteró

España está viviendo unos meses de respiro. El mejor funcionamiento pulmonar se debe a que, por fin, estamos pasando un tiempo sin comicios, ni municipales, ni autonómicos ni estatales. ¡Uf!, ¡por fin! Ello permite a los políticos ahorrarse gestos histriónicos, promesas irrealizables y zafios ataques a los contrincantes.

Bueno, lo dicho no es exacto. La oposición de derechas, en barbecho estatal, continúa con su labor de zapa, royendo los cimientos de las instituciones. Salvo en Cataluña, en la que es una parte de su gobierno la que dedica algún tiempo a ello, a expensas de una labor de gestión abandonada los últimos años.

¿En qué vamos a centrarnos ahora?, pueden preguntarse algunos. A la derecha, la respuesta es clara: sigamos en lo mismo. El objetivo era, y es, conseguir votantes para cuando vuelvan las urnas. Y si mientras tanto se degrada algo más la confianza ciudadana en las instituciones (aun a costa de ser parte del “todos son iguales”), pues miel sobre hojuelas. Pero a la izquierda, atareada como está en la salida de la pandemia (la del covid, claro; la populista ha venido para quedarse y por ahora no tiene vacuna), no le queda resuello para otros menesteres.

Así que no será de extrañar que, cuando volvamos a expresarnos vía papeleta, los resultados sean adversos para estos últimos. Quizá algunos aspectos de su gestión hubieran podido ser mejores, aunque no quiero ni imaginar cómo estaríamos si el responsable hubiera seguido siendo Rajoy. Pero no se trata de eso. En las urnas se enfrentarán la consideración de una gestión de gobierno mal comunicada y dañada por una pandemia inesperada e inmisericorde y, enfrente los que recogerán los frutos de su constante esfuerzo de erosión de todo lo que se mueva en el Gobierno, sea cierto o no, su constante “caca, pipi, culo”, su desobediencia en nombre de conceptos secuestrados como nación o libertad. Se lo habrán trabajado, día a día, en la calle, y, si consiguen el poder, el país lo sufrirá una buena temporada. Se afianzará la desconfianza en las instituciones, en favor de líderes mesiánicos y lobbies paralelos.

¿Y el ciudadano? ¿Alguien piensa que, tres semanas antes de acudir a las urnas, leerá y analizará los programas electorales, sopesará las consecuencias a medio y largo plazo de una y otra forma de entender la política y sus consecuencias para el futuro común? Lo que prevalecerá será la lluvia fina que habrá ido cayendo envuelta en gestos grandilocuentes, toscas acusaciones o sutiles insinuaciones. Y para ello no hay vacuna, pero sí tratamiento: dosis homeopática de acercamiento, de franca exposición de los motivos por los que se hace algo, de las dificultades halladas, de los resultados conseguidos. Día a día, de boca a oreja, de cerebro a corazón. Mensajes, muchos de los cuáles caerán en tierra estéril, pero otros no, e irán cuajando un estado de opinión, ampliando la nómina más allá de los ya convencidos.

¿Pero cómo dedicarse a ello si no se da abasto, entre Europa y Marruecos, entre los sanitarios y los hosteleros? (¡Ah! Y los catalanes, a los que se han sumado los madrileños). Quizá la respuesta esté en la sociedad civil, agrupada en núcleos de interés. Llevo el agua a mi molino, y pido perdón por ello, para agradecer sinceramente a infoLibre la promoción de mi libro Participar hoy, ofreciéndolo a sus nuevos suscriptores. En él, una de las constataciones es la falta de actividad divulgadora de los colectivos entre la ciudadanía en general, más allá de los ya adictos, de la ausencia de difusión de sus objetivos y su base ética. Las encuestas demuestran que en la participación se cumple la regla de Nielsen para las redes sociales: 90-9-1, o sea que en un colectivo (por ejemplo, para reivindicar un derecho social), hay un 1% de realmente activo, un 9% de colaboradores esporádicos, y un 90% (¡sí, un noventa!) de lo que el autor llama “mirones”. Es en esta legión de los que reciben pero no integran la información a su comportamiento, donde sí cala la lluvia fina demagógica, por fácil y edulcorada, y no los discursos políticos ni los análisis de prospectiva. Es en este segmento donde se echa en falta la labor cotidiana de los innumerables grupos centrados en una mejora social. Pongo un ejemplo: si la misión fundacional de una asociación es promover una sanidad de calidad, gratuita y universal, es lógico que se manifieste para presionar al gobierno, del color que sea, para que sus leyes vayan en dicho sentido. Pero es necesario también, tanto o más, que se esfuercen por convencer a los integrantes de las colas en los centros de salud, en las listas de espera, en los colectivos profesionales precarios, de que no será lo mismo una opción política que otra, que los resultados diferirán y su efecto durará años, si no décadas. Quizá algunos de estos “mirones”, el día de los comicios, aúne estos impactos con los de la educación, la justicia, la fiscalidad y tantos otros, y todo ello le lleve a dirigir su mano a la papeleta que favorezca al conjunto de la ciudadanía y no a unos pocos. He dicho quizá, pero tengo el convencimiento que estos “algunos” serían los suficientes para orientar la política del país. Así, los colectivos reivindicativos, acompañados de una información fidedigna, tan necesaria, serían el eslabón recuperado para una renovación política, pues evitarían el cortocircuito que se está intentando provocar en la relación del ciudadano con una administración desgastada por la crítica destructiva.

Se debería evitar la arrogancia de quien cree que está en lo cierto, aunque fuera así. Aunque todas las opciones políticas se reclamen defensores del bien “de todos”, lo cierto es que a algunas ni tan siquiera se les pasa por la cabeza. Incluso en el caso de que su gestión haga aumentar el PIB global, en el caso del neoliberalismo populista se cumple el aforismo del promedio: Cuándo comemos medio pollo per cápita, uno se lo come entero y el otro ni lo huele. No, no basta con hacer lo correcto. Es preciso que se perciba y se interiorice. Y ello, dado el descrédito (conseguido con años de esfuerzo) de la política de partidos, es tarea ineludible para los colectivos sociales. Día a día, amigo a amigo, contacto a contacto. Con humildad y firmeza. Aunque cueste.

___________________

Antoni Cisteró es ingeniero y escritor, su último libro se titula 'Participar Hoy'. También es miembro de la Sociedad de Amigos de infoLibre.

España 2050: el futuro según cien expertos

España 2050: el futuro según cien expertos

Más sobre este tema
stats